Tránsfugas y chaqueteros

Los tránsfugas políticos son tan antiguos como la misma política que se practica desde que la sociedad se organizó en forma de Estado. Y en Nicaragua hay transfuguismo desde que la política se comenzó a practicar, a principios del siglo XIX, cuando se gestaron los movimientos independentistas, y se expresó en los partidos políticos que se formaron a raíz de que el país —como parte de Centroamérica— se desgajó de la órbita colonial española.

Desde entonces se practica en Nicaragua el transfuguismo, que en sentido estricto significa “pasar de una ideología o de una colectividad a otra”, según la definición del diccionario de la RAE. Sin embargo, en ningún momento anterior de toda la historia política de Nicaragua se había practicado el transfuguismo tanto como ahora, como se puede ver en los reacomodos dentro de la Asamblea Nacional y, de manera más reciente y gráfica, en la batalla por las candidaturas a los cargos públicos que serán electos el próximo 5 de noviembre.

Ciertamente, fue impresionante —por decirlo eufemísticamente— el tráfico de personas que se pasaron de uno a otro bando partidista, sobre todo el miércoles de esta semana cuando se vencía el plazo de inscripción de candidaturas en el Consejo Supremo Electoral. Ese día, aún a las nueve de la noche no se había presentado ante el CSE la última alianza electoral, porque estaba a la espera de políticos de otro bando que hasta esa última hora podría conseguir.

Sin embargo, este escandaloso tráfico de políticos profesionales y aficionados no es propiamente transfuguismo, es chaqueterismo. En efecto, lo que está ocurriendo no es simplemente que una persona liberal decide adoptar la ideología conservadora, o que un socialista quiso convertirse en liberal y un contra optó por ser ahora sandinista. Estas son decisiones que pertenecen al ámbito del libre albedrío y cada quien tiene derecho de tener una ideología y afiliarse al partido que quiera, o a ninguno. Y a pesar de que a la palabra tránsfuga se le ha dado una connotación peyorativa, el transfuguismo es algo legítimo, como lo reconoce la definición de la RAE que hemos citado arriba.

En realidad, lo que está ocurriendo en la política partidista de Nicaragua no es transfuguismo propiamente dicho, es un vulgar chaqueterismo, como le llaman en España a la actitud personal de cambiar de opinión y de partido únicamente por conseguir un beneficio económico y material. Y por cierto que la palabra chaquetero está incluida en el diccionario de la RAE, que la aplica al individuo “que chaquetea, que cambia de opinión o de partido por conveniencia personal”. Y en la situación de Nicaragua, es evidente que salvo algunos casos excepcionales lo que hay no es transfuguismo sino el más crudo y descarado chaqueterismo.

Ahora bien, la explicación de esa degradante característica de la política partidista de Nicaragua es sencilla. En primer lugar porque en todas partes del mundo, la práctica de la política se ha alejado mucho de los principios e ideales que la caracterizaron en tiempos pasados, independientemente de que siempre hubo políticos corruptos y oportunistas. Pero ahora es mucho más acentuada la tendencia a ir tras el poder por el poder mismo, al margen de consideraciones éticas, de programas, principios e ideales. Y es tan acentuada esta degradación de la política, que muchos cientistas políticos de todas partes del mundo se están ocupando de ella en los foros que se realizan frecuentemente.

Sin embargo, lo de Nicaragua va más allá de la búsqueda del poder por el poder mismo. Aquí la política se ha convertido en un campo de lucha en el que se usan inclusive los métodos más innobles y sucios para conseguir un cargo público de importancia, únicamente por los beneficios económicos y materiales que éste reporta.

Algunos analistas que reivindican la ética política aseguran que para curar el mal de la corrupción, del clientelismo, del prebendismo y —agregamos nosotros— del chaqueterismo, habría que rebajar sustancialmente los sueldos y los beneficios materiales adicionales por el desempeño de los cargos públicos. Así, dicen, se le quitaría a la búsqueda de puestos gubernamentales, el inmenso atractivo económico que ahora tiene. Y tienen razón. Los altos sueldos y otras jugosas prebendas que reciben los políticos funcionarios públicos, son un atractivo irresistible para tanto chaquetero que predomina ahora en la política nicaragüense.

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