El líder peruano de izquierda democrática, Alan García, tomó posesión ayer de la Presidencia de la República de Perú para un segundo mandato, pues ya había gobernado en el período de 1985 a 1990.
Alan García es líder de uno de los partidos de izquierda democrática más antiguos de América Latina: Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), que fue fundado en 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre con el propósito de ofrecer una alternativa socialista, pero democrática, ante el avance del comunismo totalitario que se expandía desde la Unión Soviética de Lenin y Stalin.
Cuando gobernó en los años de 1985 a 1990, Alan García hundió al Perú en una de las peores crisis económicas de su historia. García aplicó una política económica populista que tuvo consecuencias desastrosas para el país, al extremo de que cuando entregó el poder el Perú sufría una hiperinflación de 7,600 por ciento y se había convertido en un país paria internacional, como consecuencia de la irracional decisión política de negarse a reconocer la deuda internacional y la deuda pública interna. El Perú fue declarado por la comunidad internacional, como un país inelegible para obtener créditos externos y no merecedor de confianza para cualquier otra clase de negocios, mientras que la mayoría del pueblo peruano se hundió más hondo en la pobreza y quedó a merced de la violencia terrorista de la agrupación comunista Sendero Luminoso.
Sin embargo, Alan García respetó durante su gobierno el sistema político republicano y democrático, así como las libertades públicas e individuales de los peruanos. En cambio Ollanta Humala amenazó con imponer un régimen no sólo populista en lo económico sino también políticamente antidemocrático. De manera que con la elección de García el pueblo peruano escogió el mal menor.
En realidad, el triunfo electoral de Alan García fue posible porque la candidata de centro-derecha, Lourdes Flores, una persona solventemente democrática, honesta y políticamente muy responsable, fue derrotada en la primera ronda electoral debido al daño que le causó el sambenito de campaña electoral que le impusieron sus adversarios, de que era “la candidata de los ricos”. De modo que en la segunda vuelta electoral a los ciudadanos peruanos no les quedó más remedio que escoger entre dos corrientes de izquierda: una extremista y la otra moderada, prefiriendo esta última a pesar de los negativos antecedentes gubernamentales de Alan García en materia de política económica, pero con la certeza de que peor sería la situación del país con un régimen extremista presidido por Ollanta Humala.
Quienes votaron obligadamente por el mal menor en la segunda ronda electoral, tienen ahora la esperanza en que Alan García aprovechará su propia experiencia negativa para en esta segunda oportunidad gobernar con responsabilidad, sin afectar la estabilidad macroeconómica del país con disparates populistas y sin atropellar el Estado de Derecho y el sistema democrático de libertades individuales. En realidad, el desarrollo de la economía libre de mercado, el aprovechamiento del crecimiento económico en beneficio de las mayorías, la promoción de la justicia social y la aplicación de estrategias efectivas para la reducción para la pobreza que actualmente afecta a casi el cincuenta por ciento de la población peruana, no son ni deben ser incompatibles con el respeto a la democracia y las libertades individuales.
El triunfo electoral y la asunción presidencial de Alan García ha hecho regresar a los inversionistas peruanos y extranjeros, la confianza que había desaparecido cuando todo parecía indicar que el extremista de izquierda Ollanta Humala se alzaría con la victoria electoral; así como está desapareciendo aquí esa confianza ante la ominosa posibilidad de que Daniel Ortega —quien es el Ollanta Humala, Hugo Chávez, Evo Morales y Fidel Castro de Nicaragua—, pudiera triunfar en la elección presidencial del próximo 5 de noviembre.
En este contexto, el triunfo electoral y la instalación del nuevo gobierno de Alan García en el Perú, representa un claro ejemplo de que el avance de la izquierda en América Latina no necesariamente tiene que conducir al establecimiento de regímenes totalitarios y autoritarios — tipo Fidel Castro, Hugo Chávez y Daniel Ortega—, sino que también existen alternativas de izquierda moderadas y democráticas, como lo han demostrado las experiencias de Brasil, Chile y Uruguay; y ahora la peruana.