No cabe ninguna duda de que el boxeo es uno de los deportes más populares de Nicaragua —el segundo, después del beisbol, aseguran cronistas deportivos— y el que le ha proporcionado al país varios campeones y nombres famosos a nivel internacional.
El boxeo está institucionalizado en Nicaragua, es un deporte legal, federado y protegido —al menos de manera formal— por el Estado, por medio del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD) y específicamente por el Instituto Nicaragüense de Deportes (IND), que es una rama institucional de dicho Ministerio.
Ahora bien, ante el gran despliegue que se le da a espectáculos deportivos de carácter profesional y comercial, como por ejemplo la pelea de Ricardo Mayorga del sábado recién pasado, algunas personas critican que es demasiado el espacio que se les concede, sobre todo porque se trata de un púgil que a pesar de su fama y reconocida capacidad boxística, por su deplorable comportamiento personal y sus vulgaridades habituales ante los medios de comunicación y en el cuadrilátero, es un ejemplo negativo para la juventud nicaragüense.
También se critica que se le dé tanta importancia a un deporte que se caracteriza por su crueldad e inhumanidad, en el que dos personas se lían a puñetazos hasta que uno de ellos cae inconsciente, o hasta que el árbitro suspende la pelea para que no siga recibiendo un castigo inmisericorde, o que gana —al final del combate, en el tiempo programado, según el criterio de los jueces y mediante los gritos de una multitud frenética— el combatiente que asestó los golpes más contundentes y dañinos
En realidad, el boxeo —que según se dice está situado en el puesto número 12 de la clasificación de los deportes de riesgo— es una actividad física muy dura; su práctica requiere de mucha fortaleza y temple de quienes lo practican, demanda un gran entusiasmo para no abandonarlo ante las muchas y frecuentes dificultades que se deben enfrentar y vencer, exige un verdadero espíritu de sacrificio para poder dar la talla y mantenerse en forma de manera permanente, y sobre todo requiere de una gran pasión. Tal vez por eso mismo es que tiene tantos admiradores.
También se critica al boxeo profesional y comercial —como la pelea de Mayorga con el púgil mexicano-estadounidense Oscar De la Hoya, el sábado recién pasado—, porque lo vinculan a la política. Pero la verdad es que el boxeo no es político, como no lo es ningún otro tipo de deporte. El deporte en general y el boxeo en particular no es de derecha ni de izquierda, no es reaccionario ni progresista, no es sandinista ni es liberal o conservador. Es sólo deporte.
Lo que pasa es que algunos políticos manipulan ciertos deportes en su provecho y también hay deportistas que aprovechan su fama deportiva para obtener posiciones políticas que les reportan importantes beneficios materiales. Pero eso no hace al boxeo ni a ningún otro deporte una actividad política, de la misma manera que el hecho de que algunos curas se involucran con determinados caudillos y partidos políticos, no hace de la religión ni de la Iglesia Católica una actividad y una institución política partidista.
Además, tampoco puede ser despreciable un deporte, en este caso el boxeo, porque algún deportista que lo practica se comporte dentro y fuera del ámbito deportivo de manera contraria a los principios básicos de la ética profesional y a la buena educación, y se involucra en escándalos policiales y judiciales inclusive acusado por cometer delitos inmorales.
En todo caso, si a pesar del deplorable comportamiento personal y social de tales individuos, por sus éxitos deportivos la población los convierte en héroes sin importarle que son ejemplos negativos para la juventud, la culpa es de la misma sociedad.
En efecto, al escoger a sus ídolos (lo mismo que a sus gobernantes y representantes políticos) la sociedad expresa una determinada escala de valores y demuestra la concepción que tiene acerca del sentido de responsabilidad. La escogencia de los héroes deportivos, como todas las decisiones de vida y las actitudes hacia los demás y hacia los valores, son elecciones que se asumen —como individuos y como sociedad— bajo la propia y exclusiva responsabilidad.