Abstenerse significa inhibirse o privarse de algo y referido a la política es el no ejercicio de los ciudadanos de su derecho a votar para elegir a las autoridades que les van a gobernar y a representar.
El voto o sufragio es una expresión política de la voluntad individual. Por eso, el sistema electoral es uno de los principales soportes de la democracia representativa. El arto. 51 de la Constitución Política de Nicaragua dice: “Los ciudadanos tienen derecho a elegir y ser elegidos en elecciones periódicas y optar a cargos públicos, salvo las limitaciones contempladas en esta Constitución Política”. Pero aunque la Constitución lo describe como un derecho, desde otro punto de vista, el voto es también un deber ciudadano.
El fundamento filosófico del deber cívico del sufragio es la vida en sociedad. La convivencia social demanda racionalmente que sus miembros participen de su forma de organización y de gobierno. Así lo consideran algunos países como Perú y Argentina, cuyas legislaciones hacen obligatorio el ejercicio del sufragio so pena de una multa pecuniaria. Y con todo, en Argentina el promedio de abstencionismo es aproximadamente del 20 por ciento y en las últimas elecciones del Perú fue de poco más del 12 por ciento. Estos niveles son bajos si se los compara con el de otros países como Guatemala (70 por ciento), México (60 por ciento) o los mismos Estados Unidos de Norteamérica (56 por ciento). Según la última encuesta de M&R, la tendencia abstencionista en Nicaragua anda por el orden del 23 por ciento. En encuestas anteriores ha sido hasta de 30 por ciento. Esto significa que en la medida que se acercan las elecciones, el porcentaje de abstencionismo es menor. Sin embargo, hay unos 600 mil nicaragüenses que todavía no se deciden a votar.
Hasta cierto punto, el abstencionismo es comprensible entre los nicaragüenses como una forma de repudio a los políticos tradicionalistas —especialmente los pactistas del PLC y el FLSN— que en su afán de conservar el poder se han tomado los poderes y las instituciones del Estado y los han puesto al servicio de sus respectivos caudillos. Las reformas constitucionales de los pactistas fueron el clímax de un trabajo sistemático a lo largo de la mayor parte del actual Gobierno para reducir al mínimo sus facultades. De esta manera, las necesidades del pueblo fueron relegadas a un segundo plano.
Ahora, orteguistas y arnoldistas se presentan como la “solución” a la profunda crisis que ellos mismos han causado. Sin embargo, su nivel de credibilidad es mínimo ante la población porque tienen de manera permanente el estigma de la corrupción. Daniel Ortega y Arnoldo Alemán le fallaron a Nicaragua. Así, pues, muchos ciudadanos protestan con su abstencionismo pero es un arma de doble filo, una gran equivocación porque en estas elecciones el pueblo nicaragüense tiene alternativas distintas a las tradicionales. Aunque los pactistas traten de desacreditar a las nuevas opciones, lo cierto es que existen y los electores no están condenados a escoger a los pactistas ni a convalidar el caudillismo.
Los ciudadanos indecisos deben entender que tienen en sus manos el poder para hacer una revolución cívica y pacífica asistiendo a las urnas y votando por el cambio. Las revoluciones hoy día ya no se hacen con balas y fusiles sino con boletas electorales. Esta es la manera de rescatar la institucionalidad, el respeto y la sujeción a las leyes, la transparencia en la gestión gubernamental, la justicia y el combate a la pobreza y al subdesarrollo. Por eso, votar es un deber ciudadano aunque la ley aquí no lo ordene. No votar equivale a apoyar el continuismo y a hacerse cómplice de los que piensan que Nicaragua es su propiedad privada. Quienes dicen que no hay por quién votar son los peores enemigos de Nicaragua porque no quieren que las cosas cambien.
Después de más de 15 años de democracia, los nicaragüenses deben asistir a las elecciones como se asiste a la celebración de una fiesta patria. Y aunque el ambiente que prevalezca en las votaciones sea de tensión por la insistencia de los partidos caudillistas en seguir imponiéndose, los ciudadanos que desean para Nicaragua y para ellos mismos y sus familias un futuro distinto, no pueden quedarse tranquilamente en sus casas el 5 de noviembre.