Unos directivos del Parlamento Centroamericano que vinieron la semana pasada a Nicaragua, para condecorar a un ex alto funcionario del gobierno sandinista de 1979 a 1990 que encabezó Daniel Ortega, dijeron que a éste y a los otros ex presidentes de Centroamérica que firmaron los Acuerdos de Esquipulas se les debe consagrar como nuevos próceres centroamericanos. Y dos días después, al inscribir la candidatura presidencial de Daniel Ortega y en medio de cánticos de “vos sos el dios de los pobres”, el presidente del Consejo Supremo Electoral proclamó al líder sandinista como fundador de la democracia nicaragüense.
En realidad, los Acuerdos de Esquipulas suscritos por los presidentes centroamericanos en 1986 y 1987, fueron para poner fin por una vía negociada al conflicto armado que había entonces en Centroamérica, como consecuencia de la exportación de la revolución que la Nicaragua sandinista estaba haciendo hacia los demás países del área, particularmente a El Salvador y Guatemala.
Centroamérica había sido convertida por el aventurerismo sandinista, en uno de los principales focos del conflicto Este-Oeste. Y en aquellas circunstancias, mediante la aplicación de los Acuerdos de Esquipulas se pretendía poner fin a la pretensión sandinista de exportar la revolución, así como buscar una salida de la guerra civil en Nicaragua y El Salvador, por medio de la reconciliación nacional y la celebración de elecciones libres y competitivas.
De manera que en los Acuerdos de Esquipulas II, el entonces presidente Daniel Ortega Saavedra se vio obligado a reconocer que el conflicto de Nicaragua era en realidad una guerra civil causada por una profunda división entre los nicaragüenses, y no una “agresión del imperialismo yanqui” como hasta entonces había alegado el FSLN para justificar el régimen militarista y represivo que había impuesto en el país.
Fue, pues, por la presión internacional, por la lucha cívica del pueblo democrático de Nicaragua y por la resistencia armada de la Contra, y en el marco de los Acuerdos de Esquipulas, que Daniel Ortega y el FSLN tuvieron que aceptar la celebración de las elecciones libres y competitivas del 25 de febrero de 1990. De manera voluntaria jamás las habrían aceptado; lo que ellos querían eran farsas electorales como las de Cuba, en las que cada vez y cuando las masas populares “eligen” con el 99.9 por ciento de los votos a Fidel Castro y el Partido Comunista, para que se mantengan eternamente en el poder.
En muchas ocasiones los Ortega y el FSLN habían proclamado que jamás iban a aceptar la “rifa” del poder, como ellos llamaban a las elecciones libres y democráticas. “El pueblo ya votó, con el triunfo de la lucha armada”, aseguraban los prepotentes comandantes de la revolución, plantados en el dogma comunista de que “el poder que se conquista con las armas no se entrega por medio de las urnas”.
Pero a pesar de eso, debido a las presiones de la resistencia cívica y armada, y más que todo para tratar de aplacar a la comunidad internacional, Daniel Ortega y el FSLN se vieron forzados a celebrar, en noviembre de 1984, unas elecciones en las que no permitieron la participación de la verdadera oposición política y por lo tanto no “rifaron” el poder.
Como la maniobra no les dio resultado pues el conflicto armado siguió extendiéndose y profundizándose, la economía nacional cayó en absoluta bancarrota y, ante la fuerte posibilidad de un triunfo militar de la Contra, Daniel Ortega y el FSLN aceptaron de muy mala gana la celebración de elecciones libres y la rifa del poder. Aceptaron porque estaban convencidos de que ganarían las elecciones, y por eso, cuando perdieron y se percataron de que tenían que entregar el poder a la UNO y a doña Violeta Barrios de Chamorro, amenazaron con provocar un baño de sangre en el país para obligar a la firma de un pacto político que les permitió conservar gran parte del poder y las riquezas que acumularon en el gobierno. Y aún así, mediante la aplicación de la estrategiade “gobernar desde abajo”, provocaron una orgía de violencia que en parte continúa hasta ahora.
De modo que se necesita tener la cara muy dura , para decirlo de alguna manera, a fin de atreverse a proclamar a Daniel Ortega como fundador de la democracia nicaragüense y “prócer” nacional.