El pastor don Pedro Fornos Real. (LA PRENSA/M. Espinosa)

Pláticas de ancianos con la visión de Pedro Fornos

¡Qué mágico encanto tienen las pláticas vespertinas de los viejos! ¡Yo los comparo con los atardeceres frente al mar: fuego y oro cuando evocan la juventud, plata bruñida desleída en flecos blancos cuando se refieren a la madurez, gris que se hunde en terciopelo azul al concluir el ocaso [doap_box title=»Papá abuelo» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] “Soy […]

  • ¡Qué mágico encanto tienen las pláticas vespertinas de los viejos! ¡Yo los comparo con los atardeceres frente al mar: fuego y oro cuando evocan la juventud, plata bruñida desleída en flecos blancos cuando se refieren a la madurez, gris que se hunde en terciopelo azul al concluir el ocaso
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“Soy ministro evangélico, tengo 30 años de ejercer ese ministerio. Fui presidente de la Conferencia Evangélica Pentecostés de las Asambleas de Dios, presbítero de pastores, director del Instituto Bíblico Nocturno. Tenía de pastorear 12 años cuando dejé Nicaragua porque el gobierno sandinista quería perjudicarme.
¿A qué edad se casó?
A los 38 años. Muy tarde, verdad, es bueno casarse de 25, 28 ó 30 años. Tengo 64 años y estoy criando un niño de 10 años, imagínese. En total tengo tres hijos dentro de mi matrimonio y uno fuera de él.

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Cosas de familia

Al riego de las palabras de los ancianos reverdecen los árboles genealógicos y se aclaran las parentelas. Cómo sucede el desfile de situaciones fantásticas, anécdotas inventadas tejidas a lo mejor sobre vivencias reales. ¡Ay! Los lamentos por lo que pudo haber sido y no fue. Y siempre aquella empecinada frase de don Jorge Manrique… “Todo tiempo pasado fue mejor”.

“En las lomas de Mateare, en la finca Moravia propiedad de mi pariente David Fornos, tuve la dicha de estar con tres ancianos de apellido Fornos, ellos eran, mi abuelo Federico y mis tíos abuelos David y Gregorio”, expresa el ministro evangélico Pedro Fornos Real, un hombre alto, fornido, blanco y barbado que vive en una humilde casa del barrio Monseñor Lezcano.

“Era mi deleite escuchar el intercambio de anécdotas que hacían, la sabia conversación sobre sus mejores tiempos, que por lo general derivaban hacia el chiste, la crítica mutua y las carcajadas en las que yo ponía mi parte de niño.

“Tendría 10 años más o menos cuando mi abuelo Federico Fornos me contaba que él había hecho fortuna trabajando muy duro. Decía que en su cuarto mantenía colgado de un clavo un pantalón corto, viejo y sucio en cuyas bolsas guardaba el dinero que ganaba”.

EL TORO DESCHINCACADO

“Había gente honrada en ese entonces —decía— porque nunca perdí ni el centavito más chiquito”. Un día decidió invertir el dinero que guardaba y compró su primer toro, le costó 25 centavos, pero ya se sentía un potentado ganadero. Poco a poco fue comprando más semovientes hasta que descubrió que no tenía suficiente tierra donde tenerlos, eso le llevó a otra empresa, comprar tierras para hacer su hacienda.

“Los hermanos de mi papá David y Gregorio Fornos, contaban en esas reuniones familiares que también ellos se habían fajado duro para comprar sus propiedades. Se ufanaban de ser muy fuertes y tener brazos poderosos porque desde muy niños rajaban leña para vender. Había que creerles y yo abría la gran boca cuando escuchaba las hazañas que tuvieron que cumplir para comprar un aserrío que les produjo ganancias y les dio prosperidad.

“Mi abuelo por parte de madre era dueño de las fincas San José del Tololar y La Joya, pero después supe que poseía una hacienda que se llamaba San Joaquín, donde había tres casas. Mi abuelo por parte de padre poseía bastante ganado y tenía un trapiche primitivo halado por bueyes en el que producía sabroso guarapo y tapas de dulce de rapadura. Mi padre siguió ese ejemplo y también tenía su trapiche.

“Una vez —contaba mi padre—, mi papá me regaló cinco yuntas de bueyes para que me ayudaran en la molienda. Hermosos y robustos los tales bueyes y yo estaba fachento de tenerlos, pero un día el buey que llevaba el nombre de ‘El Pijul’, que era negro, grande y hermoso, amaneció con un golpe en la columna vertebral. Estaba deschincacado el pobre animal y nadie sabía quién lo había golpeado. Aquello era un misterio y dio lugar a numerosas conjeturas, que si había sido el duende, que si la mica bruja, que si un rayo caído del cielo… La verdad nunca se supo y el pobre ‘Pijul’ fue vendido a un matarife que le sacó suficiente carne sana para la venta”.

LA AVENTURA DE SAN CRISTÓBAL

¿Contaban sus abuelos sus jornadas románticas?

Cuando estaban delante de mí hacían como que bajaban la voz para que yo no escuchara. Pero yo les oía que todos tenían novias además de las esposas. Uno de ellos contaba que se había ido de farra y se le antojó ir de serenata donde una dama que admiraba. Estaba en grandes cantaderas cuando alguien se acercó, le quitó la guitarra y se la puso de corbata. Era el marido celoso que así reclamaba… Y aquí venían las grandes carcajadas de los tres viejitos, y cómo en otra serenata les echaron unos perros que los persiguieron hasta dejarlos en su casa.

