(FOTOS LA PRENSA/ M. LORÍO)

Bayardo Dávila, el artista de la manopla

Bayardo Dávila es un short stop que se ha dedicado a hacer magia con su guante. Cada año hemos creído haber visto su más espectacular jugada, pero siempre tiene una nueva y mejor. Dávila es alguien que alcanzó la excelencia con su guante, mientras electrizaba a las multitudes que tendrán que acostumbrarse a su ausencia, […]

  • Bayardo Dávila es un short stop que se ha dedicado a hacer magia con su guante. Cada año hemos creído haber visto su más espectacular jugada, pero siempre tiene una nueva y mejor. Dávila es alguien que alcanzó la excelencia con su guante, mientras electrizaba a las multitudes que tendrán que acostumbrarse a su ausencia, pues está en su última temporada, luego de haber debutado hace 20 en el beisbol superior con los Tiburones de Granada

Bayardo Dávila, jugador de beisbol

Quienes definieron la poesía como la manifestación de la belleza o del sentimiento a través de la palabra, quizá debieron haber echado un vistazo a lo que Bayardo Dávila hace con el guante.

Durante dos décadas, Dávila se ha encargado de electrizar multitudes, mientras se convertía en una fuerza devastadora para sus oponentes. Armado de un guante y con unos excepcionales reflejos, el torpedero granadino ha sido una poesía en movimiento.

“Yo, la verdad, no he visto a nadie hacer lo que Bayardo hace con el guante”, dijo César Jarquín, otro mago de las paradas cortas. “Uno no puede evitar aplaudir cuando hace esas grandes jugadas”, agregó el jugador de San Isidro, conocido como la “Maravilla”, por lo que hacía con su manopla.

Bayardo llevó el beisbol a otro nivel, al de la grandeza, ahí donde se comprueba que no hay divorcio entre la belleza y la fuerza, el instinto y el arte. Pero ha llegado el momento de salir del escenario y Dávila está preparado.

“Me voy del beisbol porque ya mi cuerpo no me responde igual y porque yo sólo sé jugar al beisbol de una forma y es al ciento por ciento, y a esos niveles, ya no puedo”, admite el torpedero, que ha sido situado entre los dos grandes: Rigo Mena y César Jarquín.

SE VA SATISFECHO

De verdad, ¿sentís que los músculos ya no funcionan igual que antes?

Es extraño pero yo siento que aún me muevo bien, que puede llegar a muchas pelotas que parecen estar fuera de mi alcance, y les llego, pero cada vez que me tiro de cabeza por una bola, mi cuerpo se resiente y me cuesta un poco recuperarme.

¿Y no podrías jugar sin tener que tirarte por los batazos?

No puedo. Como te dije, sólo sé jugar de una forma y es al ciento por ciento. Además, cuando uno se tira por la bola, ni siquiera lo piensa, sólo se tira, como me ocurrió con la gran jugada que hice en la Final de la Liga Profesional, que hasta me sacó de juego por el resto de la serie.

A propósito, ¿cómo fue que hiciste esa jugada tan comentada?

No tengo una explicación, simplemente la hice. Al arrancar temí un choque con Yáder Hodgson quien estaba en el jardín izquierdo, pero al no escuchar sus pasos me lancé tras la bola y la atrapé. Lo que me costó después fue la levantada del piso y hasta el hospital fui a parar.

Al verla en la televisión, ¿qué pensás?

Me emociono. Y claro, me llena de orgullo. Me pregunto, ¿cómo la hice? Es una cosa tremenda, pero en mi casa me dijeron que no ande de loco con esas jugadas, que voy a quedar en una silla de ruedas.

¿En serio?

Sí, en serio. Y tienen razón. Yo voy hacia 38 años. Ya no soy un niño.

¿Entonces es un hecho que te vas?

Sí, es un hecho. No debo seguir. Ahí está ya el muchachito (Iván) Marín para que me sustituya en los Tiburones y mientras tanto, voy a dedicarme a entrenar chavalos en la academia con la familia Lacayo Villalón. Este es mi último año. No hay más.

¿Y qué harás al retirarte?

