- En el pequeño jardín de la casita de María Luisa predominan los helechos que bajan de sus tiestos y se desparraman en cascada con longitudes caprichosas, esas plantas poseen hojas recortadas y simples, pero otras las tienen igual a caprichosos tirabuzones. Entre el verde esmeralda de los coludos asoman con primor “picos de pájaro” de fuego, erguidos cactus y tunas pequeñas que parecen saludar al visitante con sus manos ovaladas y gruesas
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Abajo, sobre el piso de grama, María ha construido terracitas de musgo donde imperan florecillas sencillas del vergel nacional: margaritas, jazmines de agua, sandiegos, primorosas, dalias, avispas, horganzas, disciplinas y begonias. Pudorosa es la presencia en ese pequeño paraíso de violetas brujas de suave aroma, amapolas púrpuras, corazones de María y patas de león.
En medio de ese edén surge la casita blanca como marquesote de María Luisa Atienza Salamero, la dama que llegó hace varios años del País Vasco para compartir penas y alegrías con los nicaragüenses. “Venía —cuenta ella— enamorada de Dios, pero aquí encontré otro amor: Nicaragua… Y me quedé para siempre”.
Si usted penetra a la casita de María, tendrá pruebas de la verdad de lo que afirma. Allí sí se cumple el dicho “un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar” pero, en un sitio muy especial (retablo para recuerdos imperecederos), están, entre otras, las fotografías del general Sandino, el Che Guevara, monseñor Romero y Carlos Fonseca.
María Luisa Atienza Salamero —le digo—, ¿por qué ese nombre tan salamero?
(Se ríe de la pregunta) La culpa es de mis padres. Soy Atienza por mi papá que era muy serio y severo, y Salamero por mi madre, siempre sonriente, alegre, optimista.
¿Y va eso de Salamero con el carácter de María Luisa?
Pues… ¿Quién sabe? Quizá usted después me lo pueda decir.
LA INFANCIA EN IRUN
María Luisa nació en 1926 en Irun, Guipúzcoa, un pueblecito que está exactamente en la frontera con Francia. “Pero yo soy de acá, de este lado, no soy de allá”, aclara.
Entonces se decía que Irun tenía 18 mil habitantes, hoy es una ciudad muy grande. Es un lugar muy lluvioso y tanto que nosotros siempre hacíamos nuestra vida cotidiana como si hubiera lluvia. Ya nacíamos con nuestro paraguas y con botas y trajes impermeables. Los vascos somos unas personas que habitualmente parecemos muy secas, pero a la hora de las reuniones y las fiestas, como pueblo, rebosamos alegría y buen humor.
Para mí el amor grande de mi vida fue mi madre, más que mi padre porque siempre tuvimos más contacto con ella, pero, además, porque era una mujer extraordinaria, con una sabiduría natural muy grande. Son buenos recuerdos los que tengo de los dos, aunque debo decir que mi padre fue muy severo y nos educó con mucha rigidez. Ella se llamaba Laura Salamero, él era Antonio Atienza.
¿De qué vivía la gente de Irun?
No era un poblado campesino, era un poblado fronterizo. No le puedo decir exactamente de que vivían, supongo que del comercio por la cuestión de las fronteras, también ya había algunas industrias, entre ellas una fosforera que daba bastante trabajo a la gente. No puedo decir mucho porque salí muy pequeña de allí.
PRIMERO EL AMOR AL PRÓJIMO
¿Qué pensaba, siendo niña, sobre los problemas del prójimo?
Vea, yo creo que de eso también tiene la culpa mi madre. Mi madre siempre se preocupaba por los problemas de la gente, siempre estaba dispuesta a ayudar al que lo necesitaba, siempre se ocupó en alto grado de los pobres. Yo que vivía con ella la admiraba por esa pasión que iba más allá del mandamiento cristiano, y eso que ella era muy cristiana. Así la miraba y de ella aprendía, porque además de creer en Dios, creíamos en la justicia. No era justo que unas personas vivieran en situación desdichada si nosotros podíamos ayudarlas. Tal vez sentíamos esa obligación, no en términos revolucionarios, sino con muchas facetas de preocupación social.
Mi madre era muy cristiana, mi padre no. Ella era cristiana no sólo de ir a misa sino de práctica cristiana. Murió cuando yo tenía catorce años, me dejó muy joven, pero siempre tuvo ese cuidado de inculcarnos que había que pensar en los demás. Eso se lo agradezco con el alma.
¿Qué pasó con sus hermanos?
Mi hermana mayor, Carmen, murió el 30 de enero de este año, a los noventa y dos años, le faltaban unos meses para cumplir 93.
Cuando estalló la Guerra Civil en España, mi hermana estuvo colaborando bastante con el Ejército Republicano. Ya no estábamos en el País Vasco, sino en una ciudad de Aragón que se llama Huesca. Ahí hubo unos ataques muy fuertes. Llegó el momento que no había quién hiciera la comida para el regimiento que estaba ahí porque tuvieron que sacar a todos los soldados que eran cocineros para defender la ciudad. Entonces mi hermana con otro grupo de muchachas amigas, fueron a ayudar en la cocina de los cuarteles a hacer comida y doblar las cosas allá. Ella fue enfermera. Luego trabajó mucho tiempo en la Dirección General de Aduanas y después se jubiló, vivía en Madrid, allá en España.
