Dos perros calientes para Jorge y su bonita aventura
El Museo Bloomsberry tiene a un extraño guía llamado Ted, quien trata por todos los medios de enseñarle el lugar de forma atractiva a un grupo de estudiantes a cargo de una preciosa maestra llamada Maggie.
La maestra, como ya supondrán, está enamorada de Ted y aunque sólo falta que se lo escriba en la pared, el guía es bastante distraído y necesitará que verdaderamente se lo escriban en una pared para entender a qué se deben sus usuales visitas. Pero todavía no llegamos a Jorge y espero que sean pacientes.
El museo está en problemas y sólo una espectacular atracción hará que se mantenga abierto, porque de lo contrario será clausurado, destruido y ahí se construirá uno de esos estacionamientos que tanto necesitan las ciudades de ahora.
Ted no quiere que esto pase y se va a África en busca del altar perdido de la tribu de los Zagawa y es ahí donde entra triunfante nuestro curioso mono Jorge, quien descubre al peculiar guía vestido como un hermoso banano, sí, con un traje de amarillo intenso.
Jorge hace amistad con Ted, quien incapaz de encontrar la estatua, regresa derrotado y con el pesar de que el museo cerrará. Y es aquí donde más rechazo me causa esta película. En el barco se anuncia para los ojos de millones de niños, la marca de una empresa transnacional vinculada a la producción, exportación y explotación del banano.
Me da mucha pena que ahora hay una regla común de no mostrar a gente fumando en las películas, pero no para evitar que esos anuncios descarados lleguen a los niños. Lo que digo es que no necesitábamos saber qué empresa patrocinó esta cinta y menos los niños que no saben todavía cómo se han comportado estas transnacionales en casos de demandas por abusos e incluso, envenenamiento e intoxicaciones.
La historia es diferente a otras con un desarrollo bastante adecuado y no como algunas películas para niños que van a mil por segundo. Jorge no es agresivo ni asesino en serie ni sicópata. Es esencialmente un niño.
Dicen que Jorge es producto de 65 años de esfuerzo de Margret y Hans Rey, una pareja de alemanes que estoy seguro no necesitaron de una marca para promover a este monito del que se han vendido 30 millones de copias y se ha traducido a 17 idiomas.