Contaban anécdotas de todos los calibres. Recuerdo la del abuelo Federico que ya de 90 años se fue con un amigo de la familia, con mi papá y otras personas a subir el cerro San Cristóbal dizque a cazar venados. Porque había que oír los cuentos de cacería que se lanzaban los tres viejitos, si uno decía que había tirado un venado de ramazón, el otro aseguraba que él había “plomiado” uno de tres cachos, y el tercero aseguraba que eso era nada, que él había cazado el venado de oro… ¿Y qué era el venado de oro? Pues un animal enorme con cuerpo de búfalo y cabeza de cabro.

Pues siguiendo el cuento del abuelo Federico, resulta que ya al bajar de la cumbre del San Cristóbal el viejito se extravió. En vano lo buscaron los acompañantes. Paso un día, pasó el otro y “nacas coles”. Como al quinto día alarmados y adoloridos regresaron a sus casas donde les llegaron a avisar que don Federico estaba en Chichigalpa, porque resulta que a sus 90 años el anciano pudo orientarse y llegar a esa ciudad donde vivía una de sus hijas, la Mélida Fornos.

Después había que oírle contar la aventura repleta de proezas que había acometido mientras andaba perdido, y yo admiraba la fortaleza del anciano que pudo bajar del volcán a pie, sin agua, solito, y caminar hasta Chichigalpa.

LA ENORME BOLA AZUL

“De ese tiempo recuerdo la siguiente anécdota para que usted la enjuicie. Tendría unos 13 años cuando se me ocurrió buscar dinero en el pantalón de mi papá, le saqué un billete de a córdoba y me fui a la venta a comprar lecheburras. Llevo el billete en la mano y cuando llego a la venta y quiero pagar el billete se había transformado en un simple pedazo de papel blanco, oí una voz como un susurro que decía ‘cuidado seguís el camino de tu tío’ (el tío Carlos Sarria que era mañoso). Regresé temblando a la casa, no compré nada y me llevé esa impresión. Le conté a mi mamá lo que me había pasado, ella me aconsejo que me quedara callado y que no volviera a cometer ese pecado”.

¿Nunca más le han vuelto ocurrir cosas extrañas?

Era la mañana a mediados de 1964, estábamos como a eso de las nueve en un plantío de algodón que sembrábamos a medias con un primo hermano de mi papá que se llamaba Abraham Ulloa Real. Yo dirigía a unos 25 trabajadores que estaban ahí. Como a unos treinta metros del plantío comenzaba un cerro al que le decíamos La Joyita, en ese tiempo era montaña. De repente escuché cantar unos pájaros, lo hacían de manera alegre y desde el cerro volví la mirada hacia ese lado y cuál es mi asombro cuando veo salir del bosque una bola de luz. Era azul, como cuando se apaga un televisor y se queda en la pantalla oscura una luz azul bien linda. Tenía como tres metros de diámetro y reflejaba un brillo tremendo. Yo sentí su calor cuando pasó a unos cuarenta metros de donde yo estaba, luego se fue alejando hasta que se perdió en la montaña.

De repente sentí la sensación de me estaban observando muchos ojos, entonces me agaché y me oculté dentro de las plantas de algodón. Así oculto pude ver a los hombres que estaban trabajando como si nada. Entonces agarré coraje y me incorporé, no había más que siete nubes como el tamaño de unas ovejas blanquitas que estaban pasando del suroeste al noreste. Siete nubes que miré viajar una tras otra.

EL CORTEJO DEL RÍO

¿Qué significado atribuye a esas cosas extrañas?

Pienso que Dios me estaba dando alguna manifestación, porque estuve también en un la hacienda Los Ponederos, detrás del Cerro Motastepe en Chinandega, andábamos con dos tíos hermanos y otras personas y cuando llegamos al lugar de destino hicimos un campamento. Como nos diera sed nos arrimamos a un río. Era como la una y media de la tarde y al querer entrar al río un lodo muy suave nos llegó hasta el tobillo. No quisimos entrar más adentro. Yo estaba mirando el lecho del río que ahí hacía un remanso, puse la mirada en el fondo del agua y vi un cortejo. Era como estar viendo algo en la pantalla de un televisor grande. Era un cortejo de damas de honor de una señora de gran alcurnia, llegados a cierto lugar sentaron a la señora en una piedra, la bañaron, la secaron, la vistieron… Todo dentro del río. Nos quedamos extasiados hasta las cinco de la tarde, a la dama le pusieron un vestido blanco que brillaba como hecho con piedras preciosas, le colocaron anillos en los dedos, estaba ataviada como una novia para su marido, luego se fueron y la dama arrastraba tras de sí una gran cola blanca. Ya entonces me recuperé del éxtasis y les dijo a mis compañeros: “¡Vámonos de aquí ahora mismo”. Llegamos a la casa a las siete y media de la noche.

¿Intentó tejer alguna explicación para estos sucesos?

Como estaba joven no entendí nada, hasta que me convertí simbólicamente hablando, entendí que Dios me había mostrado a su amada Iglesia en el río, como una novia ataviada para su marido.

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