Este ídolo que resguarda la entrada al museo de Historia y Antropología de Rivas, proviene de la Isla de Ometepe. (LA PRENSA/N.SANCHEZ.)

Museo de Rivas

Se percibe historia por doquier. Una vez que se ha entrado al umbral del Museo de Historia y Antropología de Rivas, el contacto con las culturas indígenas que poblaron este istmo se vuelve cada vez más cercano, los vestigios de estos grupos están celosamente resguardados en este lugar que alguna vez funcionó como una casa […]

  • Se percibe historia por doquier. Una vez que se ha entrado al umbral del Museo de Historia y Antropología de Rivas, el contacto con las culturas indígenas que poblaron este istmo se vuelve cada vez más cercano, los vestigios de estos grupos están celosamente resguardados en este lugar que alguna vez funcionó como una casa hacienda de gran importancia para este departamento
[doap_box title=»El lugar más rico» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Muchos historiadores han coincidido en que Rivas es uno de los lugares más importantes en cuanto a hallazgos arqueológicos se refiere.

“El lugar más rico de Nicaragua es sin duda la Isla de Ometepe que históricamente ha sido saqueada; la mayor parte de las piezas recuperadas en este lugar son exhibidas en el Museo de Historia y Arqueología de Rivas”, comentó Jaime Marenco, uno de los fundadores de este lugar.

Destacó que en este museo hay piezas bastante antiguas, ricas en valor histórico. Mucha de esta herencia arqueológica ha sido encontrada en Buenos Aires y San Jorge, municipios vecinos al Gran Lago.

Abunda la cerámica con formas zoomorfas (animales) y andromorfas (humanas). Justamente en la entrada de este museo, un ídolo proveniente de la Isla de Ometepe, con el característico animal sobre su cabeza (que casi no se distingue), es el que resguarda esta casa de invaluable historia y herencia arqueológica.

Más allá de este ídolo, a un costado de la entrada que conduce al ingreso principal del museo, se pueden apreciar unas llamativas figurillas, incomprensibles para muchos. “Es un calendario azteca, que representa 20 meses de 18 días”, comentó Marenco.

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un viaje por el pasado indígena

CORRESPONSAL/RIVAS

Se observa vieja y rajada, pero no deja de ser hermosa e interesante. Se trata de una vasija de color blanco, con borrosos trazos de colores, que logra captar de inmediato la atención de cualquier visitante. Esta pieza, en cuyo frente se encuentra la figurilla de un animal, es una de las más impresionantes que se exhiben en la sala de arqueología del Museo de Historia y Antropología de Rivas.

Aunque en la vitrina donde se muestra esta vasija no se especifica el año de su hallazgo ni el tiempo aproximado de existencia, se señala que los objetos que ahí se encuentran “son de diversos tipos de períodos, principalmente encontrados en la Isla de Ometepe y costa del Lago de Nicaragua”.

Invaluable. De esa manera se puede describir el interesante legado histórico que se encuentra dentro de la hacienda Santa Úrsula, hoy Museo de Historia y Antropología de Rivas. Una a una, cada pieza que se encuentra exhibida en las salas de este lugar es única y de belleza singular y aunque para muchos el recorrido pudiera ser aburrido, al final la satisfacción supera cualquier estado de ánimo.

Jaime Marenco, uno de los fundadores de este museo, comentó que en el lugar se muestran cinco exposiciones: de arqueología, del Güegüense (la más reciente), de historia natural (animales en peligro de extinción disecados y los restos de lo que supuestamente podría ser un mamut), de leyendas de Nicaragua y una de timbres emitidas con motivos de la ciudad de Rivas.

La sala arqueológica es quizás la más importante. “Aquí hay una colección muy importante de cerámica Luna, única en el mundo, y una importante sala donde se exponen los elementos que constituyen el Güegüense, Patrimonio Intangible de la Humanidad”, comentó Marenco.

La valiosa herencia arqueológica que se encuentra en este museo es especialmente de cerámica e irónicamente quienes más visitan estas exposiciones son personas que no son originarias de Rivas y por supuesto extranjeros que en su mayoría han contribuido a realizar importantes estudios de piezas encontradas en municipios de este departamento.

Se estima que en este museo hay unas 200 piezas en exhibición. “En el pasado la mayor cantidad fueron compradas a huaqueros, pero otra buena parte la hemos obtenido a través de arqueólogos que han hecho sus estudios en las zonas donde más abundan las piezas”, comentó Marenco.

FALTAN DATOS

El museo se sostiene con sus propios recursos y aunque el local forma parte del Patrimonio Histórico de la Nación no se destina ningún presupuesto gubernamental para su protección, aunque al menos en abril del 2005 el Gobierno Central aportó dinero para su restauración.

