La Batalla de San Jacinto, cuyo sesquicentenario (150 aniversario) celebramos hoy, es sin dudas de ninguna clase uno de los acontecimientos más relevantes de la historia nacional. Precisamente por eso, el 14 de Septiembre se realiza una de las dos celebraciones estelares que conforman, un día tras otro las Fiestas Patrias de Nicaragua.
Según algunos historiadores y expertos militares, lo que ocurrió en San Jacinto el 14 de septiembre de 1856 no fue propiamente una batalla, sino un combate aislado entre un puñado de nicaragüenses comandados por el entonces coronel José Dolores Estrada y una banda de filibusteros al servicio del estadounidense William Walker y encabezada personalmente por Byron Cole. Pero, en realidad, a la Batalla de San Jacinto no se le llama así por el significado estricto de la palabra batalla, sino más bien por su simbolismo, puesto que para el sentimiento patriótico de los nicaragüenses la gesta de San Jacinto representa toda la Guerra Nacional y ante todo la derrota de los filibusteros y la recuperación de la soberanía nacional.
Un símbolo, como se sabe, es la representación de una determinada realidad o de un concepto sublime y trascendental, que se tornan perceptibles sensorialmente en virtud de diversos rasgos con los que se les asocian, y los cuales son establecidos mediante convenciones sociales y refrendados por la ley y/o avalados por la costumbre. De allí que ningún nicaragüense puede —o mejor dicho, no debe— desconocer que su Patria se representa por medio de símbolos como la tela rectangular azul y blanco de la Bandera Nacional, el triángulo equilátero del Escudo Nacional, la letra y música del Himno Nacional y la evocación de un hecho de trascendental significación histórica, como fue la Batalla de San Jacinto.
De manera que aquel combate armado ocurrido hoy hace 150 años en la hacienda San Jacinto, en el cual un grupo de soldados nicaragüenses derrotó contundentemente a una banda de filibusteros estadounidenses, se le conoce como Batalla de San Jacinto porque ese hecho fue el más representativo de toda la Guerra Nacional, la que Nicaragua, con el apoyo decisivo de los demás países centroamericanos libró victoriosamente contra el invasor extranjero.
La Batalla de San Jacinto cambió el curso de la guerra contra los filibusteros y por eso es considerada como uno de los principales símbolos patrióticos de Nicaragua. Además, el simbolismo de la Batalla de San Jacinto deriva de haber sido la primera acción militar victoriosa que los nicaragüense realizaron después del Pacto Providencial del 12 de septiembre de 1856, mediante el cual los partidos liberal y conservador, que a la sazón eran los únicos que habían y se disputaban el poder político en Nicaragua, dejaron a un lado sus intereses particulares, sus odios banderizos y sus rencillas partidistas, y en cambio unieron sus fuerzas para luchar en el mismo bando en contra del enemigo común.
Es así que una de las más importantes enseñanzas de la Guerra Nacional y en particular las gestas patrióticas del 12 y el 14 de septiembre de 1856 —la primera de carácter político y la segunda de naturaleza militar— fue la de que siempre es posible que los nicaragüenses se unan en la lucha por un objetivo de interés auténticamente nacional y patriótico, el cual es más importante que las banderas políticas, partidistas y caudillistas.
Pero, además, aquellos acontecimientos forjadores de identidad nicaragüense demostraron que filibusteros pueden ser no sólo quienes vienen desde el extranjero para agredir y dañar a Nicaragua, sino también aquellos nacionales que actúan en contra de su propia Patria. Cabe tomar esto en cuenta ahora que celebramos este sesquicentenario patriótico en circunstancias políticas excepcionales, que nos motivan a reflexionar acerca de cómo actuar más adecuadamente en concordancia con el interés nacional.
En realidad, hoy día, al celebrar el sesquicentenario de la Batalla de San Jacinto y el 185 aniversario de la Independencia Nacional, los nicaragüenses no estamos combatiendo a un filibustero extranjero sino que enfrentamos al pertinaz enemigo nacional que siempre está al acecho para arrebatarle la libertad a su propio hermano, para someterlo y oprimirlo. Un enemigo interno al que hay que derrotar con la misma valentía y resolución con la que los héroes de San Jacinto derrotaron a los filibusteros de William Walker el 14 de septiembre de 1856.