Al leer la noticia sobre el frustrado plan terrorista de Londres imaginé un avión al momento de estabilizarse, cuando ya a todo pasajero se le ha informado sobre la hora de llegada y los servicios que habrán de prestársele para hacer más placentero el vuelo.
Cerré los ojos y vi a gente pararse, esos que jamás se quedan quietos , madres tratando de dominar a sus hijos en los asientos, pasajeros que se acomodaban para iniciar el sueño —quizás ayudados por alguna pastilla, los que temen a los aviones— y otros para acometer la lectura; parejas que se acurrucan para pasar bien juntos las siguientes siete u ocho horas; vi a algunos fanáticos que se sumergían en sus laptops, mientras la tripulación iniciaba sus rondas de consultas sobre el aperitivo previo y el menú de la cena.
¿Qué culpa tienen? ¿Qué justifica que a uno o dos se les ocurra ir al baño, mezclar una serie de líquidos y transformarlos en una bomba y así acabar en segundos con la vida de unas trescientas personas? ¡Qué horror!
Leí también que habían sido detenidos 24 sospechosos. Presuntamente ellos tenían a cargo la tarea de atentar, en un período de pocas horas, contra 10 vuelos comerciales provocando la muerte a más de dos mil personas.
Después leí que la abogada de dos de los sospechosos denunció que se encontraban en “celdas frías” y “sin mantas” y que uno de sus defendidos “se quejó de no haber recibido agua ni comida en más de un día”. Dijo también que sólo se le permitió estar cinco minutos “con sus clientes”.
El objetivo del terrorismo es generar terror. Es abrirle las puertas al miedo, es generar un espanto sin fin para que los ciudadanos comunes, la gente que trabaja todos los días, que paga sus impuestos, que quiere a sus familias y que tienen derecho y razones para tener miedo de esos criminales, acepte sin darse cuenta las actitudes de quienes , con la responsabilidad de dirigir y en los cargos de responsabilidad se refugian en la cobardía, en lo políticamente correcto, o arrancan para el otro extremo, si es que no siempre estuvieron allí, llegando hasta al terrorismo de Estado, cumpliendo así con el objetivo perseguido por los terroristas.
La mayor conquista de Al Qaeda no es el derrumbe de las torres gemelas, sino la guerra de Irak, que ya ha provocado la muerte de más norteamericanos que los que murieron el 9/11, y ha deteriorado como nunca la imagen de los Estados Unidos en el mundo.
Los terroristas asesinan a inocentes y esperan que haya una reacción similar, es decir ilegítima, a su chantaje homicida y entonces después aparecerán algunos defensores de los derechos humanos, “familiares” , para ir completando el trabajo .
Incluso si los atentados se frustran y hay detenidos, habrá quienes alzarán su voz para quejarse por si a éstos los hacen pasar algo de frío , y eso por la unica razón de que aparentemente intentaban “volar” a unas 2,500 personas inocentes.
Tan grave como violar los derechos humanos es dejar que su defensa se transforme en bandera de quienes , con total cinismo o desfachatez, pugnan por “ciertos” derechos, en el marco de una estrategia que persigue otra cosa y para lo cual se cuidan muy poco en respetar esos derechos.
No es posible dejar en el olvido o ignorar siempre lo que pasó antes.
Hebe de Bonafini y las Madres de la Plaza de Mayo claman por sus seres queridos y tienen derecho, pero nadie recuerda qué era lo que aquéllos hacían, a quiénes y qué apoyaban y qué fue lo que desencadenaron. Hebe de Bonafini nos dio una pauta cuando salió a aplaudir y festejar el atentado contra las Torres Gemelas.
Hoy nos enteramos que Günter Grass, el Premio Nobel alemán de Literatura —tan crítico de ciertos valores y conductas de la sociedad occidental—, perteneció a las Waffen-SS del nazismo que dirigía Heinrich Himmler.
La revista argentina Noticias contó que cuando la dictadura militar — mientras otros desaparecían o se refugiaban en el extranjero— el hoy presidente Néstor Kirchner, quien ahora se muestra como uno de los mayores paladines de los derechos humanos, y su esposa, “no tuvieron que esconderse”; “pusieron un estudio de abogados” y ganaron buen dinero, según la revista.
En Venezuela la noticia es la fuga del líder sindical Carlos Ortega, a quien el gobierno de Hugo Chávez, responsable en el pasado de dos intentos de golpes de Estado, lo condenó a 16 años de cárcel por “rebelión civil”.
Es hora de empezar a decir y recordar todo y de no aceptar la cobardía ni la complicidad de los que buscan el amparo de lo políticamente correcto porque ésta es la única forma de luchar contra todos los tipos de terrorismos.
(El autor es periodista uruguayo).