Hay muchas cosas pendientes por resolver. Ramón Valdés, también fundador de este museo, comentó que se necesita remozar la museografía, es decir organizar nuevamente todo lo que ahí se encuentra: muebles, nueva distribución de las piezas, una reingeniería total.

Esto debería incluir la colocación de leyendas que señalen el nombre de la pieza, su existencia aproximada, a qué grupo pertenecen, así como el lugar, el año y la persona que los descubrió (de momento sólo estos últimos tres datos se colocan en el extremo de cada urna que contiene varias piezas).

Las formas que más abundan son platos, tazones, trípodes y jarrones. Se calcula que gran parte de esta herencia pudiera tener unos dos mil años de existencia (o quizás más) y han sido nombradas en correspondencia al sitio donde fueron encontradas.

Así, por ejemplo, en la sala arqueológica se puede apreciar la denominada Cerámica Santa Elena, que fue descubierta en 1876 por el extranjero J.F. Brandsford, en la hacienda del mismo nombre, ubicada en la Isla de Ometepe.

También se encuentra la denominada Cerámica Palmar descubierta en el municipio de Buenos Aires, en la hacienda del mismo nombre. Fue encontrada en el mismo año y por el mismo ciudadano que realizó el hallazgo anterior.

LA LUNA

En el texto Arqueología de Rivas: cerámica y estatuaria, elaborado por Jaime Marenco, en el año 1995, se hace un rápido recorrido de la herencia arqueológica que dejaron antiguos pobladores de Rivas.

“Estos tres grupos humanos que habitaron en Rivas (Kiribisis, Chorotegas y Nahoas) dejaron sus huellas por el material que elaboraron… en cerámica tenemos especímenes de hace 2,500 años, piezas y especímenes elaborados a la venida de los españoles, como la cerámica Luna”, indica Marenco en su narración.

Agrega que “la cerámica Palmar, ampliamente conocida y muy característica por sus jarras y ollas atravesadas por canaladuras simétricas, algunas con motivos de serpiente y mono; la Santa Elena se distingue por su brillantez y firmeza de los dibujos y por el mayor predominio de motivos como la serpiente emplumada o franja amarilla alrededor de muchos puntos rojos, también se observan trípodes bastantes altos”.

Tanto Valdés como Marenco coinciden en que la cerámica Luna es una de las más bellas e importantes encontradas en el istmo de Rivas. “Se le encuentra asociada con los entierros y gran cantidad de ella sirve como tapa a la urna funeraria, es de suponer que está relacionada con el viaje al más allá”, explica el texto mencionado.

Generalmente se presenta en forma de platos, copas y tazones, nació en la Isla de Ometepe y murió en la Isla de Ometepe con la llegada de los españoles y hoy admiramos esta bella cerámica como muestra del arte que alcanzaron los nahoas (Nicaraos) de Rivas.

SANTA ÚRSULA A TRAVéS DE LA HISTORIA

El inmueble donde se encuentra actualmente el museo, no nació con éste. La hacienda Santa Úrsula es por sí sola una joya arquitectónica antigua que ha sido testigo de importantes acontecimientos.

“Es todo un monumento histórico colonial en un buen estado de conservación del siglo XVII, arquitectura del mediterráneo español que ha tenido inquilinos ilustres como el General del Bosque, José Dolores Gámez Guzmán, Rubén Darío, por ejemplo en tiempo de Gámez se editó el periódico El Termómetro, en donde se publicó el primer verso de Darío que se llama Una lágrima”, indicó Valdés.

Posteriormente esta casona es adquirida por el general Anastasio Somoza García y por mucho tiempo estuvo en manos de su descendencia; luego pasó a ser propiedad del Estado en tiempos de la revolución sandinista, hasta finalmente en los años ochenta albergar al actual museo.

Tampoco el Museo de Rivas comenzó a funcionar en esta hermosa casona. En 1975, los señores Ramón Valdez y Jaime Marenco, junto a otros amigos, decidieron abrir una pequeña sala para exhibir algunas piezas arqueológicas que en ese tiempo fueron prestadas.

“Este museo comenzó a funcionar en un pequeño inmueble ubicado por el parque de esta ciudad, que hoy es propiedad de la Corte Suprema de Justicia y que lamentablemente se encuentra en deplorable condición, surge con la idea de preservar la identidad de los rivenses, ahí permaneció cinco años”, indicó Valdés.

Comentó que las aproximadamente cien piezas que fueron prestadas para ese entonces por el señor Marenco y que eran parte de su colección particular “luego quedaron para eternas memorias de este museo”.

“Esta casona, hoy museo, enclavada en la colina norte de la ciudad de Rivas, es el más brillante faro que irradia cultura, armonía, trabajo, iluminando el sendero del desarrollo del departamento de Rivas”, destacó Valdés.

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