- Un breve recorrido por la poesía nicaragüense a propósito de la aparición de tres tomos de poesía con introducciones críticas de parte de Julio Valle-Castillo sobre los textos de los escritores
A la memoria de Carlos Fernández Holmann
Las antologías poéticas son, específicamente, recopilación del corpus representativo de una época o período de un determinado proceso literario. Pueden ser una simple muestra, una propuesta, una provocación. Sus orígenes en la literatura occidental, así como su metodología (introducción, recopilación y notas sobre los autores) se remontan al Clasicismo. Las sucesivas propuestas de antologías griegas y latinas han sentado su prestigio a partir de la fuerza textual de sus traducciones, las cuales para proyectar su luminosidad a cada lengua han sido y son, generalmente, bilingües, desembocando a versiones relativamente modernas como la Antología Griega, de Robert Brasillach en lengua francesa o bien la de Rubén Bonifaz Nuño en lengua española.
Las antologías poéticas, en la mayor parte de los casos, contienen una propuesta de carácter canónico. De alguna manera, por muy deficientes o limitadas que sean, contribuyen al establecimiento y reconocimiento del canon, ya sea de una escuela poética, una generación, período o bien, un siglo. En este sentido, las antologías sobre el Modernismo como las de Federico de Onís y Juan Ramón Jiménez; la Antología Laurel, de Xavier Villaurrutia, Octavio Paz y otros españoles para la poesía moderna hispanoamericana del siglo XX, la de José Olivio Jiménez o la Antología de la Poesía Surrealista Hispanoamericana, de Aldo Pellegrini, nos han formulado propuestas que no pueden ser desechadas cuando se quiera establecer una canon de la poesía hispanoamericana del siglo XX. Toda antología (inclusive las que los autores hacen de su obra poética) nos descubre aspectos, facetas, incorporaciones de poemas, de poetas marginados que cambian, muchas veces, criterios establecidos.
Ninguna antología es completa ni satisface, generalmente, expectativas diversas, sean éstas de orden histórico o contemporáneo. El antólogo rara vez realiza o completa a cabalidad su ambiciosa tarea. No obstante, las antologías que logran aceptación y estatus definido llenan los espacios diversos de una evolución histórica literaria del texto entregada al lector ordenadamente. Y no solamente al lector ordinario sino también al investigador, al historiador literario.
Me ha parecido necesario este breve preámbulo para ubicarnos frente a una voluminosa obra de carácter antológico que todavía no ha tenido la recepción crítica que merece. Me refiero a El Siglo de la Poesía en Nicaragua (Managua: Fundación Uno, 2005, 3 volúmenes) del poeta, investigador y crítico literario, Julio Valle-Castillo. Se trata de una antología de nuestra poesía como hasta ahora no se había intentado. Y no me refiero solamente a su formato ni a su número de páginas (que en total pasa las mil ochocientas) sino al significado que ello implica. Esta antología nos muestra y patentiza que en Nicaragua la poesía no sólo constituye una prestigiada leyenda que se inicia con Rubén Darío sino más bien una realidad verbal que a través de grandes y extraordinarios poetas se hace plausible y legible, página por página, demostrando cómo un pequeño país posee y es capaz de mostrar un poder creativo lingüístico en renovación constante, que otros países, geográficamente y económicamente más poderosos y grandes no logran ostentar todavía.
