La designación del señor Jaime Morales Carazo como compañero de Daniel Ortega y candidato a la Vicepresidencia de la República en la papeleta electoral del FSLN, tiene sin duda el propósito de neutralizar al sector privado nicaragüense y reducirle el temor de que un nuevo gobierno del caudillo sandinista provocaría los mismos desastres económicos y actuaría contra la libre empresa igual que lo hizo en los años ochenta del siglo recién pasado.
Sin embargo, la utilización de figuras como el señor Morales Carazo para sus fines estratégicos no es nuevo en el FSLN. De hecho es lo mismo que hizo poco antes del triunfo de la revolución de 1979, cuando integró en la Junta de Gobierno de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN) a doña Violeta Barrios de Chamorro y Alfonso Robelo, quien había sido presidente del Consejo Superior de la Iniciativa Privada (Cosip), como se llamaba entonces el Cosep.
En aquella época, la incorporación de personalidades democráticas y empresariales al proyecto político sandinista, estaba dirigida más hacia fuera que hacia adentro. Es decir, de lo que se trataba era de presentar una imagen democrática a la comunidad internacional. Pero una vez que el FSLN se instaló en el poder, comenzó a imponer sus criterios hasta que obligó a renunciar a los miembros democráticos de la JGRN. Y aún así, los comandantes sandinistas todavía estimaron conveniente sustituirlos con personalidades democráticas progresistas pero no frentistas, como el doctor Arturo Cruz Porras y el doctor Rafael Córdoba Rivas, quienes poco o nada pudieron hacer, sin embargo, para reducir el control absoluto del poder que ejercieron los comandantes de la revolución encabezados por Daniel Ortega Saavedra.
O sea que el comandante del FSLN, Daniel Ortega y el equipo que le acompaña, siguen aprovechándose de personalidades no sandinistas, o no frentistas, para ocultar sus verdaderos propósitos: establecer en Nicaragua ya no una copia del régimen comunista de Cuba, pero sí una sucursal de la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez, la cual se aproxima —pero no tanto— al sistema castrista de partido único, dictadura del proletariado, estatismo de la economía y la vida social, periodistas condenados a largas penas de prisión, ausencia de elecciones libres, etc.
En realidad, teniendo —por las razones que sea— tanta popularidad en Nicaragua, sería provechoso para el interés nacional que el comandante Ortega hubiese cambiado positivamente su visión, por ejemplo, del libre mercado y del derecho de las personas a la libertad individual. Pero los hechos demuestran que en esto no ha cambiado, sino todo lo contrario. Ortega ya se ha alineado con los presidentes extremistas de Venezuela, Hugo Chávez; de Cuba, Fidel Castro; y de Bolivia, Evo Morales, para formar un bloque y atraer a otros gobiernos latinoamericanos y lanzarlos a una aventura antinorteamericana que, sin lugar a dudas, provocaría inevitablemente la reacción de Estados Unidos, lo cual visto desde una perspectiva global, podría llevar a Nicaragua al innecesario enfrentamiento con Estados Unidos, que por experiencia propia sabemos muy bien que tiene consecuencias negativas que sólo a muy largo plazo se pueden superar.
Por otro lado, el comandante sandinista, Daniel Ortega, ha advertido que si gana las elecciones va a “renegociar” el tratado de libre comercio con los países de Centroamérica, Estados Unidos y República Dominicana, denominado DR-Cafta por sus siglas en inglés, y que impondrá de nuevo una “economía mixta” en Nicaragua, como la que ya hubo en los años ochenta del siglo pasado con resultados más que desastrosos.
En realidad ¿qué es lo que se debe entender por “renegociar” el DR-Cafta? A juzgar por lo que escriben los doctrinarios del FSLN y lo que pregonan sus agitadores callejeros, lo más seguro es que se trate de poner exigencias imposibles a los socios del DR-Cafta, buscando cómo terminar con dicho tratado para integrar el país a la Alternativa Bolivariana (ALBA). Y en cuanto al modelo sandinista de economía mixta, no es más que una forma de control estatal de la economía y que ya se intentó y fracasó en los años ochenta porque cuando el Estado dirige la economía, los resultados son desastrosos.
En resumen, la agenda escondida del sandinismo es la misma de siempre. Su candidato no ha cambiado. Sus hechos contradicen su discurso.