Ericka en su casita de Ciudad Jardín. (LA PRENSA/ M. MATUTE. )

Ericka Krüger iluminó época de oro de la radiodifusión

Fueron los artistas de la radio de mediados del siglo pasado los que inspiraron los sueños diurnos y nocturnos de los nicaragüenses de aquella época, que se identificaron con los personajes de los dramas y novelas que escuchaban en sus receptores. Esas voces despertaron y desarrollaron la imaginación de nuestra gente junto con gratos valores […]

  • Fueron los artistas de la radio de mediados del siglo pasado los que inspiraron los sueños diurnos y nocturnos de los nicaragüenses de aquella época, que se identificaron con los personajes de los dramas y novelas que escuchaban en sus receptores. Esas voces despertaron y desarrollaron la imaginación de nuestra gente junto con gratos valores de cariño, solidaridad, romanticismo, sentimentalismo y por qué no, aversión contra los villanos de las ondas hertzianas
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¿En qué barrio de Managua vivieron?

“Mi padre, Alfredo Krüger, vino de Alemania a principios del siglo pasado para hacerse cargo del manejo de la imprenta de don Carlos Hugberger, dueño de la Librería y Editorial Alemana, que operaba en Managua”, relata Ericka Krüger.

Ocurrió que por ahí pasaba todos los días, rumbo a la Escuela de Señoritas, la Sarita del Carmen Urroz y él se ponía en la puerta para verla pasar. De la pasadera y de los adioses nació el amor. Él la pidió en matrimonio, pero la familia de ella no cedió hasta que por medio del cónsul en Alemania recibió información fidedigna del “Romeo de la puerta”.

“La madre de mi papá era pianista de conservatorio y mi padre tocaba muy bien el violín. Mi madre era de la familia de los Urroz, músicos notables de la Vieja Managua. Ellos tuvieron seis hijos, Alfredo, Ernesto, Erving (el autor de Barrio de Pescadores), Ericka, Carlos e Ida”.

“Como mi única hermana nació cuando yo tenía seis años, me crié entre varones. No me gustaban las muñecas y en cambio jugaba trompo, chibolas, omblígate, beisbol y hasta me encantaba boxear con mis hermanos. Debió ser difícil para mi mamá domarme y aunque mi papá le decía ‘castigá a esa niña’, ella nunca me tocó. Por eso creo que fui feliz”.

Vivíamos del Margot a la esquina abajo, en una casa muy grande donde después se instaló un colegio. En ese sector vivían las familias Bengochea, la de don Carlos Hurtado, el doctor Roberto González, doña Margarita de Rodríguez Blen, doña Goyita Vélez, hermana o tía de don Adán Vélez y Miguel Vélez, que eran coroneles de aquella época, y la familia de don Pablo Leal.

“Yo nací en León porque la Curia Arzobispal de esa metrópoli le ofreció a mi padre la dirección de una imprenta. Regresamos a Managua en 1929, los dos primeros hijos de mi mamá nacieron en Managua, otros dos, Irving y Ericka en León, y Carlos e Ida cuando volvimos a instalarnos en la capital”.

“Aquí nos cogió el terremoto, vivíamos en la casa cercana al Margot, puesto que su dueña, una señora era muy rica, le pidió a mi mamá que se viniera a acompañarla, ya mi mamá había enviudado en ese tiempo”.

“Para mantener a sus seis hijos mi madre hacía bordados bellísimos y ajuares de novia, después la nombraron directora de un colegio donde estuvo por muchos años. Yo me casé a los 17 años. No me fue bien, me divorcié y me volví a casar con el profesor Carlos Ramírez Alvarado con el que tuve cuatro hermosos hijos”.

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La magia de la radio, manejada por inteligencias notables, obligaba al oyente a configurar en la mente lo que no podía ver. A través de una narración impecable, de efectos sonoros admirables y la actuación genial de los artistas, se suplían todos los elementos invisibles como eran, época, ambiente, paisaje, situación local inmediata y, esencialmente, personalidad y sentimientos de los personajes.

La llegada de la televisión, que ofrece todos los elementos del mensaje dramático (paisaje, movimiento, sonido, dimensión, actuación, intimidad y más), despojó de imaginación al nica. ¿Para que imaginar si en esa pantalla está todo? La radio cedió su terreno sin pelear, se volvió noticiosa en algunos casos, y en otros, los más, una pobre roconola repleta de discos que repiten día y noche la misma “música” deforme.

En estas cosas reflexionaba al saber que Ericka Krüger me esperaba para hablar de aquel tiempo de esplendor, cuando imaginábamos que éramos parte de un grupo que todas las noches nos reuníamos en un lugar determinado para que un personaje siniestro nos guiara por los antros de tortura del Castillo Maldito mientras nos narraba un cuento espeluznante sobre seres deformes, espectros diabólicos y muertos con vida.

CRÍMENES DEL “MONJE LOCO”

“No me acuerdo de ese Castillo Maldito, pero sí del ‘Monje Loco’ donde yo era figura estelar del elenco”, dice con su dulce voz Ericka. “El ‘Monje Loco’ era un criminal en serie como lo fue ‘Jack el Destripador’. Acostumbraba salir por las noches en busca de mujeres fáciles que llevaba a su casa para estrangularlas. Su obsesión era una bella mujer de ojos verdes que lo había abandonado. Por ella se hizo religioso, de inmensa caridad de día, pero criminal sádico y satánico de noche”.

Después de tantos años sin conocerla —sólo en fotografías—, vuelvo a identificar la voz dulce, clara, armoniosa, de Ericka Krüger. La bella jovencita cuyo perfecto perfil aparecía en las carteleras radiales, ahora es una dulce señora de tez blanca, cabellos castaños con algunas hebras de plata, ojos celestes, sonrisa fácil y exquisitos modales.