Antes de referirme a la arquitectura que detenta cada tomo, creo necesario, sin hacer ningún historial bibliográfico académico, referirme a las notables antologías que preceden a ésta: 1) Nueva Poesía Nicaragüense (compilación de Orlando Cuadra Downing e introducción de Ernesto Cardenal, Madrid, 1949), la cual fue una propuesta canónica en lo que al período de la Vanguardia se refiere, con la flagrante exclusión de Luis Alberto Cabrales y 2) Antología de la Poesía Nicaragüense, selección, introducción y notas de Ernesto Cardenal, con cuya propuesta se estatuye el quehacer poético de la estética exteriorista, calcada, a grandes rasgos, en las teorías de Ezra Pound y de su práctica literaria expuesta en sus Cantos (1930-1969). 3) Antología General de la Poesía Nicaragüense (Introducción, selección y notas de Jorge Eduardo Arellano), la cual, a pesar de ser la más basta, dado que parte de los vestigios de poesía indígena nuestra, pasando por nuestro dudoso Romanticismo hasta la generación de los sesenta y setenta, a los que trata de manera sucinta y desigual. Por otra parte, aunque su abordaje del Modernismo es excelente, al no incluir la poesía de Darío, presenta una falla estructural para considerarla como una propuesta canónica en sentido lato. Y esta dificultad se acentúa cuando advertimos que los vestigios de poesía indígena, letras coloniales y poesía romántica, no proporcionan una base sólida para la construcción del canon de la poesía nicaragüense. No podemos negarle, por su funcionalidad (escasas 500 páginas), méritos que la hacen accesible para uso escolar y ordinario. Es probable que por el sentido de economía que muestra en su diseño y edición, no incluyó a Darío, considerando su accesibilidad a través de las múltiples antologías que se han hecho de su poesía.
Una ojeada a estos tres formidables volúmenes que congloban la propuesta canónica de un siglo de poesía en Nicaragua, no podemos prescindir de la lectura paratextual de cada ejemplar, así como también de la introducción a la propuesta misma. El paratexto, como se sabe, es la puerta de entrada el texto . Títulos, diagramación, ilustraciones, teoría expuesta en la introducción, no están puestos gratuitamente. Vistas las cosas de este modo, los tres tomos de El Siglo de la Poesía en Nicaragua nos muestran, además de la metodología desplegada al abordar los diversos períodos literarios, una profunda relación de la poesía con la plástica.
La portada del primer tomo nos revela un detalle del óleo Los Brujos de Monimbó, de Rodrigo Peñalba. Tanto el Modernismo como el Movimiento mismo de Vanguardia (con más intensidad desde luego), se debaten sobre las raíces identitarias de su poesía, al igual que en este óleo: inquisidores, máscaras indígenas, esqueletos dialogantes, brujos dominando la escena como en un baile de atuendos intemporales. Pero este colorido aquelarre que plantea la búsqueda de nuestra identidad, está concebida desde una intensa expresión de modernidad que lo emparenta con los muralistas mexicanos y las fiestas de calaveras de Guadalupe Posada, no ha sido superada en nuestra plástica ni siquiera por la linealidad plumística de Leoncio Sáenz, y tal vez se equipare con el fuerte y abigarrado abstraccionismo de un Leonel Vanegas.
Julio Valle, al confeccionar su antología, no sólo periodizó la poesía sino también el aspecto decodificador de la imagen histórica: la expresión pictórica precediendo y confirmando la metáfora y el lenguaje desencadenado de la poesía misma. Así, pues, en la portada del segundo volumen, se trata de fijar lo ya experimentado por la Vanguardia, delimitando asé los linderos del lenguaje poético nuevo en moldes de eternidad y firmeza. Consecuentemente, desaparece la búsqueda de la identidad para instaurarse la de la otredad; y así en el detalle de técnica mixta de Dos Mujeres, de Armando Morales, desaparece la identidad: la mujer y el hombre son también el hombre, pero a ambos sentados en un sillón no los une nada porque miran sin rostro y con fragmentados cuerpos al futuro.
El icono del tercer volumen, Torre de Babel 2003 medio mixto y collage sobre tela de Alejandro Aróstegui, alude a la modernidad trunca, inacabada, casi por cerrar si ciclo. Es, desde luego, la Babel Poética ascendiendo en espiral, sostenida sobre una base textual firme. La poesía casi tocando el cielo, buscando su propio cuerpo como quería Novalis.
