Una de las peores cosas que se predican en la actualidad es el desprecio por el pasado. “Descarta las historias antiguas —se dice—, no asumas la responsabilidad de los errores y fracasos de los que te han precedido. Puedes comenzar desde cero”.
Pero esto es sencillamente imposible. Sin el pasado no sabemos quiénes somos, por qué estamos en este punto específico, ni hacia dónde vamos. Divorciados del pasado estamos indefensos y expuestos a tropezar en las mismas piedras en las que tropezaron quienes nos precedieron o tropezamos nosotros mismos. La falta de memoria nos incapacita para desarrollar estrategias de supervivencia ante los diversos retos de la vida. Es imperativo analizar las cosas en perspectiva histórica.
No es que de algún modo estemos atrapados en el pasado o determinados absolutamente por él. Pero una buena parte de lo que somos hoy tiene su explicación en el ayer: El color de la piel, ojos y cabello; las expectativas y creencias; el estatus social y económico y la afiliación partidista o la simpatía política, son cosas que, en primera instancia, heredamos de alguien más. Alasdair MacIntyre lo resume así: “La identidad de uno siempre está enraizada en una historia o tradición particular”.
¿Por qué hay jóvenes hoy que son sandinistas o liberales? En parte, porque sus padres lo son o lo fueron. Lo que es cierto de la historia de los individuos lo es también de la historia de las naciones. La situación política y económica en que vive nuestro país tiene su explicación en el pasado.
¿Por qué Nicaragua es la segunda nación más pobre de América Latina? ¿Por qué Costa Rica nos supera con creces y es tan atractiva para muchos nicaragüenses cuando hace sólo 30 años era todo lo contrario? Porque a través de su historia, Nicaragua ha sido asaltada por políticos que han hecho de la corrupción su escudo de identidad. Porque los regímenes autoritarios han antepuesto sus intereses partidarios a los de la nación. Porque en aras de satisfacer el vulgar interés de hacerse rico con el erario y de favorecer a los familiares y a la camarilla que les acompaña, los gobernantes se olvidan de sus promesas de candidatos. Porque, en consecuencia, nadie ha estructurado un plan de gobierno coherente, futurista, ambicioso, inclusivo, que haga posible un salto cualitativo de la economía nacional. Porque la ambición y la codicia han sido el motor de guerras fratricidas que hacen retroceder al país veinte o treinta años. Porque la educación de la ciudadanía, la atención a su salud y programas encaminados a la eliminación de la pobreza siempre se quedan fuera de la agenda de quienes pueden hacer una diferencia. Porque en sus “estira y encoge” los políticos llevan al país con demasiada frecuencia al borde del abismo y de la anarquía.
El bipartidismo (liberales y conservadores ayer; sandinistas y liberales hoy) ha practicado pactos que son presentados como instrumentos de reconciliación nacional y estabilidad política, pero que en realidad son para favorecer la continuidad y el círculo vicioso del caudillismo y la corrupción. Aunque esté bien enraizado en el pasado y sea propugnado por los partidos tradicionales, el bipartidismo no es el camino hacia el fortalecimiento de la democracia sin la cual no puede haber un desarrollo sostenible. La razón es que el bipartidismo favorece el caudillismo, otro mal del pasado que sigue dañando el país porque sobredimensiona la importancia de un solo individuo, el cual se presenta como imprescindible e infalible y porque, además, favorece las componendas y la repartición de los poderes del Estado y de las instituciones.
El FSLN y el PLC son ejemplos clarísimos de partidos controlados por caudillos que se niegan a hacerse a un lado para que gente fresca tenga la oportunidad de poner fin a los círculos viciosos. Enquistados como tumores que se protegen para no ser extirpados, los caudillos se rodean de un círculo de hierro compuesto por incondicionales que piensan solamente en su propio bienestar. Hay que terminar con este y otros males del pasado para evitar que la historia se repita.
La buena noticia es que ahora los nicaragüenses tienen en sus manos la oportunidad de cambiar el rumbo del país. Armados de la memoria histórica se puede construir un futuro mejor y diferente a partir de las elecciones de noviembre próximo.