¿Cómo nace su afición por la radio?

A principios de los años cuarenta vivíamos frente a La Voz de la América Central, pegado a nosotros en la siguiente casa vivía Polito Rosales, locutor de planta de esa emisora y con quien teníamos muy buena amistad. Más allá vivía don Mamerto Martínez Vásquez, artista español que se radicó en Managua. A mi madre le gustaba tomar café y como Mamerto era adicto a esa infusión, una tarde no resistió el aroma que salía de la casa, se cruzó la calle y le dijo a mi madre: “Doña Sarita, por favor, me está matando con ese olor, regáleme una taza de café”. Desde entonces fue fiel amigo nuestro y de nuestro café.

Una vez don Mamerto, que ya era un hombre bastante mayor, me dijo: “Ericka, yo necesito una persona que trabaje conmigo en El Monje Loco y tú eres la voz que yo necesito”. Yo era muy tímida y me excusé, pero él me ofreció pagar bien. “No tengas miedo”, insistió. Así que de pronto me encontré actuando ante el micrófono, luego vinieron otros programas, incluso uno del Tío Popo y ya comencé a figurar en el elenco de La Voz de la América Central junto con otras jóvenes promesas que se desenvolvían en un ambiente muy agradable.

DON JUAN DEL 2 DE NOVIEMBRE

“Pronto trabajé en asuntos más serios como el Don Juan Tenorio que religiosamente presentábamos el dos de noviembre con Zela Lacayo en el papel de Doña Inés. Sin embargo una vez, no sé por qué motivo, ella no quiso hacer ese trabajo y me llamaron a mí. Era por la noche y yo lo hice. Considero que nunca fui actriz primerísima, pero siempre estuve presente en las mejores obras”.

¿Qué recompensas gratas tuvo en ese trajín?

Después de estar en La Voz de la América Central pasé a La Voz de Nicaragua donde trabajé 14 años como locutora y como artista, ahí estaban a mi lado Esperanza Román y Sofía Montiel. El propietario de esa emisora, doctor Juan Velásquez Prieto, montó el género de obras clásicas, participé en novelas muy buenas como Rebeca, Que el cielo la juzgue y Cumbres Borrascosas, radioteatro mayor que tuvo mucha aceptación.

¿Cuál de esas estrellas de renombre que me menciona la dejó más impresionaba?

Para mí la que mejor actuaba y tenía una voz preciosa era Zela Lacayo. Por ese mismo tiempo comencé a trabajar en el cuadro de Radio Mundial, pero transcurrido un tiempo el dueño de esa emisora nos pidió exclusividad. Como yo trabajaba como locutora en La Voz de Nicaragua decidí seguir ahí y dejé La Mundial.

EN EL DOLOR DE SER POBRE

¿Qué papeles realizó en Radio Mundial?

Hice una popular radionovela llamada El dolor de ser pobre, donde Esperanza Román llevaba el papel principal. Yo desempeñaba el de la señoritinga orgullosa, novia del nieto de una anciana millonaria. Esperanza representaba a la hija de un profesor muy pobre y paralítico; ella, que estaba en la universidad, abandona su carrera para trabajar y mantener a su padre. Encuentra trabajo de dama de compañía de la anciana millonaria. En esa novela yo era la que hostigaba a la muchacha al ver que con sus cuidos se ganaba la voluntad de la anciana.

Esa ojeriza se transforma en odio cuando la señoritinga presiente que su novio se está enamorando de la dama de compañía, es entonces que la hace sufrir humillaciones terribles, que sufre con paciencia por el simple hecho de ser pobre y necesitar el trabajo.

Esa radionovela fue un éxito rotundo, a las siete de la noche toda Nicaragua estaba pegada a sus aparatos de radio para llorar junto con la muchacha pobre. Llegó a tal punto el fenómeno de identificación que una tarde llegó en carrera uno de los empleados de La Mundial y me dijo “Doña Ericka, no salga porque ahí afuera están unas mujeres que quieren conocer a la que humilla a la dama de compañía, para insultarla”. Tuve que estar una hora dentro de la radio esperando que las mujeres se fueran.

“…Y YA NUNCA MÁS VOLVÍ”

¿Fueron esos, doña Ericka, los mejores años de su vida?

Yo creo que sí porque gozaba haciendo mi trabajo. Los capítulos de las novelas eran grabados en vivo. Teníamos que actuar y leer muy bien al mismo tiempo. Las equivocaciones eran graves ya que por culpa de una persona teníamos que repetir, volver atrás y eso era visto con malos ojos por los compañeros que deseaban terminar pronto para ir a descansar.

¿Después de esa época de esplendor qué pasó con Ericka Krüger?

Con la muerte del doctor Juan Velásquez Prieto se cerró La Voz de Nicaragua, yo me fui a trabajar a Estación X copiando escritos y haciendo papeles secundarios. En ese trabajo de copiado salía adolorida de mis manos, porque teníamos que darle fuerte a las teclas de la máquina para sacar cinco copias de un solo viaje.

En La Voz de Nicaragua fui programadora, locutora, artista de radio y presentadora del programa musical con la orquesta del maestro Raúl Traña Ocampo. Ahí trabajó también el profesor Sandoval (Julio César) con pequeños programas patrocinados por las Píldoras de Vida del doctor Ross y la Leche de Magnesia Phillips. Yo hacía las presentaciones.

¿Por qué abandonó ese ambiente?

Me ofrecieron y acepté un trabajo en el archivo de la Empresa Aguadora de Managua. Ahí trabajé 23 años y me jubilé a la edad de 67.

¿Ya no regresó a la radio?

Ya nunca volví.

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