Bueno, Douglas Lacayo, el presidente del equipo, quiere organizar una ceremonia. A lo mejor se hace algo. A mí me gustaría tener ahí presentes a don Rigo Mena y a César Jarquín. Sería un honor para mí retirarme con esos dos grandes en la ceremonia.

rumbo a la cúspide

¿Al revisar tu carrera, te gusta?

Claro que sí. Cuando voy a jugar a los distintos estadios, siento el respeto de la gente y eso uno lo adquiere jugando bien y con ganas. Siento mucho orgullo por lo que he hecho.

¿Cómo llegaste a ser tan bueno?

Entrenando duro. El beisbol fue una pasión que nunca se apagó para mí. Desde chavalo siempre soñé con jugar beisbol y cuando estaba en el Servicio Militar me metí más de lleno y logré colarme en los Tiburones. Además, siempre escuché a los entrenadores los consejos que me daban y eso me sirvió muchísimo.

Hay gente que entrena duro y no llega a ser tan buena, ¿no es cierto?

Claro, Dios le da a uno un talento especial, a mí me dio la habilidad para fildear, pero yo también cultivé ese talento. Recuerdo que yo entrenaba día y noche con bolas de esponja o de tenis y eso me puso los reflejos bien despiertos. Ya cuando miraba la pelota de beisbol, más si era Dantos, la notaba lenta, y podía fildearla fácilmente. La bola de tenis fue útil.

¿Cómo se dio tu vínculo con el beisbol?

Yo comencé en mi barrio con el equipo los Novatos del señor Manuel Bermúdez. Después pasé al equipo del señor Enrique Bravo. También jugué con el Santa Lucía y tras un paso rápido por el softbol, mi primo Róger Montiel me llevó al Granada en la temporada de 1986.

¿De entrada te quedaste en el equipo?

No, me costó un poco. En esa época Granada tenía a gente caracterizada como Ernesto López, Luis Fierro, José del Carmen Barberena, Larry Zavala y Sebastián Jiménez. Venían de pelear el campeonato con los Dantos y eran un gran equipo, pero estaba la ley de los menores y entré.

¿Llegaste como short?

No llegué como jardinero. Yo iba dispuesto a jugar lo que fuera para no ir al Servicio Militar. Así que comencé como letfielder. Pero un día se lastimó Róger Acevedo y Heberto (Portobaco) preguntó quién podía jugar short. Y dije que yo podía porque lo hacía en la juvenil. Me adapté rápido y pasaron a Róger a segunda base y yo me quedé en el shortstop.

¿Quién fue la persona más influyente en tu carrera?

Una persona que fue muy importante para que yo estuviera dentro del beisbol, además de los entrenadores que tuve, fue Ernesto Ramírez, el popular “Tigrito” que ojalá Dios lo tenga en lo alto del cielo. Como en esos días estaba el Servicio Militar y andaban agarrado a los chavalos, yo no seguí llegando a practicar y dejé el beisbol por temor a que me agarraran. Pero él me pasaba llevando por la casa y me llevaba al campo, y así fue como yo me quedé en el beisbol.

¿Cuándo vos sentiste que eras el tigre en la posición?

Yo miraba que poco a poco mi nivel iban subiendo. Sabía cómo colocarme ante cada bateador y ya jugaba con el pitcheo que hacían nuestros lanzadores, hasta el extremo de que sentía las cosas fáciles, pero en 1990, cuando me llevaron a la Selección Nacional que estuvo en el Mundial de Edmonton, hasta yo me asusté de las jugadas que hacía y creo que ahí me percaté que tendría una gran carrera. Ahí jugué muy bien.

¿Creés que fuiste lo mejor que pudiste?

Yo estoy satisfecho con lo que he hecho, pero uno siempre puede ser mejor. A mí me hubiera gustado jugar en las Grandes Ligas, pero no se pudo. Sin embargo, me voy contento con lo que he hecho.

Hay quienes cuestionan tu entrega, dicen que pudiste hacer más…

Es probable que haya habido algo de eso. Vos sabés, a veces uno es muy inmaduro y no se percata plenamente de lo que hace, pero creo que superé esa etapa y llegué a ser un buen jugador para orgullo mío, de mi familia y de mi pueblo.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí