- “Cuando Jesús estaba orando, llegó el tentador y le preguntó: Hijo del hombre, ¿me conoces? Y Jesús, con su mansedumbre, le respondió: Sí te conozco, tú eras el arcángel más hermoso del Cielo, el resplandor del sol brillaba en tu frente, el crepúsculo oriental en tus labios, pero un día te rebelaste contra Dios y su soplo vengador te lanzó de las alturas a los abismos malditos de la tierra”
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Altivo, prepotente, soberbio, el diminuto don José Toribio declama la parte correspondiente a la entrada de Belcebú al escenario. Luego altera completamente su personalidad para convertirse en el Carpintero de Galilea que con palabras, proféticas, rechaza la tentación del Demonio y le dice que su lugar es el infierno, sitio del que no debió haber salido.
Este don José Toribio podría pasar horas y horas representando a todos los personajes de El Mártir del Gólgota, novela del español Enrique Pérez Escrich (1829-1897), que en una época —que queda por precisar— fue adaptada al teatro popular nicaragüense para convertirse en el drama tradicional que se presenta en ciudades y pueblos de Nicaragua durante los días de Semana Santa.
¿Cuándo comenzó la presentación de esta obra? ¿Quién convirtió en drama escénico el libro de Pérez Escrich? Eso no lo puede precisar este viejecito simpático que recorre las callejuelas de Niquinohomo haciendo “de todo” si está de por medio el servicio a Dios y la comunidad.
“Yo estimo que la presentación de esa obra tiene más de cien años porque un tío mío, llamado Eusebio Gaitán, salía de demonio allá por los años treinta, también estaba don Carmen Cano que ya era viejo y salía de Jesús. Yo fui parte de ella en mi juventud, participaba en algunos cuadros pero llegué a aprenderlos todos”.
BOANERGES Y EL CENTURIÓN
Pero no es de historia de lo que quiere hablar don Toribio, sino de las evocaciones dramáticas de las que fue actor en esas numerosas “Judeas”.
“En los primeros capítulos las palmas se las lleva el Hijo del Trueno, Boanerges, enamorado de Magdalena y el único cantante del drama. Recuerdo así la letra de la primera canción de su presentación: “Nací en el fondo de una montaña/ vibrando el rayo deslumbrador/, crecí en seno de una cabaña/ y hoy que soy hombre, y hoy que soy hombre muero de amor”.
De esta escena don Toribio pasa a otra, la del Centurión. Veamos cómo la cuenta:
“Llega al Gólgota el centurión Quinto Cornelio y cuando ve crucificado a Jesús dice entre adolorido e indignado: “He llegado tarde, pues te han crucificado Jesús mío, sin que yo me haya opuesto a ello.
“Pero escucha, ¿Dónde están tus asesinos, esos miserables que quisiera hallarme con ellos para matarme con ellos y hacerlos revolcarse en su propia sangre? ¡Dímelo porque lo quiero saber!
¡Ahhh, no me respondes porque ya estás muerto, han huido estos cobardes enemigos. Se han escapado de mi venganza. No encuentro a nadie, sólo te han dejado. Buscaré hasta encontrarlos.
(Y el Centurión se va con sus criados a buscar a los asesinos de Jesús. Al no encontrarlos regresa a la cruz y ve a Boanerges llorando).
(El Centurión le pone la espada en la nuca y le pregunta) ¿Qué haces aquí, cómo te llamas?
Le contesta Boanerges: “Lloro como tú, hermano, la muerte del Redentor y vine a pedirle el perdón de mis pecados.
No me importa. Tu nombre es lo que pregunto, dice el Centurión
En aquel tiempo —contesta Boanerges— cuando este mundo de blasfemia era todo para mí, me llamaban el Cisne de Galilea. Hoy soy el Cantor del Evangelio.
Pues bien —dice el Centurión— tú debes saber quiénes son los verdugos y los asesinos de Jesús.
(Se para Boanerges y le dice al Centurión) Hermano sus verdugos han huido con dirección a Jerusalén, su sentenciador fue Poncio Pilatos.
¿Y, en dónde está ese Poncio Pilatos?
En su Palacio que tiene en esta ciudad.
(Entonces le dice el Centurión): Pues bien, lo llamaré a cuentas y sea lo que tú quieras y a sus verdugos los perseguiré aunque así sea hasta el fin del mundo
Adiós, Jesús mío, fue demasiado tarde para vengarte, pero te juro que mi espada no la envainaré hasta que termine con el último de tus asesinos.
