Es cuestión de carácter

Carácter, desde el punto de vista ético, es la adaptación de la voluntad de una persona a su identidad moral. En palabras más simples, es actuar de acuerdo a lo que se proclama ser; respetar la propia conciencia, los principios, los ideales. El carácter es algo adquirido, aprendido, inculcado por la familia, la escuela, la Iglesia y otros grupos sociales con los cuales el individuo tiene contacto a lo largo de toda su vida. El carácter también puede deformarse y perderse cuando ante las diversas circunstancias cotidianas se violan los principios acumulados en la conciencia. Cuando una persona pierde el carácter, se irrespeta a sí misma y pierde el respeto de los demás. En fin, lo ideal es que en la sociedad, los cargos públicos y de responsabilidad social sean ejercidos por personas de carácter.

De ahí que la reciente y nueva denuncia acerca del fraude cometido contra Unión Fenosa por algunos ciudadanos prominentes de Managua, informa de manera preocupante sobre la crisis moral generalizada que abate a la sociedad nicaragüense. Hay evidencia de que gran parte de la población de escasos recursos comete fraude, no sólo con la energía eléctrica sino también con el agua, el servicio de televisión por cable o en otros ámbitos donde se da la oportunidad. Las personas pobres justifican este tipo de acciones con su pobreza, su falta de capacidad de pago. “Después de todo” —dicen— “la defensa es permitida”.

Se puede entender —sin justificar— hasta cierto punto que la gran necesidad de algunas personas pobres las empuje a defraudar en alguna manera. Sin embargo, ser pobre no debe ser equivalente a ser deshonesto. “Pobre, pero honrado” es una frase que hay que sacar de los baúles de los bisabuelos. Pero bien, lo absolutamente inexplicable e inaudito es que servidores públicos que reciben salarios altísimos, así como individuos investidos de una alta dignidad por razón del cargo civil o militar que ejercen o ejercieron, caigan en este tipo de conducta. Estos no tienen ninguna justificación, como tal vez la hay a en el caso de los muy pobres. Lo único que se puede deducir de este comportamiento es el afán insaciable de tener más, de gozar de más privilegios, de querer un estatus más alto del que ya se tiene, de una sobrevaloración de lo material. Y este afán es el que lleva a las personas a olvidarse de su prestigio, de su nombre, de su carácter.

Aunque este sea un tema incómodo y vergonzoso, no se debe dejar pasar desapercibido. Tampoco ayuda justificar el fraude lanzando sobre él cortinas de humo, como acusar sin fundamento a otros individuos o instituciones, para decir: “Ya que otros también roban, a nosotros nos asiste el derecho de hacer lo mismo”. Robar no se convierte en un acto justo por el hecho de que otros lo hagan ni tampoco hace menos culpable a nadie. Y acusar sin pruebas a los demás —como lo ha hecho el secretario del FSLN, Daniel Ortega Saavedra— es doblemente inmoral. Sería realmente grande y digno reconocer el abuso cometido y disculparse. Pero hasta para reconocer las faltas es necesario tener carácter y eso es algo que en Nicaragua, especialmente en los círculos políticos y de poder, escasea alarmantemente. En algunos países la denuncia de fraude de un funcionario o magistrado de alguno de los poderes del Estado es causal suficiente para su despido. Pero en Nicaragua eso no parece inquietar a nadie.

William Ellery Channing decía: “La gran esperanza de la sociedad radica en el carácter del individuo”. Es necesario, por lo tanto, volver a creer en ideales; hay que rescatar los principios de honestidad y probidad de los servidores públicos y promover la formación de un ciudadano virtuoso. Sólo así se puede aspirar a una sociedad en la que prevalezca la justicia y donde los ciudadanos confíen otra vez en sus políticos, en las instituciones y en los hombres y mujeres que las dirigen. De lo contrario, la corrupción se irá extendiendo a todos los ámbitos sociales hasta convertirse en un ingrediente del carácter nacional y, cuando eso ocurra, la comunidad internacional hablará de Nicaragua como una sociedad de deshonestos, de tramposos, de inmorales.

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