- “En el internado la disciplina era férrea y la vida del estudiante dependía de una campana. Los toques de esa sonaja te decían cuando debías levantarte, bañarte, desayunar, estudiar y entrar a clases. Aquello era horrible. Otros toques te marcaban el almuerzo, la cena, otra vez el estudio y la hora de dormir. Cada actividad se iniciaba y terminaba con el toque de aquella campanita, que te hacía actuar como lo hacían los condenados a galeras al ritmo del tambor del bogavante”
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