Armando Morales le siguió a Pepe Ramírez en el acto de la involuntaria descortesía de no despedirse. Ambos partieron en silencio victimados por el olvido que dejó sin abrigo, en la desnudez, la inteligencia ejercida en muchas de las salas públicas de adentro y fuera del territorio nacional.
Los traigo al presente por ser injusto que siga el desplome de la exégesis dejada en cuanto a la ejecución, difusión y creación de la música especialmente concebida para guitarra. Tanto de los clásicos universales como de los vernáculos intestinales.
Fueron diferentes sus estilos, sus especialidades, sus composturas ante la vida, aunque las cajas en la orfandad las dos guitarras sean en el fondo iguales instrumentos. Esa guitarra ensalzada por los dedos, el talento y el alma de Andrés Segovia que llevaron su clavijero, su clavija, su ceja, su mástil, su cuerpo entero a las más selectas salas de concierto del mundo, dignificándola, sacándola del polvo y del humo de las plazas públicas, esencialmente bohemias.
Pepe Ramírez más cultivador del género popular, de la solidaridad armónica principalmente en trío, solista del requinto como Justo Santos pero sin ser beneficiario de la permanencia de Moralimpia que mantendrá su nombre circulando siempre en las pistas del recuerdo. Posiblemente si no la ha creado se ignoraría quién es.
Armando Morales, virtuoso y apologista de la música culta, especialista en Enrique Granados como lo fue de él, el mundialmente glorificado Andrés Segovia. Morales resentía a veces su incumplimiento con la pulcritud digitativa, porque cuando descubría alguna transgresión con la cuerda, su inconformidad perfeccionista al fin era confesa, lo cual lo ponía como un autocrítico dentro de la urgencia de ser muy puntual con las notas. Por ser bueno, por ser cultor de la destreza, por ser atrevido, no podía omitirse su inclusión en el temperamento de los exigentes, de los sufrientes al no lograr el cometido invicto. Además de ello, como Edmundo Guerrero, era improvisador sorprendente y compositor anónimo por voluntad propia. Encabezaba su orgullo la rara actitud de ocultar su nombre en las obras concebidas por él mismo para mantener la tradición del autor desconocido. Transcribió y compuso este nicaragüense de ancestros matagalpenses para que la guitarra se hiciera más gallarda, ritmos en comunión con su requiebre interior porque a veces el estado anímico promueve el afán de sacar algo y dejarlo inédito. Lo previsible y casi seguro es que esa tendencia de no darse a conocer con el bombo común no le permitieron la fama duradera. Eso no importaba, ni era tampoco el objetivo.
La herencia dejada por Armando Morales cuyo nombre invoco en nombre de la gratitud debida a los artistas de su naturaleza 22 años después de haber sido sepultado en julio de 1984, quedará más concentrada en la elucidación y versión de flamencos y sevillanas, de baladas, de canciones, de sitios de Zaragoza, de conciertos.. Lo vinculo en la rememoración a la zarabanda lejana de cuya estelaridad lírica extrajo tantas conclusiones. Su ejecución del Concierto de Aranjuez reflejaba la profunda admiración sentida por Joaquín Rodrigo.
Siendo distinto, sin ningún ánimo comparativo, solía mencionar constantemente a Juan Sebastián Bach, glosando en guitarra mucha de su música escrita para clavecín y órgano. Armando Morales lo tocaba, lo captaba porque la textura fugal de Bach será siempre oportuna, natural, trascripción bella en guitarra. Esa pulsación lo condujo a triunfos en Europa.
Pudo ser concertino de alguna sinfónica de urbe metropolitana si hubiera sido más cuidadoso con el uso del vino. Se impone una aspiración: la recolección de la obra desconocida dejada por él, la unificación del producto disperso a fin de que éste pase a nutrir el cofre, el opus del músico olvidado.