- Floyd Landis, el nuevo rey del Tour de Francia
París/Afp
Su educación en una familia menonita dio al estadounidense Floyd Landis, que ayer ganó el Tour de Francia, la carrera ciclista más prestigiosa del mundo, un desapego raro en un deportista de alto nivel.
Con un humor a flor de piel, no es alguien que sea fácil de desestabilizar.
Una sola vez durante las tres semanas de carrera, el público pudo verle rabioso, apretando el puño a la llegada a Morzine, cuando acababa de realizar una hazaña mayúscula tras 130 km de escapada en montaña.
El resto del tiempo, el treintañero nacido el 14 de octubre de 1975 siempre ha mostrado una sonrisa un poco enigmática tras su rubia barba de tres días y unos ojos maliciosos ocultos por unas grandes gafas de sol estilo años 70.
Landis sabe lo que quiere. Incluso es uno de los motivos de sus relaciones algo difíciles con Lance Armstrong, el hombre que sin embargo cambió el curso de su carrera.
La anécdota es ya legendaria. El texano se enteró de que su nuevo compañero de equipo se fue a tomar un café con David Zabriskie en una terraza de Girona, España, donde estaba la colonia estadounidense, en lugar de entrenar. Al día siguiente se lo llevó a correr en serio para darle a entender el rigor del ciclismo.
Landis llegó al US Postal a finales de 2001, tras pasar unos meses muy malos en el equipo Mercury, que le llevaron incluso a dudar de su futuro y a considerar la posibilidad de dejar la bicicleta.
Durante tres años, ayudó a su jefe de filas, descubrió los entresijos de la victoria. Y terminó por marcharse, como tantos otros (Hamilton, Livingston, Heras, etc), que se quedarán muy lejos de conocer su éxito en el Tour.
“Espero que mi vida no cambie. Soy feliz así”, afirmó Landis en vísperas de su victoria, en paz consigo mismo y con su familia, tras la rebelión adolescente cuando intentó emanciparse.
“Tengo unos padres maravillosos”, dice el ganador del Tour, que creció en una granja de Pensilvania, en una familia religiosa apartada de la modernidad, sin televisión ni radio ni computadoras, empeñada en llevar una vida sencilla y sana. “La idea es intentar ser feliz y ocuparse los unos de los otros”, explica.
Perplejos ante la afición del joven Floyd, el segundo de seis hermanos, a sus padres les costó admitir su elección de convertirse en ciclista profesional, mucho después de que se subiera a su primera bicicleta de verdad a los 15 ó 16 años.
Landis reconoció no hace mucho que durante mucho tiempo tuvo dudas. Se preguntaba si había hecho bien al abandonar la comunidad. “Durante algunos años, nuestras relaciones fueron complicadas”, confiesa.
Ahora, una vez al año, regresa a Lancaster, Pensilvania, durante dos semanas. “En medio de la nada”, como dicen su hermano y sus hermanas, que según él “parecen felices”.