- FRAGMENTO DE LA NOVELA Como Dios Quiera, publicada en julio de 1990 y basada en la guerra del Líbano bajo el título de Inshallah
¡Camarero! ¡Cuatro cervezas más! ¿¡¿Cuatro más?!? Cuatro. Y cuatro coñacs.
Alineó las latas y las botellitas de la segunda ronda, se puso a beber otra vez de forma científica. Sí, pero sor Francoise era su amiga. La amiga o, mejor dicho, el amigo más amigo que, aparte de Ángelo, había tenido nunca. Mira, es muy difícil la amistad entre un hombre y una mujer. Lo es porque tú tienes polla y ella no: si lo olvidas o intentas olvidarlo, siempre llega el momento en que un contacto de piel o una mirada te recuerda que tú tienes polla y ella no. Y, sin embargo, con sor Francoise eso no sucedía. Y no porque fuera feílla, como sostenían esos gilipollas, no. Tenía unos maravillosos ojos negros, unas maravillosas manos de marfil, una voz de terciopelo que hipnotizaba y, en resumidas cuentas, estaba mejor que Bárbara. Si se la hubiera encontrado vestida de mujer y no monja, no le habría desagradado la idea. Además, era inteligente con una inteligencia con la que Bárbara no podía soñar siquiera, ¿y quién ha dicho que ser hermoso sea tener facciones hermosas? A veces significa tener inteligencia, elegancia, dignidad. ¡Humm! Tal vez con sor Francoise olvidaba que un hombre tiene polla y una mujer no porque en lugar de conocerla en Livorno, la había conocido en Beirut, es decir, cuando ya la polla le importaba tres cojones y el amor aun menos. El amor que necesita la polla, digamos, el amor que busca el alma gemela en la cama. ¡Humm! Que el alma gemela no se encontraba en la cama él lo había comprendido aquel día en el puesto de control. Llovía, aquel día, y se había detenido en el puesto de control para escribirle dos versos que le estallaban en la cabeza. Mientras lo escribía había sentido dos ojos que le taladraban la espalda, se había vuelto, y allí estaba sor Fancoise esperando inmóvil bajo la lluvia para poder pasar. Farfullando pardonnez-moi-j’écrivais-des-vers se había apartado y ella en un italiano perfecto le había respondido: No debe justificarse señor sargento. La poesía es un estornudo de Dios. Si no se retiene rápido ese estornudo para fijarlo en un pedazo de papel, se disipa en el aire. Después había mirado la hoja con los versos y: Señor sargento. Necesita un cuaderno. La noche de la cena en el comedor se lo había traído, ¡y jolines! No se lo había dicho nadie nunca que la poesía es un estornudo de Dios, que si no retienes rápido ese estornudo para fijarlo en un pedazo de papel se disipa en el aire. No se lo había regalado nunca nadie un cuaderno en el que fijar los estornudos de Dios. ¿Y qué otra cosa necesitaba para comprender que sor Francoise era su alma gemela? ¡Qué iba a ser tímida ni arisca! De la vida entendía más que quien no lleva velo. Sor Francoise, le había dicho ayer, ¿sabe que nunca he logrado escribir una poesía sobre la felicidad en pareja? porque la felicidad en pareja no existe, sargento, le había respondido ella. La felicidad es solitaria. Y sólo la he encontrado en la soledad de la vida monástica, en la paz que excluye el amor de los sentidos. Así que le había hablado de su sueño de irse con los naranjas al Tíbet y ¡Jolines! ¡Dios estaba a punto de estornudar! Muy excitado, Gino apartó las cervezas y los coñacs y escribió la poesía.
La felicidad en pareja no existe.
La felicidad es solitaria.
Es un sueño que va
por los senderos de un mundo
desconocido y lejano:
allá donde se alzan las cimas del Himalaya.
Es un monje que va solo
deleitándose con su silencio
y con el silencio que lo circunda.
Es el bastón en que el monje se apoya,
un bastón inocuo, no un bastón que mata,
es la campanilla atada a su pie
para decir a las hormigas:
cuidado, no os quiero aplastar.
Árboles amarillos de mango,
llameantes matas de hibiscus
bordean la tácita vía:
Cuando tiene hambre de alimentos, él come
un mango maduro,
cuando tiene hambre de belleza, él toca
un hibiscus en flor,
luego reanuda el camino y llega
al monasterio que está en las cimas del Himalaya.
La felicidad es un monasterio que está
en las cimas del Himalaya.