El criterio para encuadrar la producción poética de Nicaragua, expuesto en la introducción es que, en comparación con el desarrollo de otros países, nuestra poesía es más reciente; arranca en las postrimerías del autonomista siglo XIX, afirma Valle-Castillo y de aquí que, en este tránsito del siglo XX al XXI, se hiciera urgente y necesario confeccionar una antología que abarcara el tiempo en que esta poesía irrumpió, se desarrolló, definió sus características y configuró sus aportes. De este modo es concretizada la propuesta canónica, o sea, en un espacio vital durante el cual se confirma un lenguaje fundacional que inicia un ciclo, cuya curvatura se define en tres grandes etapas: Modernismo y Vanguardia (1880-1940); Posvanguardia (1940-1960) y Neovanguardia (1960-1940). Valle- Castillo define esta ultima etapa como concepción de organizaciones y militancia de los intelectuales en la causa, concepto teórico que se refiere a la organización y militancia de los intelectuales en la causa popular, incluso, incorporados a la lucha armada. O sea, una poesía que se inicia como una rebelión contra el lenguaje tradicional y anquilosado que predominaba en la España Contemporánea a inicios del siglo XIX y que al ascender se nivela corrigiendo la historia misma, desde la ideología, introduciendo un concepto de praxis que define y sitúa históricamente el lenguaje del Exteriorismo. Grosso modo es la gráfica que histórica y lingüísticamente traza la curva canónica, basada en tres criterios: 1) la excelencia estética, 2) la gran diversidad de voces, motivos, temas, formas, intenciones y tendencias y 3) el de representatividad de los poemas dentro de la obra de su autor, lo cual pueden ser un conjunto de textos; otras veces, uno solo, breve o largo que cuestionan la tipicidad de su autor y propician una representatividad anómala.
Ocupémonos ya, aunque sea a grandes rasgos, del orden metodológico que estructura esta antología, la cual pasa la mecánica habitual de introducción, selección y notas sobre los autores, mecánica que conservan las más notables y contemporáneas de poesía norteamericana, inglesa y francesa: The Best of the Best American Poetry (1988-1997), introducción y selección de Harold Bloom; Poesía Inglesa Contemporánea, Antología Bilingüe, versiones, selección y prólogo de Antonio Cisneros, Barral, 1975; Antologie de la Poesie Francaise du XXe Siecle, de Paul Claudel a René Char, prefacio de Claude Roy, edición de Michel De Caudin (Gallimard, 1983). Julio Valle enriquece y reestructura el esquema metodológico al que me he referido. Veamos.
Esta antología es el fruto de una serie de introducciones, estudios y ediciones sobre la poesía nicaragüense que se remontan, quizá no expresamente, a la década de los setenta. Se inicia con una investigación sobre el Modernismo en Nicaragua, período poético oscurecido por la luminosa sombra de Darío mismo. En este sentido rescata y valoriza toda una generación coetánea y posterior a la generación del autor de Azul. Uno de los aspectos que distingue esta investigación es la preocupación histórica para el idóneo enmarcamiento del texto. Esta metodología, inaugurada en Poetas Modernistas de Nicaragua, se continúa en diversas versiones de prólogos a Poesías Completas, de Darío, donde reelabora y perfecciona su método socio-crítico. Nos referimos a los prólogos a las Poesías Completas, de Darío, para ediciones cubanas, ecuatoriana y la nicaragüense para la editorial Nueva Nicaragua en 1993. Esta visión crítica confirmada a través de trabajos posteriores, que incluye prólogos revalorativos, ordenamiento y recopilación sucesiva de la poesía de Manolo Cuadra, Luis Alberto Cabrales y Salomón de la Selva así como recopilaciones de la poética de Manolo Cuadra (El Gruñido de un Bárbaro) y Joaquín Pasos (Prosas de un Joven, 2 volúmenes).
