Mujer. Ramiro Lacayo.

El Ojo de Agua

Todo aparentemente desierto. Y en medio de aquel océano de arena, dos ojos: uno en el cielo, rojo, implacable; y el otro, más que su reflejo, su retina. Uno es impasible, el otro, muestra su lado que llaman debilidad, sentimiento. Uno sin el otro, en este valle silencioso, se necesitan, si no… perecen donde el […]

Todo aparentemente desierto. Y en medio de aquel océano de arena, dos ojos: uno en el cielo, rojo, implacable; y el otro, más que su reflejo, su retina. Uno es impasible, el otro, muestra su lado que llaman debilidad, sentimiento. Uno sin el otro, en este valle silencioso, se necesitan, si no… perecen donde el tiempo es otro tiempo.

Al ojo de agua llegó la joven. Aquel, apacible, detuvo sus ondas marinas para aparentar ser un simple espejo. Y así, algo inquieto, creyó ver y sentir cómo la joven dejaba tras sí las últimas prendas impregnadas de desierto. La imagen era nítida: el cuerpo firme, tibio, suave, con las curvas en su lugar acentuando sus formas bien proporcionadas. Hasta el viento de demonios respetó ese momento, nada debe perturbar esa figura, la sombra, el reflejo acentuado.

Como que nadie conoce el lugar, nada se acerca. Nada crece o se oculta. Otro tanto sucede con este portento, nadie conoce al desnudo a esta aspirante a sacerdotisa.

Aun a su pesar parpadea el ojo, tiembla, aunque la hembra supuso que dicho movimiento es por causa del viento o el vuelo del ave de rapiña o ave hermosa y desolada fenexiendo, así se mecía ondulante la cabellera, como boa, bufanda, funda, sostén, rebozo, caricia sosteniendo los melones, en esa cascada nocturna, cubren y descubren esos senos redondos que retan a la atmósfera y los astros siendo esferas de adivina, mientras los botones en los pezones están a punto de reventar, en búsqueda de alguna digna boca, en busca de una mirada que le sorbiera el chupón del alba. Oh, boca, ahora sé para qué sirves. Oh, manos, déjenme delinearla. Y se acerca al ojo de agua. Dos, tres, hasta en cuatro ocasiones roza con el pie la superficie, roza esos como bucles acuáticos, juguetones y ahora remolinos, pequeños, con vapores que suavizan la punta de los dedos del pie izquierdo. Así de pie y por unos instantes, abren y vagan sus cuatro carnosos labios. Veía sus reflejos y entrecerraba los ojos. Algo tenía ese espejo natural, algo ese ojo de agua en medio de aquel seco espacio de tierra sin sentido. La temperatura ascendía, mas vapores, sutiles, vapores. Un segundo y deja a un lado su curiosidad ya satisfecha, y divertida simula representar que se enjabona como lo hacen las mujeres enamoradas, arreglándose en la intimidad para la primera cita del himeneo. El ojo de agua comenzó a modificar sus corrientes, mientras la novicia frotó sus manos, pantorrillas, frotó caderas y nalgas y enjabona sus redondos pechos aun sin ser ni siquiera mirados por algún creyente o anatema: pechos bien erguidos al cielo, como la mejor ofrenda a las deidades sin nombre. Y se frota como si se estuviera construyendo. El agua, de helada pasó a fría, luego a la tibieza de aquel cuerpo, para llegar a la temperatura de ella, caliente. Extraño, aquel espejo parecía tener olas e invitaba a hundirse en él y refrescarse, y la aspirante a sacerdotisa al sentir la agonía del espejo que parecía que en cualquier instante estallaría, cortésmente mete el índice y el anular, los remoja en el supuesto vidrio y da tres movimientos circulares; enseguida retira dichos dedos y lo lleva a la boca y a la otra y escapa un suspiro, un aliento que emana desde el fondo de las entrañas. Exhala el viento el contenido y se siente fresca, libre de ataduras.

Medio ciego y herido, impotente porque no ha logrado que ella se sumerja en sus aguas, reactiva remolinos más grandes y vaporosos. Ella se aparta y arroja los harapos sucios al agua y los vuelve a sacar, dos, cuatro veces, y así húmedo y apenas enjuagado por lágrimas de deseos reprimidos, se cubre lo prohibido —casi de pies a cabeza— y el vestido se une a su piel como su otra piel, se unta a sus formas. Se cubre con el capuchón. El ojo parpadea, aspira las últimas esencias femeniles. Ella da vuelta y mira a todos lados. Ha prometido matar o entregarse al macho o varón que la vea tal cual es: primero sin ofrecer resistencia para enseguida darle muerte según como la haya tratado o maltratado en su única experiencia sexual. Está segura, no hay nadie. Echa a andar como si fuese realmente una tullida, y al andar lame el índice, porque trae un nuevo y extraño sabor de agua.

Lame el índice. El espejo natural, bufa.

La tarde siguiente, se repite el mismo rito. Aquel extraño proceder continúa mes tras mes, año tras año, centenario o no, se repite a solas, delante de aquella persona que ya es un moribundo, en el desierto, que antes de morir llora y pasa a ser parte de un ojo de agua en aquel infierno donde el ojo del cielo, le devora huesos y cenizas.

La Prensa Literaria

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