Nuestro Señor Jesucristo, aquel Jueves Santo, antes que iniciara su pasión y su muerte, se reunió en la bendita cena, en donde Él mismo instituyó el sacramento de la Eucaristía. “Esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre. haced esto en conmemoración mía”, y durante dos milenios hemos venido celebrando la pasión, muerte y resurrección de Jesús, creyendo en la fe, que la Eucaristía, es el más grande, el más augusto de todos los Sacramentos, pues en ella se contiene, se ofrece y se recibe a Jesucristo nuestro Señor.
En la divina Eucaristía, el pan de trigo y el vino de uvas sin fermentar, en el instante de la consagración, por un misterio de amor y de gracia, se convierten en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Allí, lo podemos ver con los ojos de la fe, pero un día lo veremos con ojos resucitados.
Cuántos prodigios, cuánta fortaleza, durante siglos, nos ha dado la hostia consagrada, cuántos mártires, cuántos santos, cuántos confesores, frente a tan grande portento, solamente han adorado, sollozado, abrazándose íntimamente y agradeciendo a Jesús porque se ha quedado con nosotros en este divino sacramento.
Como entonamos en el canto Oh buen Jesús, yo creo firmemente, que por mi bien estás en el altar.
Desde la última cena, los cristianos hemos seguido el ejemplo de Jesús, los sacerdotes legítimamente consagrados y sin ningún impedimento, tienen el privilegio y la gracia de consagrar. Por eso también decimos antes de comulgar: no soy digno que vengas a mí, pero una palabra tuya bastará para sanarme…
Es desde el siglo trece que se viene celebrando con mayor solemnidad, la bendición con el Santísimo Sacramento y la procesión por las calles, en donde como rayos de gracia y de amor, Jesucristo nos sigue proporcionando el milagro de su misericordia, el jueves siguiente a la celebración de la Santísima Trinidad.
Milagros frente a la Eucaristía, durante tantos siglos, los ha habido, los hay y los seguirá realizando nuestro Amado Jesucristo.
Que viva la divina Eucaristía.