Danielito Pineda declama la Oda a Roosevelt. ()

Danielito Pineda reclama récord por sus 498 trenos

Nos recibió con una salida de baño. Pero no como la que usan los políticos cuando justifican alguna promesa incumplida, sino en legítima “salida de baño”, es decir ataviado con una bata color de tiempo, posiblemente había sido verde cuando habían temporadas de estrenos, más ahora se ve de un ceniciento ignoto, como muda de […]

  • Nos recibió con una salida de baño. Pero no como la que usan los políticos cuando justifican alguna promesa incumplida, sino en legítima “salida de baño”, es decir ataviado con una bata color de tiempo, posiblemente había sido verde cuando habían temporadas de estrenos, más ahora se ve de un ceniciento ignoto, como muda de vetusta culebra
[doap_box title=»Con el poeta Alfonso Cortés» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Una vez fui al Hospital Psiquiátrico a buscar al doctor Fletes, al entrar, al lado derecho vi una celda y dentro de ella estaba un señor vestido de blanco, con su corbata, su barbita y cabellos blancos. “¿Conocés a ese hombre?”, me preguntó el doctor Fletes. Sí, le dije, lo he visto en fotografías de periódicos, es Alfonso Cortés.

Yo andaba varios paquetes de papas fritas y le pedí al doctor que me abriera la celda para darle al señor, pero el guarda dijo: “Ese señor es muy bravo, lo menos que te vas a sacar es un insulto”. Al oír esto el poeta replicó: “¿Por qué voy a insultar a una persona que me viene a ver, hijo de puta? Yo no estoy loco, los locos son ustedes”.

Me ofreció su silla y él se sentó en la cama. Me quedó viendo fijamente y como yo andaba de anteojos oscuros pensé, “ésta ha de estar planeando darme un pijazo”. Pero no, me preguntó de dónde era, le dije de Jinotega. Y comenzamos a hablar de poesía, de Azarías H. Pallais y de Jinotega. De pronto me dijo: “Quítese las gafas”, yo lo hice y él me quedó viendo a los ojos. “Hijo —me dice—, tu tienes las musas darianas, ese lucero algún día te lo van a descubrir”. Yo me levanté para despedirme y él me tomó con sus manos la cabeza y me dio un beso en la frente. Eso ocurrió en 1967.

Me parece que en ese mismo año murió. De casualidad yo estaba en León en mis actividades comerciales, andaba por la Catedral cuando escuché los dobles, vi al doctor Edgardo Buitrago y le pregunté: ¿De quién es el entierro? De Alfonso Cortés, me respondió compungido.

Entré al templo y me arrodillé ante el féretro, puse las manos sobre el ataúd y deposité un beso sobre la caja. Ese era mi homenaje al poeta, por Jinotega. Esa es una anécdota que yo cuento aquí y que algunos dicen que es mentira. Yo no tengo por qué mentir, el poeta que miente no sirve para nada.

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“Jo, jo, jo, jo, qué alegría verte hermano Mario”, proclamó exultante. Por un instante me pareció un Moisés feliz en sotana de empeño (sin esa cara de jocote guaturco como lo pintan). Abrió Danielito sus largos brazos para darme un abrazo y hasta esa hora se dio cuenta que la “salida” no estaba abotonada. Por fortuna no habían ojos indiscretos que miraran el calzoncillo a rayas. ¡Ah las cosas locas de este Daniel Pineda Mangas!

Fiel a la tradición y al modo de ser jinotegano, nos ofrece café con rosquillas y tras las formas caprichosas del humo aromático que brota de las tazas, comenzamos una plática casi unilateral, que emana de Danielito. Tiene mucho que contar después de cuatro años transcurridos desde nuestra primera entrevista.

En operación “milagro”

“Estoy estrenando ojos”, dice y es porque acaba de ser operado de cataratas en Cuba. “Fui tratado con una indescriptible amabilidad por los cubanos, y como era el único poeta, declamador y orador que andaba en el grupo, me tocó hablar y agradecer en varios eventos fraternos que ellos nos ofrecieron.

“Denuncié en mis discursos el armamentismo irracional que provoca los crímenes más salvajes y determina que vivamos en tensión ante el horror de una guerra nuclear. Clamé a todos los seres pensantes a oponernos a ese sistema que está asesinando a la humanidad y que nos lleva al caos final.

“Reclamé por los derechos humanos, esencialmente por el derecho a la vida que se viola, incluso, con las decisiones inocuas de la ONU, amarrada al carro de guerra del imperio. Hablé como un hijo de Sandino y de Bolívar que también admira a Jorge Washington, Abraham Lincoln y a Walt Whitman, poeta soñador como nuestro gran Rubén Darío que en su Oda a Roosevelt se alzó con voz profética contra los desmanes del águila calva norteamericana”.

Poeta irredento, Danielito Pineda es capaz de tejer felices fantasías del ensueño más triste. Su cerebro siempre está efervescente como el champán cuyas burbujas ascienden cual preciosas y diminutas perlas por el cristal, para transformarse ya en la superficie en explosiones emocionales, espirituales, estéticas de su intensa vida interior.