Esta metodología socio-crítica es como puede apreciarse en los estudios que preceden no sólo a cada período histórico de nuestra poesía sino también a cada grupo generacional o fundador de tendencias poéticas enriquecida constantemente con rastreos de fuentes, hechos culturales importantes, ubicación de publicaciones periódicas que esclarecen e iluminan el quehacer literario. Hay también que señalar, por otra parte, que el dato erudito nos sorprende a cada momento así como el cúmulo de experiencias personales conservadas frescamente en la memoria del antólogo en su diversas andanzas, especialmente en lo relativo a su estancia mexicana al lado de su maestro Ernesto Mejía Sánchez. Erudición, gracia, experiencia personal se combinan para enriquecernos tanto los estudios que preceden a cada tendencia importante o grupal así como las notas mismas de los autores. A propósito de la presentación grupal que hace de los modernistas nicaragüenses, después de calificarlos como rebeldes, revolucionarios, visionarios y profetas, al padre Pallais, Solón y Santiago Argüello y Alfonso Cortés, nos transmite un vívido retrato y pincelazo ágil (que recuerda a otro poeta similar y moderno de la poesía norteamericana de ese tiempo: Vachel Lindsay ) de la poética de Anselmo Sequeira:
optó por la excentricidad, que enloqueció deliberadamente; limpio y estrafalario, se dejó crecer la melena y barba y sobrevivía como secretario o redactor de cartas de analfabetas y campesinos; respondió a su medio con una poesía pornográfica que vendía manuscrita en hojas sueltas. Personajes pintorescos cuando no bufones que encontraron en los cafés de las capitales y en las cantinas de las provincias lo que les negaba la sociedad (Vol. I, Pág. 40).
Esta gracia, más erudita que anecdótica, la pone en juego, tanto en sus ensayos-estudios grupales y generacionales como en las notas que preceden a cada poeta. Al final de la nota consagrada en Ángel Martínez Baigorri, nos precisa: De naturaleza enfermiza, padeciendo de úlcera estomacal, era frágil, esquelético, transparente y sus gestos, además, lo hacían parecer un árbol siempre a punto de cantar o alzar el vuelo en fidelidad a su nombre. Murió el 15 de agosto de 1971, coincidentemente con la fiesta de la Transfiguración, a las seis de la tarde, en el hospital El Retiro, de Managua. Está sepultado en la cripta de los jesuitas del Cementerio General de la capital de Nicaragua (Vol., II, Pág., 44).
La nota sobre el Padre Ángel es una buena muestra de esa combinación de erudición, sabiduría poética, conocimiento personal, afecto, que hace de esta antología algo vivencial y lejano de la nota fría académica que suele estereotipar este tipo de trabajos. Pero, además, las notas que acompañan a los ochenta poetas incluidos, traen siempre fechas precisas, datos, detalles que sobrepasan toda introspectiva biográfica, que harán las delicias tanto del investigador nacional o extranjero, al confrontar tal minucioso cúmulo sobre cada antologizado; y así, el desesperado estudiante al fin podrá, de una vez por todas, deslumbrar los conocimientos que faltan a su maestro de literatura. Confrontará algo más que una mera ficha bibliográfíca, pues Julio parece haber rastreado los detalles más íntimos de cada poeta, casi como un cura de pueblo que confesionalmente captura la vida secreta de cada uno de sus feligreses. Poetas poco conocidos, de obra casi menor pero con algún poema rescatable, incluidos por generosidad, con excusa grupal de pertenecer a la generación de los sesenta, como Luis Vega Miranda o Ciro Molina, tienen una nota admirable y llena de precisiones que revela los mismos detalles ostensibles que cualquier chico bien o aristócrata poeta atravesado en la famosa calle de Granada.
Hay que agregar que cada nota viene con una referencia bibliográfica, la que, aunque la mayoría de las veces no es completa, sobrepasa el fichaje de nuestros tradicionales textos antológicos. Hay ya una codificación básica para abordar la bibliografía de cada antologizado, poetas, por otra parte, que en su mayoría, son parte del canon de la poesía nicaragüense de un siglo (1880-1980).
Señaladas las cualidades eruditas de este amplio fresco de la poesía nicaragüense, así como la cadena de estudios que van cohesionando los textos antologizados a todo lo largo (y definitorio) de un siglo, señalemos la inclusión de uno de los procedimientos de la modernidad, procedimiento que Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho, así como otros creadores de nuestra modernidad poética, ha incorporado a su quehacer literario la traducción como proceso reescritural y renovador en tiempos de cambios.
