Recortando el costo del sida

Las empresas que hacen negocios en el tercer mundo deben lidiar con los costos financieros y humanos del sida. La mayoría están de acuerdo en que los enfoques convencionales para controlar la epidemia no funcionan. De acuerdo con nuestra experiencia, en industrias con intenso uso de mano de obra, por ejemplo, minas de Rusia, Sudáfrica […]

Las empresas que hacen negocios en el tercer mundo deben lidiar con los costos financieros y humanos del sida. La mayoría están de acuerdo en que los enfoques convencionales para controlar la epidemia no funcionan.

De acuerdo con nuestra experiencia, en industrias con intenso uso de mano de obra, por ejemplo, minas de Rusia, Sudáfrica y Botsuana, las tasas de infección del virus VHI entre los trabajadores superan el 90 por ciento en casos extremos. Por otra parte, la pérdida en materia de productividad asciende a un 30 por ciento.

Los esfuerzos para evitar la diseminación del sida han sido moderadamente eficaces, y es por eso que resulta vital el tratamiento.

Pero, terapias antirretrovirales y programas de salud pública asociados son muy costosos. En nuestras tareas con las empresas mineras más importantes del mundo hemos descubierto que hay pocas que pueden financiar el costo total de tratar a los obreros a lo largo de su vida útil. Eso puede oscilar entre 400,000 y 900,000 dólares por persona.

Por cierto, el principal problema de las compañías que intentan lidiar con el sida, según nuestra opinión, no radica en las terapias inadecuadas o en la educación, sino en el costo. Por lo tanto, hemos enfocado la epidemia puramente como un problema financiero, no de salud.

En programas piloto en minas de Rusia y de Botsuana, hemos bajado costos, reducido el ausentismo, aumentado el tratamiento y mejorado la productividad aplicando a los programas de tratamiento los principios de evaluación de capital en carteras de valores. De esa manera, hemos creado contratos que permiten a las compañías negociar (o asegurarse frente al) resto de los costos financieros del sida.

El primer paso fue crear modelos financieros de miles de posibles programas de administración de recursos para combatir el sida. Cada uno con diferentes permutaciones de los elementos que constituyen un programa completo, desde el tratamiento y la medicación hasta instalaciones de cuidado médico y planes de mejora de los pacientes.

Cada programa tiene un posible tratamiento como el de una cartera de valores. De esa manera, el portafolio A podría consistir en la importación de 2,000 cápsulas de una droga A desde la India, en un contrato a precio fijo; la importación de 1,000 cápsulas de la droga B desde Bélgica a precios del mercado; la construcción de cinco clínicas para tratar el sida, de propiedad y administración de la empresa minera; el empleo de enfermeros de la compañía X, y el ofrecer a cada paciente una píldora una vez por día.

El tratamiento del portafolio B podría ser similar, pero requiere construir menos clínicas, y contratar afuera para el resto. El portafolio C podría basarse en contratar todo el tratamiento en una empresa de atención de la salud, por honorarios totales de 10 millones de dólares, etc.

Mediante simulaciones en computadora de diferentes combinaciones de drogas y de servicios, sitios de los tratamientos, costos y otros factores, calculamos los costos y beneficios totales (en términos de productividad y de ganancias) para los diferentes portafolios. Luego analizamos el desvío estándar de costos (el riesgo) en relación al costo de tratar a los empleados (los “reintegros”) para cada portafolio, promediando los resultados de miles de posibles simulacros.

El portafolio óptimo para determinada compañía es, entonces, aquel que genera el reingreso más alto en un aceptable nivel de riesgos. (Esta tarea requiere contar con formidables recursos en materia de computadoras.

Un solo portafolio requiere al menos ocho horas de procesamiento en una computadora portátil).

Si bien al principio nuestro método fue recibido con escepticismo, la técnica generó importantes resultados financieros y de atención médica en los dos sitios piloto. En el curso de dos años, los costos totales de las compañías se redujeron entre un 30 y un 40 por ciento, una cifra superior a lo que habían pronosticado los simulacros. En los dos casos, el tratamiento combinado bajó de 1,200 millones de dólares a 800 millones de dólares.

En ese lapso, las tasas de ausentismo bajaron en un 7 y un 15 por ciento, la cifra de empleados enrolados en los programas de tratamiento aumentaron en un 24 y un 36 por ciento, y el conteo de células-T CD4 entre los trabajadores infectados con VIH subió en un 25 por ciento y en un 34 por ciento. Aunque el sitio y el tipo de explotación minera desempeña un papel en los costos totales de ambos modelos (debido a que varía el costo de mano de obra), las más importantes variables en nuestros modelos de costos son la fuente y el precio de las drogas.

En el segundo paso de nuestro programa, creamos un derivado en materia de cuidado de salud. En cierto sentido, se trataba de un contrato de seguro, que una firma de inversiones podía vender a empresas mineras para protegerlas contra potenciales pérdidas debido al sida. El contrato señala que si el ausentismo vinculado con el sida o con lesiones pudiese afectar la productividad de manera específica, la firma de inversiones —que recibió una prima de la empresa asegurada— pagaría a la compañía minera una cantidad predeterminada.

Si la productividad no se ve afectada, la firma de inversiones podrá retener la prima como ingreso. En esencia, el contrato permite a las empresas mineras trasladar el costo por el riesgo del sida de ellas mismas a un especulador (la firma de inversiones). Ese inversionista está apostando que determinada cartera de valores mantendrá el costo de las pérdidas causadas por el sida debajo de la cantidad de la prima.

Empresas como Harmony Gold están llevando el concepto un paso más allá, e investigan la posibilidad de firmar contratos vinculados a socavones individuales.

Los resultados positivos descritos aquí se basan en pruebas en una sola industria. Sin embargo, esos programas piloto deben ofrecer esperanzas a los líderes de corporaciones en otras industrias que buscan formas de atender a los empleados aquejados de sida de manera eficaz y asequible, además de limitar el impacto negativo causado en sus negocios por el virus VIH.

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