- Benedicto XVI, quien el 19 de abril cumplió un año como Pontífice, ha propuesto las bases para que la Iglesia aborde temas de relevancia y actualidad
Tomado de www.encuentra.com
Los primeros 12 meses del gobierno de Benedicto XVI, aparentemente, se han caracterizado por la observación y la mesura, tal como pronosticaba prudentemente la prensa italiana desde la tarde de su elección. Por una parte, aún no se han dado cambios profundos en las estructuras eclesiásticas, no se han introducido nuevas normas disciplinares de alto impacto en la Iglesia católica y no se han hecho novedosos juicios en materia de diagnóstico o de propuesta en el ámbito social o político.
Y si bien algunos hechos puntuales han tratado de ser destacados por los medios de comunicación, como la reconfiguración de la actividad pastoral de los franciscanos en Asís, la reiteración de la doctrina de la Iglesia sobre la actividad homosexual, los diálogos con los representantes del movimiento lefebvrista, entre otros, el tono que parece prevalecer es el de un Papa que cambia el ritmo y la velocidad al que nos tenía acostumbrados Juan Pablo II. Sus primeros acercamientos a diversas realidades que marcan actualmente la vida de la Iglesia y del mundo de pronto dan la impresión de ser lentos, de ser poco contundentes, de ser incluso tímidos.
Sin embargo, juicios de este tipo tienen un valor bastante relativo, pues responden a expectativas diversas que no siempre se adecuan a la vida real de la Iglesia real. Basta hacer notar la forma en que este “poco carismático” Pontífice logra reunir en las audiencias públicas de los miércoles a más gente que el propio Juan Pablo II; y también la amplísima acogida que tuvo Benedicto XVI durante la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Alemania.
Es cierto que aún están por venir las reformas a la Curia romana y acciones más profundas a favor de la recuperación de la unidad de los cristianos. Es cierto que hay una amplia agenda pendiente en materia de “Doctrina social cristiana”, señalada con agudeza en una reciente obra del sacerdote jesuita y especialista en análisis político Jean-Yves Calvez. Sin embargo, estos arduos esfuerzos prácticos y doctrinales se encuentran en preparación y han sido largamente meditados por Joseph Ratzinger desde su época como teólogo.
Y que esto no es una sospecha infundada se puede apreciar en los contenidos de la primera Encíclica del nuevo Papa: Deus Caritas est, (Dios es Amor).
El texto tiene el mérito de utilizar un lenguaje sencillo para manifestar verdades sobre la fe cristiana que fácilmente se pasan por alto o se desdibujan a causa del moralismo tan extendido dentro y fuera de la Iglesia, y tal vez la más central de estas verdades queda enunciada desde el inicio del texto: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
Esta afirmación, que fácilmente podría ser interpretada como una mera declaración piadosa propia de la retórica eclesiástica, es una toma de postura trascendente. El cristianismo no es primariamente una cierta teoría, un cierto conjunto de valores o un cierto ideal de decencia. El cristianismo hace descansar toda su consistencia en el encuentro con una presencia. Si esta presencia no es “constatable”, si no es “verificable” en el sentido experiencial de estos términos, entonces el cristianismo no puede ser creíble. En otras palabras, el texto de Benedicto XVI afronta como cuestión central el problema: ¿puede el ser humano reencontrar motivos para creer? Más allá de los exhortos de los clérigos: ¿es el cristianismo una propuesta que aún continúe suscitando estupor, asombro y certeza para el hombre de hoy?
La actitud de Benedicto XVI ante estos desafíos no es apologético-defensiva, no responde a una mentalidad estratégica, es decir, no es moralista. Desde antes de ser elegido Pontífice, Ratzinger había descubierto que tanto las posiciones de extrema derecha como las posiciones de extrema izquierda al interior de la Iglesia coinciden en un vicio común: reducir lo esencial cristiano a un modo de acción, a un afán organizativo, a una cierta lucha, y más pronto que tarde este tipo de posturas, de modo muchas veces inconsciente, derivan en grupos selectos, donde sólo los mejores y más aptos pueden ser aceptados, alineándose así a la vieja tradición herética que comenzando con los fariseos pasa por los cátaros, los albigenses y llega a todos los grupos que afirman un ideal de pureza como signo distintivo de la vida cristiana.
Muy por el contrario, en su Encíclica, Benedicto XVI afirma que la esencia de la propuesta cristiana, lo esencial cristiano que eventualmente renueva el rostro de la Iglesia, se encuentra en que el Dios cristiano abraza a todos sin excepción, no hace distinciones, se sumerge en la condición humana de cualquiera, en especial, del más lastimado y herido por el pecado.
Precisamente en esto consiste la “Encarnación”, en esto consiste lo distintivo del amor cristiano. El texto dice: “Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar”.
La mediatización del amor como lo distintivo y esencial cristiano ha hecho que numerosas acciones realizadas por cristianos ingresen en el activismo sin sentido o en la pérdida de la identidad cristiana de la propia acción. Benedicto XVI dedica un amplio apartado a la actividad organizada de los cristianos que en ocasiones desdibuja su perfil cuando el amor como don de Dios que acoge irrestrictamente a todos no se ve anunciado y reflejado en planes y proyectos. De esta manera, la primera Encíclica del nuevo Papa, si bien puede parecer cándida al observador desprevenido, busca centrar la atención en el tipo de amor que hace creíble a la fe.
La fe en Jesús no es una convicción que se origine a partir de una demostración; de manera radicalmente gratuita e imprevisible. Esta Encíclica es entonces una aguda y cariñosa llamada de atención y coloca las bases para que la Iglesia, antes de juzgar al mundo, se juzgue a sí misma desde el parámetro que el propio Jesús propone: el amor cercano y comprometido.
Este primer año de pontificado nos deja una lección: el mundo no necesita primariamente una Iglesia diseñada de acuerdo con los mejores estándares de la reingeniería y la calidad total. Tampoco el mundo necesita una Iglesia moralista que reedite la idea de que sólo unos pocos son puros y dignos. Para Benedicto XVI, el mundo más que nunca necesita encontrar nuevamente testigos que anuncien que Jesús convoca a vivir de manera individual, social y hasta política, una lógica diversa a la del poder autorreferenciado: la lógica del don y la gratuidad en la que nadie resulte excluido.