El 16 de junio del año 1528, cuando Pedro Arias Dávila era gobernador de la provincia de Nicaragua, dieciocho caciques indígenas fueron obligados a luchar contra feroces perros de asalto. Todos murieron. A este método de tortura le llamaban el aperreamiento.
Sus padres lo trajeron al mundo con lustre de buena estrella. Los dioses así lo habían dispuesto y los alfaquíes avalaron el augurio con inapelable sentencia: Será rey. Y su reino será uno de justicia y derecho desde ahora y por siempre. Desde ahora y por siempre, pensó, mientras las bestias se abalanzaban sobre su cuerpo y la piel se le deshacía en sanguinolentos guiñapos. Vesania, mordiscos, espanto. Las bestias lanzaban el ataque sangriento incrustando ferozmente los colmillos en la carne del calcañal. La sangre corría hacia abajo en una mezcla viscosa para perderse en el barro que las pezuñas de los animales rasgaban hasta mullirlo. Rabia y dolor brotaban de sus talones. En la plaza, los hombres barbados observaban el espectáculo con aire procaz, atraídos por el sadismo de la contienda. Olía a muerte. Los nambi ladraban con fuerza y de sus hocicos salían sonidos devoradores, mientras aquél que alguna vez había soñado con terminar sus días en apacible vejez, rodeado de frondosas acacias en la plácida brisa del lago, supo entonces que no llegaría a ver la gloria de su justo y vasto reinado
Aplausos, vivas y olés. En la plaza los hombres barbados reían con estruendo cada vez que los animales arrancaban de un tarascón la piel de su presa. Había alboroto. Todos se habían reunido para presenciar el combate, echar suertes y ver a los mastines obedecer sus instintos. Los hombres reían y él recordaba. Por cada mordisco una imagen, por cada aplauso un recuerdo, pues el aperreamiento tenía sus leyes y él sabía lo que venía después. Era mejor no pensar. Era mejor olvidar para que el dolor no causara más estragos y la aflicción no doblegara su espíritu, ya que después de cada mordisco, los colmillos se hundirían con fuerza y por último el animal se sacudiría con furor hasta arrancar su trofeo.
Todos se habían ido. Tamagastad no respondía a sus súplicas. De nada servían sus quejas ni los años en los que flecha en mano había buscado la felicidad de su pueblo, mucho menos su inquebrantable deseo de ver a todas las tribus unidas. El rey raspó el fondo de su alma tratando de encontrar explicación al suplicio. Buscó razones para calificar la furia de la jauría como algo ajeno a la vida. Las risas, dedujo, eran un espejismo y los aplausos, muestras infieles de los motivos humanos, porque los perros y los hombres barbados eran seres extrínsecos a la naturaleza del mundo.
Nadie antes los había visto. Nadie nunca los había conocido, y de no ser por una bandada de alcatraces que un día apareció en el lago llevando en sus picos granos desconocidos, todo seguiría igual que antes. Él gobernando a su gente y su gente trabajando en armoniosa prosperidad, aunque con los mismos problemas y las mismas trifulcas. Pero solos ellos y juntos ellos, y no forzados a luchar con los heraldos del mal, con los engendros del ninbumbi. Porque él, rey de reyes, había sido destinado a gobernar con rectitud y a perpetuar su casta en un reinado compuesto por tribunales de justicia y un concilio de viejos eruditos cuya sabiduría sería recordada por los siglos venideros. Por algo los dioses lo habían elegido y le habían puesto por nombre Diriá, que significa guerrero, hombre dispuesto a la lucha, y de sus labios brotaban las palabras que ellos mismos concebían, mientras que de su flauta manaba la reconciliación.
Sin embargo, todo era inútil en aquel momento de desesperación. Los perros intensificaban el combate ante el efluvio de la sangre. El báculo que los estatutos del aperreamiento otorgaban a la víctima para defenderse de los mastines, era apenas una perfidia de la misericordia, una falsa apología a las debilidades del corazón, pues las bestias, amaestradas a la luz de un sadismo refinado, eran víctimas del ayuno y el encierro. Después, eran liberadas para el enfrentamiento en donde no era furia lo que prodigaban sino hambre. Un hambre anunciada en bandos altisonantes y redoble de tambores que congregaban a todos en la plaza, asegurándoles la diversión más exclusiva y esperada en el hastío de aquellos años.