Blancos glaciares y monjes mudos,
larguísimas trompas que a la salida del sol
exhalan un toque purísimo
siempre repetido e igual a sí mismo.
Y él,
sin añorar las melodías
de un tiempo enterrado con los deseos y los recuerdos, escucha y sonríe feliz porque
se sabe en paz, comprende
que por fin ha encontrado
la paz.
La releyó satisfecho, volvió a beber con avidez. Y de pronto la borrachera explotó disolviendo el espejismo, informándolo de que nunca iría con los naranjas a encontrar la paz en el Tíbet. No era un hombre libre de ir a donde quisiese. Era un pájaro enjaulado, un mirlo destinado a dejarse atrapar como el aguzanieves y los pinzones y los agateadores y los tordos que había matado la primera vez que su papá lo había llevado de caza, y preso de una ciudad que sentía una antipatía profunda por la paz. Una ciudad que al final lo jodería. De qué modo lo iba a joder no lo sabía. Pero sabía que lo iba a joder, que no se deleitaría nuca con el silencio en que viven los monjes tibetanos, no se saciaría nunca con los mangos y los hibiscus de la Himalaya, no escucharía nunca el toque purísimo de las larguísimas trompas. Se miró las pesadas manos que con una pluma y un pedazo de papel se volvían tan delicadas, ligeras. Sintió un nauseabundo olor a carnero asado, el olor de los callejones de Bourji el Barajni, y la certeza de una desgracia indeterminada pero muy precisa le retorció su carota barbuda. Entonces se trincó de un trago la última cerveza, el último coñac, y salió furioso de la cantina. Irrumpió en la explanada donde Armando Manos de Oro estaba trabajando en la misma tubería de siempre, le volcó la caja de las herramientas, pisoteó la imagen sagrada que las bendecía, siguió su camino tropezando.
¡Bestia! Ten cuidado dónde pones los pies, ¡bestia!, protestó Armando Manos de Oro.
Calla la boca, meamonjas, guripa, que no es momento de provocar. ¡Te lo dice Gino!, respondió. Después soltó un gran eructo y farfullando jolines, jolines, llegó a su tienda.
¡Meamonjas! ¡Guripa! Armando Manos de Oro recogió la sagrada imagen pisoteada, una santa Lucía que presentaba una bandeja sobre la que flotaban sus ojos como dos huevos fritos, le quitó el polvo con cuidado y tras encogerse de hombre, la volvió a meter en la caja con las herramientas. Total, no valía la pena discutir con un borracho y encima comando, refunfuñó para sus adentros. Son unos pendencieros llenos de jactancia, los comandos, tienen una ojeriza especial hacia cualquiera que pertenezca a la Benemérita, y de todos modos ¿quién estima a los carabinieri? La gente los mira siempre de reojo, vete tú a saber por qué. Los llama siempre guripas. Y si no se lo dice, lo piensa. Pero no deja de recurrir a ellos cuando los necesita. Han-venido-los-ladrones-llama-a- los-carabinieri. Me-han-atracado, voy-a-denunciarlo-a-los-caribinieri. Cuénteselo-a-los-carabinieri. Si-no-para-llamo-a-los-caribinieri. En cuanto a lo de meamonjas, ¡qué valor tenía ese bestia! ¿Acaso no estaba él enamorado de sor Francoise? Nada más acabar su turno en Bourji, el Barajni se plantaba allí en la verja a esperar que volviera del Rizk, cosa con frecuencia inútil porque en este período ella se quedaba en el quirófano hasta las tantas de la noche, y no se movía de ella ni aunque cayera una tormenta de esquirlas. Así-si-llega-corro-a-su-encuentro-y-la-pongo-al-abrigo. ¡Ya, ya! Tal vez hubiera debido por el disgusto de verla tan de tarde en tarde, el pobrecillo. ¡No es agradable querer a alguien a quien no se ve nunca o con quien no se puede intercambiar sino unas palabras en la verja!
Lanzó una mirada indulgente a la tienda dentro de la cual se había metido el bestia eructando. Sonrió, y por su duro rostro recortado a hachazos pasó un relámpago de autoironía. Porque hoy podía concederse el lujo de la comprensión: era jueves y esta noche cenaría con Milady. Con ella, con sor Espérance, sor George, sor Madeleine, Gigi el Cándido Halcón no, no iba a venir. Hacía poco le había encargado que se lo comunicara a sus amigas, y de nada había servido rogarle que cambiara de idea.