A Goethe se le preguntó en cierto momento que cuál consideraba eran los mejores poemas alemanes de la época y se refirió a una antología de poesía europea traducida al alemán. Pound, específicamente, también señaló que los tiempos de grandes traducciones antecedían a florecientes épocas literarias. La admirable poesía norteamericana que eclosiona en los años veinte tales como la Tierra Baldía y los Cantos, surgieron apareados con un redescubrimiento de la poesía griega, latina, medieval y oriental. Las Escuelas o Movimientos de Vanguardia concentrados en París produjeron desde la lengua francesa, las acrobacias lingüísticas de los caligramas y la poesía espacial de Reverdy y de Huidobro mismo fecundando poesía europea, americana e hispanoamericana. La Vanguardia nicaragüense viene anunciada y respaldada por una época de grandes traducciones, realizadas en ese momento, tanto de la poesía norteamericana como francesa. Es más: sin traducción no se hubiera producido el movimiento de Vanguardia de Nicaragua con la intensidad que tuvo, que hizo de ella el único movimiento literario de Centroamérica que hacia 1930 nos abrió las puertas de la modernidad poética que ya Darío había entrevisto. Es un gran acierto que Julio haya incorporado gran parte de las traducciones que han hecho poetas nicaragüenses desde la Vanguardia a nuestros días, como aporte de la producción poética nuestra a la modernidad de la lengua. Y así, además de las señeras traducciones de la Vanguardia (las de Coronel Urtecho y Luis Alberto Cabrales principalmente) se incluyen textos reescriturales de Ángel Martínez Baigorri, Ernesto Gutiérrez, Mario Cajina Vega, Salvador Murillo y Fernando Silva, incluidos en el segundo volumen, o sea, el consagrado al período de Posvanguardia. En el Tercer volumen se incluyen traducciones de Michel Najlis, Pablo Centeno Gómez, Sergio Ramírez y Carlos Martínez Rivas, Roberto Cuadra, Rosario Murillo y Alejandro Bravo.
He afirmado que toda antología es, de algún modo, una propuesta canónica, siempre que muestre coherencia y puntos de vista críticos que justifiquen la selección realizada. Esa canonicidad, entonces, puede ser parcial, media o total. En lo relativo a la poesía nuestra, la antología del mismo Valle-Castillo sobre los modernistas nicaragüenses, es una propuesta que no ha sido superada, pues marca una clara línea de que alrededor del modelo y discurso poético dariano se cohesionó una poesía que tuvo como referente, en sus mejores momentos, la realidad inmediata y el paisaje nicaragüense, completando y superando la propuesta de Alberto Ortiz (Parnaso Nicaragüense, Barcelona, Editorial Maucci, 1921). Sin lugar a dudas, Darío desde su práctica poética y sus aportes teóricos, con las diversas expresiones que ese modernismo tuvo en Nicaragua, constituyen la fundación de nuestro Canon poético, en tanto que primer modelo básico e incuestionable: verdadera partida de nacimiento de nuestra modernidad poética.
Si nos hemos referido a propuestas parciales y totales de nuestra poesía, es para verificar la propuesta antológica canónica de El Siglo de la Poesía en Nicaragua. El espacio sobre el cual se erige la Antología de Valle-Casillo describe un ciclo incuestionable: Darío como centro del Modernismo nicaragüense. Y sobre este pedestal, con los modernistas alrededor haciendo coro, se levanta la pirámide poética (como torre de Babel verbal) del siglo XX, fortaleciéndose y haciendo temblar la base a cada movimiento nuevo o zancadilla peligrosa. Comprobar si la potente voz de Darío, así como su musicalidad, atraviesan y están presentes en los más importantes poemas del siglo es lo que el lector o crítico tiene que comprobar. Valle-Castillo nos ha puesto la poesía de siglo XX en bandeja, los invitados a degustarla somos nosotros. Sin lugar a dudas, Darío es perceptible en la voz de nuestros más grandes poetas: Alfonso Cortés y Salomón de la Selva. Habría que comprobar en qué medida Darío permeabiliza la parricida voz de los vanguardistas que hicieron temblar la pirámide para después restablecer el orden de nuevo. Habría que comprobar también en qué medida la poesía que surge en los años sesenta con la eclosión de grupos literarios, tales como la Generación Traicionada y Ventana, continúa o agota el programa del Movimiento de Vanguardia.
Sobre dos grandes bandas de transmisión viene y va la selección poética de Valle-Castillo: 1) la permanencia de la modernidad poética fundada por Darío 2) la soltura total de amarras, hasta lograr los más altos grados de prosificación, como consecuencia de los planteamientos teóricos y práctica escritural del Exteriorismo, desprendimiento perceptible de la línea de producción textual introducida por los vanguardistas, retomando la gran línea whitamaneana que incide en la modernidad de la poesía norteamericana. Hay, por otra parte una línea, dentro de esta prosificación, que se enriquece con la recepción amplia, que en los años sesenta, comenzó a tener la poesía de Jacques Prevert, y en alguna medida, también la de Blaise Cendrar.
Valle Castillo ha querido imprimir a su selección textual nuestra pluridad cultural, dándole su debido espacio a la poesía caribeña presente no sólo en las voces de Carlos Rigby y David Macfield sino también por el rescate de un poeta impregnado de esas tonalidades del Palo de Mayo: Santos Cermeño. Si bien hay muchas voces ausentes en esa propuesta canónica (Jorge Amadís Bolaños, Alfredo Alegría, José Santos Rivera, María Teresa Sánchez y otros) hay poetas que han ocupado por fin el amplio lugar que les correspondía, como es el caso de Eudoro Solís, Ángel Martínez Baigorri, un poeta que se plantó en esta tierra como una Ceiba. El tomo tercero (Grupo de los 60, independientes y poetas del 70 ) es el más amplio aporte que hace la Antología de Valle-Castillo para la construcción del Canon. Es amplio el panorama que nos presenta de la proliferación de grupos así como la inclusión de todos los que participaron activamente en ese rico momento de nuestro poesía: Frente Ventana, Generación Traicionada, grupo U, de Boaco, Bandoleros de Granada, Grupo Presencia. Es notable también el espacio concedido a un poeta como Roberto Cuadra, quien sin haber publicado libro, tiene una amplia obra dispersa. La resonancia de su poema Marzo, que desde otro ángulo constituye la denuncia de una sociedad que, enmascarada en la religión, se deleitaba en practicas frívolas e indolentes. Un poema, en el aspecto denunciatorio, mucho más intenso que los poemas de corte cursillista de Horacio Peña, que no agregan nada a la presencia e influencia de la poesía de Eliot en la poesía nicaragüense. El tono denunciatorio y de voz neutral (que transmitió Eliot en la Tierra Baldía y la Canción de Amor de J. Alfred Prufrock) lo consigue Cuadra en muchos de los poemas seleccionados. La inclusión de Julio Cabrales crea un suspenso en la propuesta canónica de la Generacion de los sesenta, que el lector podrá contemplar desde una nueva perspectiva. Desde luego que la poesía femenina de los setenta ocupa un considerable espacio, que ya desde los vaivenes literarios del sandinismo habíanle consagrado como signo lapidario para la Generación Traicionada.
En términos generales, el criterio o propuesta canónica de Valle Castillo es amplio, ya que incluye poetas que han publicado un solo poemario y que desde hace más de veinte años se han alejado de la práctica poética (Pablo Centeno Gómez, Luis Vega Miranda, Anastasio Lovo, Erick Blandón, Alejandro Bravo, Napoleón Fuentes). La constancia y renovación de cada poeta debió haber sido uno de los factores a tomarse en cuenta para esta propuesta canónica. Y en ese mismo sentido, poetas que han estado sobre el escenario verbal del texto no han sido incluidos. Pero ello no demerita esta recolección poética de un siglo, que por su riqueza de juicios críticos, amplitud en su selección, fichaje bibliográfico exhaustivo y acierto en presentarnos las tendencias que han predominado desde Darío hasta los años ochenta, constituye una muestra de perdurabilidad de nuestra excelencia poética: poesía que no ha cesado, en ninguno de sus periodos, de buscar y encontrar la mejor manera de renovarse, en la siempre dinámica tradición de la ruptura.