I
Tienes que curtirte, son los años
los que te convierten en un seductor impecable.
En tus primeros años de vida
poco o nada sabes del amor.
Si has sido precoz, en la juventud
comenzará a ascender tu despertar amoroso.
Luces fuerte, agresivo y potente.
Cuando has completado
el ciclo de tus primeras conquistas
jactancioso corres por el mundo.
Te sientes imbatible,
que puedes al mismo tiempo
con dos o tres ángeles arrebatadas.
Eres incansable y poderoso.
Confías a tus amigos en voz alta
como si se tratara de un juego de naipes
que puedes irte y venirte
cuantas veces quieras.
II
Todo es alarde.
Pronuncias al viento que eres imbatible,
que en una simple jornada
puedes domar a la potra más bravía.
Pero es el tiempo,
son los años los que enseñan
que en las cosas del amor
la sola juventud no basta.
Tienes que aprender
que ni cuestión de uno o tres lances
los que hacen que una mujer
se pegue a tu piel.
Lo que importa al principio y al final,
es la ternura, el trato afable,
la dulce y tierna compañía, la palabra fácil,
expresiva y respetuosa.
Es tu capacidad de inventiva,
de inspiración y fantasía, entrarle de soslayo
y acariciar sus flancos débiles,
los que hacen que el corazón
de una mujer sienta en verdad
que su ánimo se incendie
y que luego con sólo rozarla
seas capaz de lograr
que alborotada y alborozada
se alce hasta los confines del cielo
y vuelva por vos
para que una y otra vez
le hagas sentir lo que ningún
jovenzuelo hasta entonces había logrado:
hacerla explotar, llorar, enloquecer de alegría,
en una especie de big-bang,
que la hace volar complacida
por el espacio sideral.