¿Y su otro hermano?
En la casa mi hermana era muy Atienza, y Carlos y yo muy Salamero, entonces nos entendíamos muy bien. Mi hermana me llevaba 12 años, mi hermano me llevaba 11, después de esos once años aparecí yo. Eso hizo que ellos fueran muy unidos por la edad y yo en cambio quedé rezagada. Pero fui muy querida por todos y consentida, pero no mimada.
HUESCA ES BOMBARDEADA
¿Qué recuerdos tiene de la Guerra Civil Española?
Tremendos, nosotros pasamos esa época en Huesca. Hubo mucho bombardeo, mucho acoso. El 31 de agosto de 1936, no se me olvida, la ciudad sufrió un bombardeo que duró doce horas. Huesca era una ciudad pequeña rodeada de montañas y desde las montañas los cañones tiraban bombas sobre la ciudad. Doce aviones, que se turnaban de seis en seis dejaban caer sus bombas mortíferas. Quedaron muchos muertos y heridos, aquello fue tremendo, agotador. Todas las casas tenían los sótanos habilitados como refugio. Llegó a tanto la situación que todas las familias que tuvieron posibilidades, sacaron a sus niños a otra ciudad vecina que es Zaragoza. Sólo se quedaron los hombres.
AVERGONZADA POR LA CONQUISTA
¿En qué circunstancia se da su salida de España?
Pues verá… Cuando tenía 28 años decidí entrar a una congregación llamada “Institución Javierana” que se dedicaba a enseñar y tecnificar muchachas obreras. Cuando llevaba dos años de profesar me mandaron a México, allí estuve como unos 10 años, allá por los años cincuenta y tanto. Ahí por primera vez sentí vergüenza de ser española, al conocer los horrores de la famosa Conquista. Conocí la historia desde este lado y me sentí avergonzada, porque allá te la cuentan de otra manera.
Luego me regresaron a España por dos años. Estando en eso pedí regresar a América Latina y me enviaron a Colombia. Ahí trabajé mucho tiempo en la capital, luego pasé a la costa caribe, en Cartagena, y luego a la región del Caquetá, que es una zona muy conflictiva. Allí nos tocó una época muy difícil, mucha represión contra campesinos… Muy difícil.
VIAJE EXPLORATORIO A NICARAGUA
En 1980 hice un viaje a Nicaragua junto con unas hermanas religiosas que no eran de mi congregación, pero con las que mantenía mucha relación. Llegamos el día justo cuando doña Violeta renunciaba a seguir en la Junta de Gobierno. Solamente permanecimos ocho días y eso fue suficiente para enamorarme de la Revolución. En esos ocho días a diario salíamos de Managua a cualquier lugar, nos íbamos y nos sentábamos en diferentes asientos del bus para poder platicar con un nica diferente, por la noche socializábamos lo aprendido. Quedé enamorada de este país y de su proceso revolucionario y me hice a la idea de venir por un año a dar trabajo voluntario. Pedí permiso a mi congregación y… Ya llevo 23 años aquí.
Después de tantos años en Nicaragua, qué piensa… ¿Tuvimos chance de ser algo más de lo que somos?
Vea, cuando vine aquí yo era feliz porque todo aquello por lo cual luchábamos en otros países aquí se estaba realizando. Conseguir que se mejorase la situación de los pobres, que el pueblo tuviera voz, todo eso lo viví aquí como una realidad. Trabajé como enfermera por un año en el Centro de Salud Edgard Lang, en San Judas. En cierta ocasión el director del centro me dice: “María Luisa, se le está acabando el contrato y no se lo van a renovar porque no hay reales, hasta aquí llegamos. Me propone que pase a la nómina del Minsa (Ministerio de Salud) y yo acepté encantada. Y aquí estoy.
EL MISMO TIPO DE VIDA
¿Y ahora que cree de Nicaragua?
Creo que Nicaragua merece un destino mejor. Lo que no sé es si la dejarán llegar a ese destino los políticos. Yo me nacionalicé nicaragüense en los años noventa y he votado en todas las elecciones. No me parece eso de votar por una persona. Se vota por un programa, por un proyecto. Ese es el dilema grande que veo ahora.
¿En medio de todo esto sigue siendo religiosa?
En el año 1983, en octubre, salí de la congregación por problemas internos que hubo en ella. En su origen era una congregación muy joven que había tomado posiciones preciosas después del Concilio Vaticano II. Pero de pronto esas posiciones dejaron de cumplirse. Un grupo de nosotras exigimos que se cumplieran, pero al final tuvimos que salir porque nos iban a confrontar con las compañeras de España. Para evitar otros males salimos de la Orden en octubre del 83. Sin embargo, el tipo de vida que llevo es el mismo que vivía cuando era religiosa.