Teoría económica y realidad

Doscientos treinta años exactos han pasado desde que Adam Smith publicara Una investigación sobre el origen y las causas de la riqueza de las naciones en 1776, y diera con esto inicio a la maravillosa ciencia de la economía. Desde entonces la economía, ciencia que declara como su principal objetivo descubrir las leyes que rigen […]

Doscientos treinta años exactos han pasado desde que Adam Smith publicara Una investigación sobre el origen y las causas de la riqueza de las naciones en 1776, y diera con esto inicio a la maravillosa ciencia de la economía. Desde entonces la economía, ciencia que declara como su principal objetivo descubrir las leyes que rigen la organización de la actividad económica de los hombres, y con este conocimiento pretende transformar la realidad para mejorar el bienestar de este, ha ideado toda clase de teorías y modelos económicos para interpretar, comprender y consecuentemente predecir el comportamiento económico del hombre.

En estos 230 años han surgido numerosas escuelas. Cientos de hombres intelectualmente eminentes se han dedicado al estudio de esta ciencia, todos con el mismo objetivo y todos han llegado a conclusiones diferentes. Tal pareciera que todas las escuelas han seguido el ciclo de la vida de los seres orgánicos pues todas han nacido, crecido y muerto con el transcurso de los años. No ha habido en estos 230 años una sola escuela cuyos postulados hayan durado intactos a través del tiempo. La economía ha cambiado mucho desde Smith en 1776 hasta Schelling y Aumann en el 2005.

En todo este tiempo, que en realidad es poco comparado con el que tienen las ciencias naturales, los economistas se han empeñado en crear teorías cada vez más sofisticadas con un grado geométricamente creciente de matematización en busca de una muy anhelada precisión que realmente nunca se ha alcanzado. Estas teorías han extirpado de su consideración todo aquello que no se pueda medir matemáticamente y simplemente lo llaman “constante”. Han sido desarrolladas teniendo en cuenta (o no teniendo en cuenta debería escribir) muchos otros aspectos cualitativos de la realidad humana, tales como los gustos, las preferencias, las costumbres, las tradiciones y los valores y virtudes morales propias de una sociedad como dados e invariables.

Desafortunadamente estos aspectos son relevantes dentro de la vida económica del hombre. Estas variables, que a los estudiantes de economía se nos enseña a mantener bajo Ceteris Paribus son probablemente las verdaderas causantes del desarrollo o atraso económico de un país.

Tal vez a esto se refería Max Weber, uno de los padres de la sociología, cuando dijera: “Si algo hemos aprendido de la historia del desarrollo económico es que todo depende de la cultura”. Tal pareciera que la teoría económica se hubiera desconectado de la realidad y viviera en un mundo autista, como le llaman los reaccionarios franceses, donde sus leyes son tan exactas como la ley de la gravedad y sus postulados tan válidos como los valores de la tabla periódica de los elementos.

La economía se ha convertido en un juego intelectual, jugado con sus propias reglas y no por sus consecuencias prácticas para comprender el mundo económico. Los economistas ortodoxos han convertido la materia en una forma de matemática social en la cual la rigurosidad analítica lo es todo y la relevancia práctica es nada. Muchos de los cursos de economía moderna tratan de “mundos imaginarios” donde todos los supuestos se cumplen y no tiene enlace alguno con problemas concretos.

No tenemos que irnos muy lejos para comprobar esta tesis. A lo largo de nuestra historia hemos implementado modelo tras modelo en busca del tan anhelado desarrollo económico. Algunos han sido más exitosos que otros pero ninguno ha sido totalmente exitoso, pues hasta la fecha seguimos siendo un país subdesarrollado y pobre. En los cincuenta y sesenta por ejemplo, probamos el modelo sustitutivo de importaciones y no funcionó. Así como tampoco funcionó el mercado común centroamericano que se probó por esos días. Luego se intentó con un modelo de economía con tendencia socialista y estatizada en su mayor parte en los ochenta que tampoco funcionó por muy diversas causas (causas que ningún modelo toma en cuenta vale decir, en nuestro caso fueron el bloqueo económico y la guerra financiada por Estados Unidos). Finalmente del noventa a la fecha hemos probado un modelo de desarrollo neoliberal que centra su fe ciega en el mercado y la empresa privada para el desarrollo. Un modelo, que con la realidad económica como mi testigo, me atrevo a decir que tampoco ha funcionado.

Las medidas económicas derivadas de estos modelos rígidos no pueden insertarse en una sociedad como la nicaragüense sin provocar rechazos y grandes sufrimientos humanos, tal como lo muestran las protestas de los sectores populares, los médicos y los maestros. Habría que encontrar modos de incrementar el bienestar y la satisfacción de las necesidades esenciales de la población de los países subdesarrollados que estuvieran basados en elementos propios, provenientes de la cultura tradicional enraizada en cada país. No es casualidad el éxito económico conseguido por algunas naciones del este de Asia que han conseguido entroncar las instituciones económicas modernas en unas sociedades de tradición fuertemente comunitaria y una organización social fuerte que data de muchos siglos.

Aunque los economistas han sido, durante mucho tiempo, incapaces de imaginar una política de desarrollo alternativa, cada vez es más firme el convencimiento de que los países subdesarrollados no debemos seguir ciegamente el camino de los países desarrollados sino que debemos de tratar de seguir nuestro camino propio. Crear nuestras propias teorías basadas en nuestras propias características sociales y culturales que permitan predecir nuestro propio comportamiento y por consiguiente modificar nuestra realidad.

No podemos esperar que un modelo matemático publicado en los working papers del FMI o una teoría ortodoxa basada en supuestos incompatibles con nuestra naturaleza y que sea publicada en el American Economic Review o en Econometrica describa con precisión nuestra realidad. Debemos nosotros, los economistas y futuros economistas nicaragüenses, estudiarnos a nosotros mismos. Porque sabemos más nosotros de nosotros mismos que un grupo de economistas graduados de Harvard, Yale o el MIT que venga en una misión del FMI a hospedarse en nuestros hoteles de cinco estrellas, palabras de Joseph Stiglitz no mías, a preparar un informe que tal vez ya esté listo de antemano. Y cuya redacción se haya basado más en fundamentos ideológicos que en análisis científicos y objetivos de nuestra realidad. Tal como lo afirma Stiglitz.

Lo que Nicaragua necesita y lo que los economistas nicaragüenses necesitamos hacer es despertar de esta inercia intelectual que nos agobia y empezar a estudiarnos a nosotros mismos. Debemos estar conscientes de que ningún modelo teórico, que haya sido desarrollado en las prestigiosas universidades norteamericanas y europeas, cubrirá todos los aspectos que caracterizan a nuestra sociedad particular y por tanto ninguno nos ofrecerá una opción de política económica que realmente dispare nuestro despegue e inicie el “milagro económico” que nuestro país tanto necesita.

*El autor es estudiante de Economía, UNAN-Managua

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