- Es la hora trece. El sol parece clavado en la mitad del cielo. Se ha detenido para vaciar sus flechas candentes. Las va dejando caer con deleite cruel sobre la aldea costera. Arde la arena de El Astillero y el mar adormecido parece respetar el bochorno
[/doap_box]
Sobre nuestros cuerpos el calor-sudor parece alquitrán ardiente, pica, martiriza, desgarra, irrita. Esto es como estar en el último recinto del séptimo círculo del infierno de Dante, donde los violentos contra Dios se revuelcan sobre una llanura de arenas ardientes y son, además, azotados por una lluvia eterna de copos de fuego.
Un poeta quizá cantaría la modorra de El Astillero en Tola, Rivas, pintando un paisaje bucólico pleno de paz y encanto a la orilla del mar. Quizá añadiría la clásica escena de pescadores dormitando en hamacas a la sombra de palmeras tropicales o en sus ranchitos desenredando redes arrullados por “la fresca brisa” que llega del Poniente.
Aquí la “fresca brisa” está dolarizada y concentrada en el aire acondicionado de las habitaciones que ofrecen los hoteles playeros. Afuera sólo existe “el calor siete calores” que atormentaba al padre Azarías H. Pallais. Verano para pobres, verano sol pendenciero, con diablitos de viento y chicharras chillonas.
Durante al viaje ha sido tema recurrente la sopa marinera que hace doña Naya —que ya hemos saboreado antes—. ¿Qué les parece esta receta? Lleva leche cremosa y pura, mantequilla de costal, pescado de alcurnia —de curvina para arriba—, cangrejos patones, camarones rosados, almejas y dos huevos de amor deshilachados entre ají, cebollitas, apio y chile dulce.
EL “MALEDETTO” CHASCO
Y como hablar de comida rica en viaje largo es llamar de urgencia al hambre, lo que antes parecía un antojo ahora es una necesidad de vida o muerte: degustar al poder de los poderes los tales mariscos.
¡Al fin, Señor de los Desesperados, llegamos! El restaurante de doña Bernarda de Jesús Ríos Montano se encuentra a la orilla del camino, al sólo entrar al poblado costero donde los pescadores tienen sus centros de acopio. Restaurante La Naya señala un rótulo de plástico blanco. Edificación amplia y rústica, paredes de bloque y madera, techo de zinc.
Entramos con la boca espumosa y ojos de pulpo ensopado. Pero… ¡Oh maledetta suerte! El local está sin clientes y hasta la rocola duerme silenciosa. Pero allá a la orilla de la ventana, ante una mesa grande está doña Naya con dos amigas. “Pasen adelante —dice atenta—, y me van a dispensar, ayer fue mi cumpleaños y nos acostamos como a la 1:00 a.m., hoy me levanté a las 5:00 a celebrar “la repela” y a echarme otros traguitos”.
¿Y qué tal la celebración de anoche?
Todo estuvo bonito, a pesar de que mandé invitación a algunas amigas y varias no vinieron. Ahí se quedó la comida, casi entera.
COSAS DE LOS EVANGELIOS
¿Qué pasaría, a lo mejor no llegó la invitación?
No, nada de eso. Lo que pasa es que ahora se volvieron evangélicas. Antes venían a mi casa a echarse sus traguitos y dar su bailadita, pero ahora me hacen mala cara, pasan por la calle y no vuelven a ver a nadie.
(Interviene doña Elda, amiga de doña Naya) Es como que no quisieran contaminarse con nada mundano. Y ahora aquí hay mucha gente que se ha vuelto evangélica y se recute en sus casas y en sus templos, se aíslan por sí solas.
(Doña Naya) Es como que despreciaran al que anda en mal camino. Eso va contra el amor al prójimo. ¿Dígame?
¿Qué puedo decirle? El hombre es un ser social, pero no de sociedades excluyentes. ¿Ha afectado esa conducta su negocio?
A veces me siento toda achantada. Salgo a la puerta y el vecino me da la espalda, si voy para allá lo mismo.
Me dejó “a medias” el cuento de su cumpleaños. ¿Qué más pasó?
Pues que bailamos bastante y bebimos. Empecé a tomar a las 2:00 p.m. y cuando eran las 8:00 p.m. ya estaba de viaje “roleada”, y yo decía: “Ay Dios mío… ¿Será que me echaron algo en el guaro? Pero nada de eso, lo que pasa es que tomé cerveza junto con esa Gran Reserva y no podía levantar la cabeza. Hasta que tomé dos ensas levanté la cabeza como a las 9:00 p.m. ¿Ay, gracias a Dios! Decía yo.