Era el aperreamiento un cúmulo de solemnidades destinadas a apaciguar los desvaríos del alma. Al ajusticiado se le llevaba a su destino final, lanzándolo a la primera jauría, la cual lo debilitada y, después a la segunda, la más hambrienta, que dejaba su cuerpo destrozado. La carroña era expuesta para escarmiento de los demás y eso Diriá lo sabía. Sabía que su cuerpo, hecho para vivir la gloria de la incorruptibilidad, terminaría como un despojo, un fiambre más, un desperdicio de huesos mal roídos y no como un ser egregio destinado a la deshonra de la putrefacción. Sus otros diecisiete mambos correrían la misma suerte.
En pocos minutos todo llegaría a su fin. Después vendría la calma y algunos mastines insatisfechos escarbarían buscando algún orificio indescubierto. Los hombres barbados se dispersarían dejando las risas y los aplausos perdidos en el silencio y los zopilotes aprovecharían para saciar su hambre crepuscular y todo volvería a ser como antes. Aunque sin él, sin su arco y su flecha. Su gente abandonada a expensas de seres inescrutables cuya grandeza no era otra que lanzarse con los ojos cerrados al barranco de la codicia. Fue entonces cuando pensó: mi muerte debe ser modelo de honor, pero ya todo estaba perdido. Los animales habían alcanzado partes vitales. El báculo había desaparecido en las fauces de cuatro mastines cenizos, marcados cada uno con una estrella en la frente. Las manos, al igual que los pies, se le habían convertido en extremidades deformes, en cabos cercenados incapaces de obedecer sus mandatos.
Empezó a tambalear. Los animales abrieron sus entrañas en incisiones profundas que dejaban al descubierto las vísceras, mientras la tensión iba creciendo en la plaza. El combate había alcanzado el mayor apogeo cuando su enorme estructura inició el desplome. Los hombres barbados gritaban enardecidos y los mastines, azuzados por la inminencia de la victoria, reforzaban el ataque. Era el final. El dolor había sucumbido y en su lugar aparecía un apremiante sentimiento de nostalgia. Y mientras se derrumbaba y los mastines trataban de alcanzarle frenéticamente el rostro, tuvo la certeza de que la muerte no sería una desgracia si ésta no llegara acompañada por un descomunal descontento, que anegaba el corazón de despecho, y lloró por su gente. Lloró por los años que la vida le quedaría debiendo, por el padecimiento de su pueblo y la convicción de saber que el sueño tanto tiempo anhelado quedaba truncado en la plaza, en las risas y en los gritos y en la mañana en que aciagos alcatraces anunciaron la llegada de seres desconocidos.
El momento más decisivo del encuentro lo sorprendía pensando que el triunfo de la muerte no era otro sino dar su golpe de gracia en las circunstancias menos indicadas. Que tanta lucha no valía un suspiro si al final todo se venía abajo. Pues la desazón de saber que no podría contar su historia, la historia de su pueblo, era aun mayor que el dolor de los mordiscos porque otros la contarían por él. Su pueblo ya no sería su pueblo sino el pueblo vencido, aplastado, reinventado en la memoria de los hombres, hecho nuevo para justificar el presente. Un presente que comenzaba a escribirse esa aciaga tarde de junio.
Y mientras los perros daban sus últimas estocadas, mordiendo sus despojos y oliendo muy cerca la proximidad del deceso, los hombres barbados escucharon una voz potente que salió del fondo mismo del suelo y vieron a Diriá apartar con osadía a cada uno de los mastines, incorporar su cuerpo y levantar los brazos en señal de heroísmo y resistencia. Y los sostuvo por largo rato, con ímpetu de guerrero, con arrojo de tapaligüi, hasta que los perros lo derribaron y los primeros zopilotes comenzaron a bajar atraídos por el silencio.