(Entonces Boanerges le dice) Hermano, antes que te marches de este sitio déjame tu nombre.
(Aquí es cuando salta el Centurión y le dice levantando su espada) Soy el Centurión, el Quinto Cornelio, uno de los conquistadores de Roma.
EL ZÁNGANO DE MONCADA
Pero don José Toribio no me ha dicho su nombre completo…
Ahhh, ¿Mi nombre? Pues mi nombre es José Toribio Fuentes, pero al haberme concedido un milagro Jesús del Rescate ahora me llamo José Toribio Fuentes del Rescate. Tengo 86 años y varios minutos más. Cumplo años el 27 de abril por eso digo que aún tengo unos minutos extras.
¿Nació aquí en Niquinohomo?
No, yo nací en Nandasmo. Nandasmo en aquel tiempo, como dijo alguien, solamente tenía tres solares cercados con piñuelas, dos con cerco de cardones y el resto no tenía cerco. Dentro de los solares sólo habían chozas pajizas. No había agua y se tenía que ir a traerla a la laguna. Pero sabe, después se vino remodelando… Porque el amor hace progresos.
¿Cómo es eso?
Pues que Moncada venía a Nandasmo a molestar a una muchacha que se llama María Isabel, se puso de novio con ella y para agradarla le puso una paja de agua. Que todavía es la que usamos.
¡Usted conoció a Moncada!
Sí, lo conocí. Era bajito, algo chaparro, blanco, zángano, mujerero, porque tenía su esposa y venía aquí a Nandasmo a hacer averías. Pero gracias a ese vicio de Moncada logró Nandasmo tener agua. Antes la gente tenía que ir todos los días a la laguna con su gran nambira, con sus cántaros, con sus calabazos.
¿Y allá también llegabanlas lavanderas.
Sí, ellas acomodaban sus piedras para lavar mientras los maridos se ocupaban de estar pescando. Era como decía aquella canción: María lavaba y San José tendía, el niño lloraba del frío que hacía.
LAS TRADICIONES PERDIDAS
¿Aquí me dicen, que usted es el “hacelotodo” de Niquinohomo?
(No me contesta pero saca un pergamino que le otorgó la Alcaldía de Niquinohomo “por ser un transmisor de tradiciones culturales intangibles y por mantenerlas”.
¿Se han perdido mucho las costumbres y tradiciones de su tiempo? Le pregunto.
Sí, se han perdido tradiciones que eran muy valiosas, esas tradiciones las tengo en mi mente perfectamente. Antes usted sabe que era un irrespeto escupir y correr. Antes, desde el Miércoles Santo se acostumbraba soltar una Paloma que volaba del altar a la calle. Eso marcaba el principio de la Semana Santa y esos días eran respetados, sobre todo el Jueves y el Viernes Santo, hasta que cantaban gloria.
En ese tiempo ni se podía encender fuego, me parece.
Bueno, los antepasados de nosotros así nos decían, que era malo encender fuego. Una vez, los muchachos de Nandasmo queríamos ir a la huerta y nuestros padres nos dijeron que no fuéramos porque era prohibido en días santos. Como la juventud es insistente, fueron al campo y no le obedecieron a mi mamá, pues resulta que estaban picando de un palo llamado sonzapote, del cual brotó sangre por los machetazos.
Otra vez —y eso le pasó también a la mamá de la Karen Lucía—, el Viernes Santo fueron a buscar frutas y en el camino miraron a unos hombres con trajes raros de colores, rajando leña. Entonces la mamá le fue a decir a la abuela que ahí estaban unos hombres rajando leña. Estás viendo que es cosa cierta —le respondió ella—, esos son los judíos que aparecen a asustar y como ustedes no me hicieron caso les salieron los judíos.
También había prohibición de ir a los balnearios. Decían que las mujeres se hacían sirenas.
Ah sí, y siempre se contaba el caso de la muchacha que se fue a la laguna el Viernes Santo y ya nunca regresó, pero que la miraban después sobre una peña, llorando, hecha sirena.
¿Le tocó viajar en romería a Popoyuapa o a La Conquista?
Pues en un tiempo fui. Máxime que en vez pasada participé en una directiva de Popoyuapa. Una vez me escapé a saludar a las monjas, a saludar a los directivos que se desempeñaron cuando yo estaba. Y como no aparecía dijo el busero: “A este viejito hay que irlo a buscar, no podemos dejarlo, llegaron al templo y allí me hallaron, entonces dijeron que me hallaron como al niño en el templo, un viejito en medio de los doctores.