¿Y cómo fue la amanecida?
Horrible todo aquello, horroroso. ¡Clase de goma! A las 4:00 a.m. me levanté a echarme mi primer litrón de cerveza y ahora estoy tomando Gran Reserva. Pero, esperen, yo sé que venían por su sopa pero a cambio les ofrezco pelibuey al horno. Quedó exquisito… ¡A ver preparen la pelibuey a los muchachos! No me digan que no, deben celebrar conmigo si no me ofendo.
UNA VIDA ACELERADA
Cuénteme un poco de su vida. ¿Usted nació aquí en El Astillero?
No. Yo nací en Belén. Fue triste mi niñez porque fui hija del patrón de mi mamá. Lo que hizo mi madre fue darme a los seis años para que me criara la difunta Luisa Rodríguez que vivía en Las Salinas. Ella era liberal y en su casa mataban reses para hacer comida para los del partido, ella me dio estudios pero desgraciadamente la mataron por razones políticas y yo quedé otra vez huérfana a los 14 años. Decidí volver donde mi mamá que me recogió.
¿Ya con su mamá la vida cambió? ¿Tuvo amiguitas?
Sí, pero ya no recuerdo. Mi mamá, al contrario de mi madre anterior, me dio una vida muy conservadora, no le gustaba que bailara, ni que tuviera enamorados ni nada de esas cosas.
Me imagino que se enamoró muy joven. ¿A qué edad se casó?
A los 17 años y bien enamorada, a los 18 tuve mi primer y único hijo. Un hijo nada más, es ese muchacho que está en la hamaca. El doctor me dijo que ya no podía tener más hijos. Pero el papá de mi hijo se fue para Estados Unidos hace muchos años. No volvió y ahora me junté con este señor (señala a un caballero recio que está en la cocina). Tengo 18 años de estar con él.
¿Cómo era El Astillero cuando usted vino aquí?
No habían muchos pobladores. Yo comencé aquí pobre, un ranchito donde las cajillas de gaseosas me cubrían todo el cuarto.
¿El establecimiento ha florecido?
Es muy pobre. Este pueblo siempre ha sido pobre. Más ahora que hay hoteles donde van los cheles que antes venían aquí.
¿Pero en Semana Santa…?
No es gran cosa el negocio. Usted viene y mira ahí un montón de carros parqueados. Ve —dice—, el bar de la Naya está lleno, pero aquí todo el mundo trae comida, su gaseosa, su cerveza para no gastar. La palmazón es general, lo más que pagan es el parqueo. Por eso le digo que la vida sigue siendo igual, no ha cambiado mucho. Aquí el tiempo se estancó. La población sigue siendo pobre.
“YO QUIERO VOLAR”
¿No tiene esperanza de volar?
Como no, me quiero ir, ya no quiero estar en este negocio. Esto no sirve. Todo el mundo se ha vuelto evangélico y ya no vendo lo que vendía antes. Antes compraba y vendía de 15 a 20 cajas de cervezas, ahora sólo vendo cuatro.
¿Entonces, para dónde se va?
Vendo y voy a buscar donde comprar casa. Tal vez allá en El Papalón, como a dos kilómetros para adentro, en San Martín.
¿Qué otros platillos sabrosos ofrece a los turistas?
El pescado en salsa, la langosta al ajillo, el pargo rojo sudado y otros. Le voy a decir una cosa, aquí viene don René Arcia y me trae bastantes clientes en verano.
Aquí viene el director del Hospital Militar y todos me preguntan cómo hago la salsa, cómo sudo el pescado, yo les digo, Venga para acá a poner cuidado. Entonces me pongo a hacer la salsa, a bañar el pescado, les despierto el hambre y comen de todo.
¿Qué tal es pasar la noche aquí en un día corriente?
Ay, aquí es palmado. Dicen que están promoviendo el turismo, pero qué lindo fuera que alguien viniera y dijera ¿Cómo le podemos ayudar doña Naya, don Joaquín o doña Elda? Vamos a ayudarle a levantar este negocio y qué sé yo. ¿Me entiende?
¿Han venido a su establecimiento gente importante?
¡Pues claro! Aquí vino a comer Arnoldo Alemán. Los generales Humberto y Daniel Ortega. Aquí comía Herty Lewites y han probado mis platos los ministros del Magfor y el Marena y ustedes como siempre.
¿Y se bañan en el mar esos personajes?
Nunca. Siempre se van en conserva.