Aquel 13 de septiembre de 1980, la muerte logró atrapar a “la gacela”. Fue difícil por supuesto.
Eduardo Green no conoció los apagones de luz. Él siempre estuvo cargado de electricidad. Precisamente, le decían “La Gacela”, por esa dinámica inagotable y esa velocidad impresionante que mostró en todo instante.
Era capaz de atravesar un campo minado zigzagueando en forma relampagueante y con seguridad. El ¿cómo atraparlo?, fue a lo largo de su ruidoso paso por nuestro beisbol una interrogante sin respuesta.
Desde siempre, el éxito del atleta es provocar el grito de las tribunas. La transmisión es mutua: cuando el atleta tiene aliento, sabe que su actuación está respondiendo a las expectativas y la euforia salpica las graderías.
Y Eduardo Green fue siempre deslumbrante, como más adelante, todos pensamos que lo sería su hijo David, estando en la cima de la montaña.
Podríamos decir que el viejo Green —el padre de Carlota e Isabel, de Sonia, Milena y Johana, de Eduardo y Alfredo, y naturalmente de David— a quien vi jugar un rato quemando sus últimos cartuchos en la Liga Profesional y con quien cultivé una buena amistad cuando trabajó en la UCA, tenía alma de bailarín, vocación de sprinter, vista de águila, reflejos de pantera y sensibilidad de liebre.
Cuenta la leyenda que vino a la zona del Pacífico a comienzos de la década de los años cuarenta y capturó la atención por la versatilidad de su juego. Un atleta espigado y flexible, endemoniadamente rápido, con un brazo de largo alcance y un bate lo necesariamente ágil, tenía que ser altamente valorado.
Fue seleccionado Nacional desde 1944, y su erupción en 1947 en Colombia, conectando 18 hits en 40 turnos para .450 puntos, fue una señal de alerta permanente para el pitcheo enemigo. En 1950, aquí en casa, con 19 hits en 39 veces al bate, registró .487 de porcentaje conquistando el cetro de bateo.
En el Mundial de 1951 realizado en México, se dice que se quedó dormido y no se presentó al juego con Cuba, según el diario La Noticia, afectado por haberse fumado un cigarro.
Todavía tuvo tiempo y energía para fajarse en los inicios del beisbol rentado bateando en el corazón del line-up de los Tigres del Cinco Estrellas.
Si le hubieran concedido un último deseo, seguramente habría solicitado ver a David en las Grandes Ligas. No lo consiguió.
Cuando David Green firmó para los Cerveceros de Milwaukee, el viejo me dijo: “Llegará. Con esa vitalidad que tiene, ese afán de superación que le he inyectado, y esa materia prima, no puede fallar. Yo sólo quiero verlo vestir un uniforme de Grandes Ligas”, apuntó.
Eduardo Green murió ese 13 de septiembre de 1980, cuando David estaba terminando la temporada con el Holyoke. No lo pudo ver saltar a Triple A, ni se enteró del cambio a los Cardenales, pero el muchacho hizo buenos los pronósticos del padre: el primero de septiembre de 1981 fue llamado a las Grandes Ligas, y su primer hit en las Mayores, una línea sobre lanzamiento de Luis Tiant, se lo dedicó a su padre desaparecido, envuelto en ese manto de cariño elaborado alrededor una relación afectiva que perdurará por siempre.
Siempre he creído que el factor clave que necesitó David para terminar de crecer, madurar y establecerse consistentemente fue la presencia de su padre. Sin esa incidencia quedó desnudo y enclenque como diría el poeta.
Su talón
Una vez, Ken Taylor, quien fue receptor, conversando con varios cronistas, dijo que la debilidad de Eduardo Green como bateador, era la curva lenta. Tenía serios problemas con ese tipo de lanzamientos. “Como que lo afligía poder verle las costuras a la pelota”, decía Taylor.
Su mayor espectacularidad la alcanzó como robador de bases. Hay una foto en la memoria de la X Serie Mundial que grafica la agresividad de Green en los senderos y muestra su avance técnico en ese aspecto.
Creyó que Eduardo, su hijo mayor, seguiría sus huellas, pero se quedó corto, en cambio, su entusiasmo por el futuro de David estuvo plenamente justificado.
Lamentablemente, no lo vio en la gran Carpa. Fue como una burla del destino.