Ayer fue la celebración del Primero de Mayo, Día Internacional del Trabajo (o de los Trabajadores), que tiene su origen en un evento trágico en la historia de EE.UU. En esa fecha del año 1886, hubo una huelga general de trabajadores para exigir la reducción de la jornada laboral a ocho horas, pues a la sazón era de entre 10 y 16. En Chicago la huelga alcanzó ribetes violentos y fue brutalmente reprimida. Un manifestante lanzó un artefacto explosivo que mató a varios policías. Ocho militantes anarquistas fueron capturados y juzgados. Cinco de ellos, condenados a la horca. Tres recibieron cadena perpetua. Su muerte levantó protestas a nivel internacional. Al final se comprobó que las ejecuciones habían sido injustificadas por la falta de pruebas contra los enjuiciados y de ahí en adelante el Primero de Mayo fue recordado como el día de los “Mártires de Chicago” los cuales encarnan las aspiraciones de justicia de los trabajadores del mundo.
En nuestros días, el Primero de Mayo se ha convertido en una celebración de características más amplias. Es asueto nacional en una gran cantidad de países y los trabajadores hacen marchas de protesta, mítines y discursos para demandar mejores condiciones laborales. Es claro que la situación de los trabajadores varía de un país a otro. En Estados Unidos, por ejemplo, hay excelentes salarios y muchos beneficios y prestaciones con los que ni siquiera sueñan los obreros de los países pobres. Así se explica el enorme flujo de migración ilegal hacia ese país. En Centroamérica y el Caribe la situación es extremadamente mala. Aquí, el desempleo, el subempleo, los bajos salarios, el analfabetismo, las enfermedades, la desnutrición, el índice de muertes infantiles, la falta de prestaciones adecuadas, etc. son rampantes.
En este sentido, vale la pena referirse a la reciente solicitud del FMI a los gobiernos democráticos de América Latina para que urgentemente desarrollen políticas sociales que alivien la pobreza de los sectores más vulnerables. Dicha petición no sorprende porque los funcionarios de este organismo saben que la pobreza es el caldo de cultivo de los estallidos sociales y del oportunismo de políticos populistas que utilizan un discurso anticapitalista para crear y fortalecer sus propios feudos izquierdistas. Además, en el FMI se sabe que si los pobres no experimentan los beneficios de la riqueza producida por la economía de libre mercado, van a abrir su oído al discurso populista y a seguir a los demagogos. De manera que los gobiernos deben integrar políticas sociales a favor de los pobres en sus programas de gobierno y estas deben verse reflejadas en los presupuestos y en la reducción de gastos excesivos innecesarios, como los megasalarios de funcionarios, diputados y magistrados que, además, definen los puestos políticos como medios de enriquecimiento personal.
A la par de que los gobiernos implementen políticas sociales a favor de los trabajadores, se hace necesario un cambio de mentalidad en la clase empresarial para desarrollar una actitud de responsabilidad social, como la que promueven algunos capitalistas con visión de futuro y sentido de justicia social que se agrupan en la Unión Nicaragüense de la Responsabilidad Social Empresarial (Unirse), la cual celebró un congreso sobre ese tema en los últimos días de la semana recién pasada.
Un asalariado desnutrido, enfermo y descontento no rinde ni desarrolla estimación por la empresa ni por su puesto de trabajo. La empresa privada es el motor del crecimiento económico y debe serlo también del progreso social.
Además, el desarrollo pasa por un cambio y mejoramiento en el sistema de relaciones entre los países desarrollados y los subdesarrollados. Los países ricos deben pagar a los países pobres lo que realmente corresponde por lo que estos producen y comercializan a nivel internacional. Los tratados comerciales deben ser ajustados para reducir los elementos de desventaja competitiva que les son inherentes.
Por supuesto que los países pobres tienen también que poner mucho de su parte. Ante todo deben elegir gobernantes honrados y eficientes que promuevan la creación de riqueza y no que se la roben. Si los países del mundo tienen economías saludables y justas, el Día de los Trabajadores dejará de ser un día de protestas para convertirse en una fiesta de la justicia.