Encuestas y sube y baja electoral

Los principales hallazgos de la encuesta de CID-Gallup que LA PRENSA dio a conocer el jueves de la semana pasada, fueron, a nuestro juicio, la subida de Daniel Ortega de siete puntos en la expectativa de intención de voto, en relación con abril recién pasado; y el bajón en cinco puntos de Eduardo Montealegre en el mismo lapso.

La subida del candidato sandinista Daniel Ortega habría que acreditarla sobre todo al influjo del “factor Hugo Chávez” en la campaña electoral nicaragüense. Es decir, a la urea que el gobernante de Venezuela regaló al FSLN para que éste la vendiera a precios de ganga electoral, así como las promesas de suministrarle también petróleo venezolano en condiciones de pago muy favorables. Y en ese mismo “factor Chávez” hay que incluir los viajes de numerosas personas a Venezuela y Cuba para recibir tratamiento médico para enfermedades de los ojos.

También hay que considerar que a favor de la subida de Ortega podría haber influido la proclamación como su candidato vicepresidencial, de un personaje proveniente de la burguesía liberal tradicional, quien fuera además líder civil e intelectual de la antigua Contra, lo cual la propaganda sandinista presenta como un símbolo de su reconciliación y prueba de que se puede sacar más ventaja personal asociándose con el FSLN que enfrentándolo.

Por otro lado, el bajón de Eduardo Montealegre en la encuesta de CID-Gallup se debe, a nuestro juicio, en primer lugar al daño que le causó el relanzamiento del escándalo de los Ceni que sus adversarios han usado como arma arrojadiza contra el candidato de la ALN-PC, quien no ha podido demostrar de manera convincente que él no fue culpable ni se aprovechó de aquel gigantesco negocio financiero que ahora está pagando toda la población.

Además, la imagen de Montealegre también resultó averiada por la forma en que fueron escogidos los candidatos a diputados de su coalición electoral, en la que se pusieron de manifiesto con nitidez los mismos vicios de la politiquería tradicional: el dedazo, la vinculación con el gobierno y el favoritismo hacia funcionarios gubernamentales, el transfuguismo y el chaqueterismo de algunos individuos que súbitamente pasaron de un bando partidista a otro, sólo para colocarse en una posición ganadora de las listas de candidatos.

Y en el caso de Herty Lewites, quien lamentablemente falleció ayer en circunstancias ampliamente conocidas por nuestros lectores motivando una situación de luto nacional, no tiene ningún sentido analizar las causas por las que sufrió un leve bajón en el registro de intención de voto.

Por otro lado, cabe señalar también que a pesar de que algunos políticos tratan de desacreditar las encuestas cuando sus resultados no los favorecen a ellos, lo cierto es que las mediciones de opinión política hechas de manera profesional e independiente reflejan en general, y a veces con exactitud, las preferencias de la gente en un momento determinado.

Sin embargo políticos que evidentemente son más inteligentes y menos arrogantes, valoran con realismo el significado de las encuestas y las aprovechan para reforzar su campaña proselitista en los sitios donde aparecen más vulnerables, así como para tratar de llenar los vacíos de diverso tipo que la opinión pública les indica, e incluso para corregir los errores, como se acostumbra hacer en los países de cultura democrática sólidamente establecida.

En realidad, los políticos democráticos tienen que comprender que los ciudadanos por medio de las encuestas manifiestan su libertad individual para decidir a quien apoyar, a quien repudiar o simplemente a quien no respaldar. Es un error y hasta una tontería, desconocer y menospreciar la importancia de la opinión pública que se expresa a través de una amplia red de medios de comunicación (periódicos, televisión, radio, internet), pero también en las encuestas y sondeos en general que sirven para medir tanto las preferencias y necesidades de consumo material de la gente, como sus inclinaciones políticas durante una campaña electoral.

En todo caso, lo bueno de todo esto es que los políticos nicaragüenses —salvo algunos especímenes jurásicos que se resisten a desaparecer—, poco a poco van modernizándose y comprendiendo que la opinión pública debe ser enamorada y conquistada, no despreciada y manipulada como siempre lo ha hecho la politiquería tradicional, de derecha y de izquierda.

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