Cuando en la cabeza cocinaba las ideas para este artículos, pensaba en formular una dura crítica al Gobierno de Nicaragua por su peligroso silencio sobre un acontecimiento reciente muy importante.
Afortunadamente, la Cancillería emitió la noche del miércoles un comunicado sobre la situación del Líbano en un tono diplomático, bastante ajustado a lo que la débil posición internacional de Nicaragua puede permitir.
A pesar del avance de los Derechos Humanos, del respeto al Derecho Internacional , constatamos que el más fuerte sigue imponiendo su voluntad. En el siglo XXI, impera siempre la ley de la selva.
Supuestamente combatiendo contra el terrorismo, Israel bombardea indiscriminadamente objetivos, mata a niños, mujeres y ancianos, civiles ajenos al conflicto armado.
El más sangriento y espeluznante ejemplo fue el bombardeo de un edificio de viviendas en Qana, el domingo pasado. Supuestamente había lanzacohetes de la guerrilla chiíta Hezbolá disparando hacia Israel. Pero cuando cesó el ataque, los muertos, casi 60 personas, eran en su mayoría, niños.
Ninguna causa puede justificar semejantes actos, porque Qana no ha sido el único en este mes de guerra. Ni siquiera el combate al terrorismo o la promoción de la democracia. Mucho menos la sed de venganza por la barbarie del enemigo, o el objetivo de aniquilarlo o destruir su capacidad combativa.
Por su poder de fuego, ferocidad y salvajismo, muchas de las acciones de Israel en el Líbano y en los territorios palestinos superan la bestialidad con que los nazis suprimían los ghettos judíos o aplastaban alguna brava sublevación judía o de la resistencia en los países ocupados.
El mundo civilizado no puede hacerse de la vista gorda ante estos crímenes de guerra, pues lo de Qana es eso, de acuerdo al Derecho Internacional.
Callan las potencias aliadas de Israel, porque sus intereses geopolíticos y estratégicos así lo exigen, o por motivos de política interna. Unos callan por temor a poderosas y ricas comunidades judías en sus países. Otros lo hacen por simple cobardía moral.
El artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas reconoce “el derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un miembro de las Naciones Unidas”.
El Derecho Internacional estipula también que la respuesta a una agresión debe ser proporcional a ésta. Y la respuesta de Israel a la incursión de guerrilleros de Hezbolá que secuestraron a dos de sus soldados, es desproporcionada, como gobiernos y la prensa lo han señalado en Europa.
El conflicto entre Hezbolá e Israel es parte de uno mayor, el conflicto árabe-israelí o, más ampliamente, islámico-israelí.
Líbano es un Estado fracasado y débil. Por su proximidad con Israel, ha sido víctima de las injerencias políticas de Occidente, de la vecina Siria y de Irán, que aunque no es un país árabe, disputa la hegemonía del mundo islámico a Arabia Saudita, e influencia en Medio Oriente a Estados Unidos.
El Medio Oriente, la zona más rica en petróleo del mundo —y para utilizar los términos de la geopolítica que emplea, entre otros, Zbigniew Brzezinski—, es una parte crucial de Eurasia. En ese masivo de tierra se concentra la mayoría de los recursos mundiales. Quien controle Eurasia, controlará el mundo. Y eso tiene una relación fundamental con la seguridad nacional de EE.UU., escribió el ex consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter.
La guerrilla Hezbolá es un peón de Irán —nación chiíta, como los miembros de la milicia—, su principal benefactor, y de Damasco, la cual fue obligada a retirar a sus tropas bajo la presión internacional.
Hezbolá es una organización terrorista, como lo es el grupo palestino Hamas. Profesa un odio profundo a Israel y sirve al propósito estratégico iraní de destruir al Estado judío. En el sur del país, el Estado libanés no ejerce su autoridad.
Hezbolá es no solamente una guerrilla. Es todo un movimiento político y social con amplias redes de apoyo a la población —escuelas, hospitales, etc.— y de ahí su popularidad. Y además, logró la retirada de la ocupación israelí hace unos años.
Israel tiene todo el derecho a combatir a los terroristas sangrientos de Hezbolá —que lanza misiles a su territorio contra civiles, que es el mismo crimen de guerra—, a repeler las agresiones a su territorio. ¿Pero ese derecho le autoriza a bombardear la población civil libanesa, a matar a cientos de inocentes, a desplazar a un millón de personas y condenarlas al hambre?
Que se combate al terrorismo. Sí, pero no puede haber equivalencia moral entre los métodos de los terroristas y los de un Estado democrático.
Como nación débil y sin un Ejército poderoso, Nicaragua solamente puede defender sus derechos a través del Derecho Internacional y gracias a sus instituciones, como la Corte Internacional de Justicia. Como correctamente lo señala la Cancillería, debemos insistir en que sea respetado el Derecho Internacional Humanitario, que se respete la vida de civiles y las resoluciones de Naciones Unidas. Por todas las partes.