De las noches, la de octubre es más hermosa.
Agustín Lara
I
Apareció de pronto.
Ni siquiera nos conocíamos.
Con una gentileza calculada
llegó a invitarme para que disertara
en esos aburridos y mentirosos seminarios
en los que se pretende alzar
sobre un pedestal más alto a una justicia
que cada día marcha a tientas y más envenenada.
II
Blusa roja, pantalón negro.
Sonrisa contagiante, pómulos caucásicos,
dentadura perfecta, fina estampa.
Ligera e inteligente para armar su discurso,
de grandes gestos y mirada inquieta.
Dibujado el perfil, yo sabía desde entonces
que de esa fruta probaría sus jugos.
III
Cortés no me impliqué, esquivé la invitación.
Más bien le formulé la mía.
Conversar dos días después
en mi propia oficina.
Me pidió razones y respondí
con jerga de abogado.
No acudió a la primera cita.
Tuvo la delicadeza de llamarme y excusarse.
IV
La tarde del 24 de octubre
apareció radiante y glamorosa.
Dispuesto a conquistar a la mayor brevedad
ese territorio, esa geografía ignota,
abrí un paréntesis de lectura.
Leí para ella dos o tres ensayos propios
en los que hablo de amor, conquistas,
nostalgias, recuerdos y olvidos.
V
Con atención fingida,
como una actriz consagrada,
siguió el curso de mis lecturas.
Aprecié el goce de su risa,
su entusiasmo febril y palpitante.
Me divertí con sus gestos ampulosos.
La manera en que barajaba sus manos.
Después, como si nada, vino la propuesta
y la aceptación complaciente.
VI
Tiré los dedos y la invité a salir.
Enrumbé hacia Masaya
y cuando la plática estaba madura y sazonada,
sin reparos torcí hacia la izquierda
y me introduje raudo, como quien no quería,
en el Motel Los Laureles. Tuve temor al rechazo
pero no hubo sorpresas ni reparos.
En esa noche de octubre
como una amazona desbocada
montó potro sin freno
y selló el encuentro con una alegre carcajada.