Los inocentes, aguafuerte, 2002. Carlos barberena.

Encuentro Definitivo

De las noches, la de octubre es más hermosa. Agustín Lara I Apareció de pronto. Ni siquiera nos conocíamos. Con una gentileza calculada llegó a invitarme para que disertara en esos aburridos y mentirosos seminarios en los que se pretende alzar sobre un pedestal más alto a una justicia que cada día marcha a tientas […]

De las noches, la de octubre es más hermosa.

Agustín Lara

I

Apareció de pronto.

Ni siquiera nos conocíamos.

Con una gentileza calculada

llegó a invitarme para que disertara

en esos aburridos y mentirosos seminarios

en los que se pretende alzar

sobre un pedestal más alto a una justicia

que cada día marcha a tientas y más envenenada.

II

Blusa roja, pantalón negro.

Sonrisa contagiante, pómulos caucásicos,

dentadura perfecta, fina estampa.

Ligera e inteligente para armar su discurso,

de grandes gestos y mirada inquieta.

Dibujado el perfil, yo sabía desde entonces

que de esa fruta probaría sus jugos.

III

Cortés no me impliqué, esquivé la invitación.

Más bien le formulé la mía.

Conversar dos días después

en mi propia oficina.

Me pidió razones y respondí

con jerga de abogado.

No acudió a la primera cita.

Tuvo la delicadeza de llamarme y excusarse.

IV

La tarde del 24 de octubre

apareció radiante y glamorosa.

Dispuesto a conquistar a la mayor brevedad

ese territorio, esa geografía ignota,

abrí un paréntesis de lectura.

Leí para ella dos o tres ensayos propios

en los que hablo de amor, conquistas,

nostalgias, recuerdos y olvidos.

V

Con atención fingida,

como una actriz consagrada,

siguió el curso de mis lecturas.

Aprecié el goce de su risa,

su entusiasmo febril y palpitante.

Me divertí con sus gestos ampulosos.

La manera en que barajaba sus manos.

Después, como si nada, vino la propuesta

y la aceptación complaciente.

VI

Tiré los dedos y la invité a salir.

Enrumbé hacia Masaya

y cuando la plática estaba madura y sazonada,

sin reparos torcí hacia la izquierda

y me introduje raudo, como quien no quería,

en el Motel Los Laureles. Tuve temor al rechazo

pero no hubo sorpresas ni reparos.

En esa noche de octubre

como una amazona desbocada

montó potro sin freno

y selló el encuentro con una alegre carcajada.

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