Y Te Diré Quién Eres

(Fragmento de novela) I En Managua, a las doce meridiano en punto, el calor sube hasta el delirio y la gente camina como si acabaran de llegar al Infierno. No es exageración decir que se puede freír un huevo en el asfalto. Managua es un comal sobre brasas. El lago hierve. Pero la curiosidad era […]

(Fragmento de novela)

I

En Managua, a las doce meridiano en punto, el calor sube hasta el delirio y la gente camina como si acabaran de llegar al Infierno.

No es exageración decir que se puede freír un huevo en el asfalto.

Managua es un comal sobre brasas.

El lago hierve.

Pero la curiosidad era más fuerte que el calor:

la gente se aglomeraba como si de una fiesta patronal se tratara.

Los primeros vendedores de agua helada habían surgido de quién sabe dónde.

Cuando la Policía llegó a la quinta El Embeleso, encontró gran cantidad de mirones. Pero del miedo ninguno se atrevía a entrar. Alguien había dicho que algún malandrín podía estar escondido, herido, dispuesto a llevarse a uno o dos por delante, o tal vez el terreno esté minado, nunca se sabe, lo mejor es tener cuidado, no vaya a ser, decían los más exagerados. Lo primero que hizo la Policía fue apartar a la gente. Casi pisándole los talones llegaron los periodistas del Divino Diario. Venían Parménides Aguilar, osado reportero, Zapatitos Baby, famoso por las impactantes fotos logradas, y un conductor.

Apenas hubo llegado el pequeño Samurai, el fotógrafo se escondió el teléfono celular con cámara integrada, mientras la cámara profesional le colgaba del cuello. El reportero avanzó entre la multitud tratando de localizar un rostro vivaz que le pudiera contar lo sucedido, pero no lo encontró. Entonces se dirigió al que parecía ser el jefe de los policías:

— Mi capitán, soy Parménides Aguilar, periodista del Divino Diario, le dijo, mientras le mostraba sus credenciales, ¿sabe usted lo que pasó? El Capitán, al ver la credencial que pendía a medio estómago, lo reconoció y el amargo sabor subió de nuevo hasta la boca; sin embargo, trató de ser lo más caballeroso que podía (por aquello de que era un policía profesional) mientras el periodista permanecía indiferente.

— Mire, recién estamos arribando a la escena de los acontecimientos criminales, por lo que es muy prematuro tratar de estructurar una hipótesis alrededor de lo que parece ser una masacre, o sea, una pasada de cuentas. A simple vista se pueden detectar varios cadáveres. Todo parece indicar que no hay heridos, sólo muertos.

— ¿Puedo ingresar al escenario?

— Claro que sí, pero sin fotos.

— Pero, ¿por qué?

— Órdenes superiores.

— Pero si el jefe aquí es usted.

— Pues por eso se lo digo: ¡las órdenes aquí las doy yo!

— ¡Ah! bueno, habérmelo dicho antes.

— Claro que sí. Ya aclarado todo, compenetre, pero antes, el joven fotógrafo me presta la cámara.

— Como no, jefe, dijo zalamero.

Intencionalmente se atrasó un poco del grupo e inició una llamada telefónica y en un santiamén empezó a tomar fotos.

Cuando Parménides Aguilar llegó junto al cuerpo de Pancho Rana, le pareció conocido, pero al verle el orificio que tenía en el abdomen y los otros que le perforaban una pierna y el hombro derecho, más la hinchazón que le cerraba un ojo, dejó de elucubrar ideas. De reojo vio a Zapatitos Baby. Con la mirada le dijo, vení tomale fotos a este desgraciado. En esas estaba cuando le pareció ver que el difunto se movió, como que trataba de respirar. Hasta oyó que se quejaba. Parménides vio a Zapatitos Baby, Zapatitos Baby a Parménides. Le tomó diez fotos más y le dijo:

— ¡Este está vivo!

— ¿Vivo?

— Casi. Bueno, más muerto que vivo.

— ¡Capitán, Capitán! ¡Venga!

— ¿Qué es la bulla?

— ¡Es que este hombre está vivo!

— ¡Ustedes están locos!

— ¡No hombre!… venga a verlo…

La Prensa Literaria

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí