De la HOya fue el dueño del centro del ring, mientras que Mayorga se mantuvo acorralado en las cuerdas. (LA PRENSA/T. STARGARDTER/ENVIADO ESPECIAL)

¡Qué terrible fue!

Desde LAS VEGAS Ya pasó todo, quisiéramos borrar las imágenes, pero es muy pronto todavía, y estas permanecen tercas, moviéndose como si bailaran siniestramente un tango desgarrador interminable. Sigo aferrado a lo que consideramos una gran posibilidad, como era ver a Ricardo Mayorga imponiendo su furia, amargando y frustrando el retorno de Oscar De la […]

Desde LAS VEGAS

Ya pasó todo, quisiéramos borrar las imágenes, pero es muy pronto todavía, y estas permanecen tercas, moviéndose como si bailaran siniestramente un tango desgarrador interminable.

Sigo aferrado a lo que consideramos una gran posibilidad, como era ver a Ricardo Mayorga imponiendo su furia, amargando y frustrando el retorno de Oscar De la Hoya, convirtiéndolo en un intento absurdo, casi suicida.

Pero, ¿qué es lo que vimos y golpeó nuestras cabezas?

Oscar De la Hoya utilizando con singular maestría su látigo zurdo, cambiando ángulos con sus disparos, manteniendo su derecha amartillada, estableciéndose rápidamente y con autoridad en la distancia conveniente, demostrando que un veterano verdaderamente boxeador, con suficiente fondo físico, vale más entre las cuerdas que un duro fajador sin boxeo, y naturalmente sin ideas.

Ricardo Mayorga dio la impresión de pelear al desnudo mientras era sometido a un strip tease grotesco. En ciertos momentos fue tanta la diferencia entre Oscar y Ricardo, que nos pareció estar asistiendo a una sesión de guanteo en público, como aquella que ofreció Muhammad Alí con Jimmy Ellis como sparring, en el Felt Forum del Garden, preparándose para enfrentar a Ernie Shavers en 1977.

Muy temprano, De la Hoya se acercó a su punto de ebullición y más de 13 mil saltaron de sus butacas para sumergirse en un oleaje de emociones. Mayorga había sido derrumbado con una combinación de golpes, producto de una genialidad arquitectónica con la firma de Bernini. Y de inmediato, otra descarga, veloz, potente, certera y abrumadora, con Mayorga en peligro de perder su cabeza pero sobreviviendo heroicamente.

Olvídense del daño que pueden haber provocado los golpes de Félix “Tito” Trinidad a un rostro expuesto con imprudencia temeraria, y admiren nuevamente la resistencia de Mayorga. Él no sólo estaba en pie, sino que intentando responder con esa valentía impresionante que lo cobija y lo impulsa al riesgo.

Stacey McKinley, del equipo de Mayorga, lo admitió: ese fue el momento clave, impidiendo que viéramos al Ricardo agresivo y destructivo que logra volcarse sobre sus rivales.

Con excepción de dos derechas potentes, una clavada en el segundo asalto, reconocida por De la Hoya como estremecedora, y ese gancho corto que se abrió paso crujiendo y se ensartó en la mandíbula de Oscar en el último minuto del tercer asalto, Mayorga no tuvo opciones ofensivas.

Espléndida condición física de ambos. La de Mayorga para absorber y mostrar señales de vida contra viento y marea, y la de Oscar para sostener ritmos de golpeo alucinantes, como esos del sexto round, que terminaron dramáticamente con Ricardo.

Un tipo de agresión, que años atrás, con De la Hoya en plenitud, liquidó a Ike Quartey y destrozó a Fernando Vargas.

Mayorga desarmado, se encerró en un molde: disparar sin control y tratar extrañamente de moverse buscando distancia sin saber qué hacer si lo conseguía. Eso no tenía ninguna utilidad, pero ¿qué más podía pretender? Seguramente, se sintió como un condenado en el callejón de la muerte.

¡Qué bueno que la pelea terminó en el sexto round! No tenía sentido que el martirio se extendiera. Sin plan, sin recursos, sin poder inventar algo, Mayorga estaba viajando vertiginosamente hacia lo trágico.

Cuando todo acabó. Respiramos profundo. Nuestras esperanzas, también habían sido derrumbadas. Oscar no dejó piedra sobre piedra.

¡Diablos! Las imágenes no se borran, permanecen tercas, como bailando siniestramente un tango desgarrador.

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