Cómo ser dueño de sí mismo

“María es, en fin, una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo? Como creyente, que en la fe piensa como el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama”. (Benedicto XVI) Llama poderosamente la atención la paz interior de los santos, ese […]

“María es, en fin, una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo? Como creyente, que en la fe piensa como el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama”.

(Benedicto XVI)

Llama poderosamente la atención la paz interior de los santos, ese señorío de sí mismo que lograron mantener a pesar de las circunstancias adversas. La Virgen María fue la gran señora de sí misma. Y es que ella sobresale entre todos los santos.

El muy amado Papa Juan XXIII, beato de la Santa Iglesia Católica, hizo vida de su propia vida este lema motivador de San Gregorio Magno: “Tu voluntad es mi paz”, el que sintetizó, seguramente por razones prácticas, en este principio: “Obediencia en paz”.

El creyente, el que vive de la fe, piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, haciendo siempre lo que Dios, haciendo siempre lo que Dios quiere y queriendo lo que Dios hace, por lo que resulta muy difícil que pierda los estribos, aún en situaciones críticas. La Virgen, en la Anunciación, se turba momentáneamente, pero no pierde el control de la situación, por lo contrario, asume una actitud madura y responsable, dando “si” incondicional a Dios una vez enterada de cómo se efectuaría la concepción de hijo anunciado: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?”… “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

También ante su hijo, el Divino crucificado, la Madre dolorosa se mantiene de pie, sin desesperarse, sin renegar ni protestar, aunque una espada atraviesa su corazón Inmaculado… “María es, en fin, una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo?” Su serenidad le proviene de ajustar su propia voluntad a la voluntad divina. En eso consiste ser santo. Obedecer en paz a Dios es, seguramente, el remedio indispensable y económico para multitudes de almas intranquilas, deseosas de paz.

Religión y Fe

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