Reclama marca mundial

Este jinotegano singular tiene por costumbre piadosa asistir a todos los cementerios jinoteganos para despedir con emotivos discursos a los difuntos. Hace cuatro años Danielito contabilizaba 478, hoy llega a los 498. “Te quiero pedir un favor, que llames a los Guinness Récord para que me vengan a entrevistar, pues reclamo para mí la marca mundial de discursos fúnebres. Que vengan y entrevisten a los jinoteganos para que constaten que no soy un mentiroso.

¿Cuándo nace tu costumbre de emitir esos trenos?

Fue hace muchos años en los funerales de una mi tía. No había quién hablara y se me acercó el doctor Alfonso López Pineda, un hombre muy instruido y con fama de literato, “Usted tiene que despedir a esa dama, que es su tía”, me dice, Pero si yo nunca he hablado en público, le digo. “Hable, me dice, no le queda de otra porque yo lo voy a presentar ante la concurrencia”. Hablé haciendo de tripas corazón… ¿Sabe quién venía en el entierro? Pues nada menos que el doctor René Schick Gutiérrez, que era Ministro de Educación.

Como no hallaba de qué hablar recordé que la difunta era prima de mi abuela que estaba emparentada con el general Patricio Centeno, héroe de San Jacinto. Hable pues de este señor que siendo un hombre rico, de vida cómoda, se enroló en el Ejército del Norte del general Tomás Martínez para pelear contra Walter.

Hazaña del general Centeno

Como los filibusteros querían apoderarse del río Coco, Martínez logró enrolar a 850 hombres que distribuyó en puntos estratégicos, pero de ellos tomó 150 y los puso bajo el mando de Centeno con la intención de ayudar al general José Dolores Estrada, quien estaba en la Hacienda San Jacinto.

Cuando Centeno llegó con sus hombres de a pie y de a caballo, el general Estrada estaba enfermo, con artritis degenerativa, acostado en una cama. Centeno se reunió con los oficiales y le pidió a Estrada que le permitiera integrar avanzadillas estratégicas previendo el ataque de los filibusteros. Estrada cayó en una situación de indecisión, no decía ni sí ni no. Centeno tomó la iniciativa y con los hombres que trajo de Jinotega integró las avanzadillas. Como a medio kilómetro ocultó sus caballos, los famosos caballos que en plena batalla ordenó espantar hacia la hacienda y que ocasionaron la desbandada de los filibusteros al pensar que llegaban refuerzos. Centeno los persiguió con sus hombres y los fue colgando en los árboles de la montaña.

Esa historia la cuenta Luis Alberto Cabrales que desvirtúa toda la heroicidad que se le atribuye a Estrada y coincide con lo que me estás diciendo.

De no ser por el Centeno, a saber qué habría sido de esa batalla. Centeno no se le rebeló a Estrada, sino que al tomar la decisión de las avanzadillas le dijo a Estrada: “Coronel, si gano con esa estrategia que la historia me salve, si obtengo una derrota ahí nomás fusíleme”. En su informe oficial Estrada no menciona la acción de Centeno, él se atribuye toda la gloria. Fue un hombre orgulloso, vanidoso y mentiroso.

Listo para despedirse

¿Qué puedes decirme de tu Jinotega de ayer y la de hoy?

Yo nací aquí en 1937. Este era un pueblo pacífico y bonito, ahora no sirve. Las calles eran empedradas, el parque era diferente, con muros, con bellos palos de mangos que saboreaban la gente de ese tiempo, pero vino un comandante que con la venia del alcalde de ese tiempo, que se llamaba Augusto López, los derribó. Dijeron que lo hacían en pro del adelanto.

Aquí muchos me han vilipendiado. No me toman en cuenta para nada. Allá en Cuba preguntaron por nuestra cultura y uno de Masaya salió bailando la palomita y el zanatillo, bonito eso pero nada más. Yo escribí para ese efecto un poema en prosa y lo leí. Todo mundo se quedó asombrado y vino un cubano, me abrazó y me dice: “Francamente chico, vos sos un intelectualísimo y tus versos se parecen mucho a los de José Martí. De todas esas cosas te voy a decir que me siento con un agradecimiento perpetuo para Cuba y su gobierno. Porque en éste nuestro país puede quedarse ciego todo mundo y eso le importa un bledo a Enrique Bolaños, para él es mejor que todo el mundo se quede ciego e ignorante.

¿Cómo transcurre ahora tu vida Danielito?… ¿Cómo te ganas el sustento?

No me lo gano hermano, porque soy renco. Mi vida se ha tornado monótona, salgo a las calles, medio chiflo, porque ya estoy hasta sin dientes, platico con todo mundo y me siento orgulloso porque todo el mundo me quiere. Hace cuatro años murió mi mamá y te cuento que cuando le dije que vos me habías hecho una entrevista te dejó una bendición.

Pero… Que no se me pierda el hilo… Cuando salgo a las calles visito a mis amigos, entre ellos al doctor Rufo Malespín Cervantes, construyo largas pláticas con el doctor Oscar López Zelaya. No soy retraído, yo soy amable pero vos sabés que cuando uno queda en la calle todo el mundo le vuelve la espalda.

¿Has pensado ya quién va a dar el discurso en tus funerales?

Sí, yo mismo.

¿Y eso, cómo?

Grabado, ya lo tendré grabado. No sé mi familia, pero yo quiero ser enterrado en San Rafael del Norte, junto a don Santos Rivera, el padre del profesor José Santos Rivera. El papá del profesor Santos Rivera, que era muy amigo de mi casa, era melancólico, triste y llorón.

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