“La fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción continua de la gracia de Dios que llama y da la libertad humana que puede o no adherirse a ese llamado”.
(Benedicto XVI)
Hay gente que nos dice: “La fe es un asunto cultural… Si hubieras nacido en la India serías budista; si en Arabia, musulmán y si en la China comunista, seguramente no serías cristiano, sino ateo, comunista”.
La religión o fe cristiana se puede estudiar desde distintos aspectos y el aspecto sociológico es uno de ellos, por cierto muy interesante. Sin embargo, no es el único sentido ni el más importante, hemos de insistir y destacar. El más elemental de los catecismos nos enseña desde niños que “la fe es un don de Dios”.
Ver nuestra religión o fe únicamente como una herencia cultural nos puede inducir a no apreciarla como lo merece, incluso a desperdiciarla o despilfarrarla, como ocurre frecuentemente con la herencia de bienes materiales. Hemos conocido a personas que, como el hijo pródigo de la parábola evangélica, han caído en la miseria más deplorable precisamente por no apreciar debidamente la herencia recibida, habiendo hecho de ella en un verdadero acto de irresponsabilidad lo que les vino en ganas.
Cuando la fe se valora como una gracia se agradece, se cuida como el más bello tesoro, se vive y pide a Dios su aumento cada día.
Si sería otra cosa bajo otras circunstancias culturales o sociales no lo sé, gracias a Dios soy lo que soy, me siento feliz de ser cristiano y sí estoy seguro que la felicidad que disfruto dentro de la Iglesia Católica no la poseería estando afuera. ¡Sin la Eucaristía no sería tan feliz en esta vida!
El que mira la fe como una simple herencia familiar, sin tomar en cuenta la continua gracia de Dios que llama sin responder libremente en forma positiva a tal llamada, se pierde de experimentar la felicidad.