La elección del mal menor

La principal significación, para América Latina, del resultado de la elección presidencial peruana celebrada el recién pasado domingo 4 de junio, en la que triunfó el candidato de izquierda democrática, Alan García y fue derrotado el extremista izquierdista Ollanta Humala, es que Perú no se sumará al perturbador bloque populista-comunista de Cuba, Venezuela y Bolivia.

En realidad, esta elección ha sido una derrota para Fidel Castro, Evo Morales y ante todo Hugo Chávez, quien intervino abiertamente en las elecciones peruanas en favor de Humala y contra Alan García, de quien dijo que es un “ladrón de cuatro esquinas” y anunció que rompería relaciones diplomáticas con Perú en el caso de que (García) ganara las elecciones. Por eso, en la noche del domingo pasado, cuando se conoció que Alan García había ganado la elección presidencial, sus partidarios reunidos ante la sede del Partido Apra, en Lima, gritaban a voz en cuello: “Chávez, escucha, Alan ya ganó”.

Cabe recordar al respecto que el presidente venezolano Hugo Chávez y su “ahijado” peruano —como llaman a Ollanta Humala sus adversarios—, usaron la intimidación como estrategia de campaña electoral. Ellos, Chávez y Humala, creían que la política de intimidación les daría buen resultado, como ocurrió en Bolivia donde en buena medida la victoria de Evo Morales se debió a su amenaza de seguir provocando revueltas para derrocar gobiernos, en el caso de que no él no fuese elegido. De modo que durante la campaña electoral peruana, mientras Chávez amenazaba con romper relaciones diplomática con Perú si García ganaba la elección presidencial, Humala vociferaba que en el caso de que no lo eligieran a él iba a “desbancar en menos de un año al presidente que fuera electo”.

Sin embargo, ahora aunque Chávez cumpliera su amenaza de romper las relaciones diplomáticas de su país con Perú, Ollanta Humala no parecer tener la intención y menos la capacidad de “desbancar” al próximo Presidente peruano. Los conocedores de la política de Perú consideran que tales amenazas fueron sólo fanfarronadas de campaña electoral, propias de políticos extremistas y bocones. Y lo cierto es que Humala así lo demostró la noche del domingo anterior, cuando aceptó mansamente su derrota.

Por otro lado, la elección presidencial peruana del domingo pasado puso de manifiesto que ante el avance de la izquierda populista y la corrupción e incompetencia de los partidos democráticos tradicionales, en diversos países latinoamericanos se va imponiendo la anómala realidad política electoral de que a falta de una buena o mejor opción, hay que votar por el mal menor. O, tal como lo dijera un analista político peruano, elegir entre una democracia imperfecta —que es lo que se espera que será el gobierno de Alan García—, y la perfecta autocracia dictatorial que es lo que ofrece Ollanta Humala en Perú (y con la que amenaza Daniel Ortega en Nicaragua, agregamos nosotros).

Ciertamente, cuando Alan García ejerció la Presidencia de Perú, entre 1985 y 1990, su gobierno fue uno de los peores en toda la historia de ese país en materia de políticas económicas, administración pública y transparencia. Pero al menos el gobierno de García respetó la democracia, los derechos individuales y las libertades públicas de los peruanos, que serían arrasados o al menos seriamente menoscabados por Ollanta Humala si alcanzara el poder.

Sin dudas que lo mejor para Perú hubiera sido que la elección presidencial la ganara Lourdes Flores, una política social cristiana solventemente democrática y por lo tanto no inclinada a asociarse con caudillos izquierdistas autoritarios, ni a respaldarlos. Pero lamentablemente Lourdes Flores no tuvo suficiente respaldo de los ciudadanos peruanos, los cuales por su propia culpa tuvieron que escoger el domingo pasado entre lo peor (Ollanta Humala) y el mal menor (Alan García).

Mario Vargas Llosa, el consagrado escritor peruano lo dijo claramente en un artículo publicado el domingo 30 de abril de este año en las páginas de Opinión de LA PRENSA: “La política no es un territorio donde se pueda elegir sólo la excelencia, como en las bellas artes o la literatura. Es un quehacer que refleja la composición de la sociedad donde aquella actividad se ejerce”. O sea que en la política, muchas veces —si no es que casi siempre— hay que escoger el menor de los males.

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