Katrina ha sido uno de los huracanes más fuertes de los últimos años. (LA PRENSA/ARCHIVO)

Nica se topa con anciano que desafió huracán

Visitó Nueva Orleáns y al ver las huellas de Katrina volvieron a su memoria los recuerdos del terremoto de Managua Especial para LA PRENSA La advertencia era clara: “Nueva Orleáns está como la Managua terremoteada”. El hecho de estar en el primer mundo parecía contradecir semejante afirmación, pero era cierto. Ya cuando las aguas habían […]

  • Visitó Nueva Orleáns y al ver las huellas de Katrina volvieron a su memoria los recuerdos del terremoto de Managua



Especial para LA PRENSA

La advertencia era clara: “Nueva Orleáns está como la Managua terremoteada”. El hecho de estar en el primer mundo parecía contradecir semejante afirmación, pero era cierto.

Ya cuando las aguas habían bajado, tres meses después del Katrina, el efecto de la destrucción todavía era visible en el centro de la ciudad donde había una normalidad a medias.

Mi mirada topó con casas y edificios intactos, y otros semidestruidos por los efectos del agua empozada.

El comercio, “a ojo de buen cubero”, estaba abierto en un 40 por ciento y dentro de los edificios aún quedaban zonas inutilizadas. Cualquier establecimiento, para abrir al público, debe exhibir en sus puertas el permiso de las autoridades.

También los edificios condenados están obligados a exhibir el letrero apropiado para impedir el paso de los despistados o imprudentes.

A PESAR DE LA SEGURIDAD

Son muchas las medidas de seguridad y sin embargo, vehículos, evidentemente en uso por estar estacionados en casas habitadas, amanecían despojados de sus llantas, víctimas de los vándalos nocturnos.

Un recorrido por la ciudad y sus alrededores permitió ver, con más claridad lo dramático de la situación.

Aunque quedaban pocos lugares inundados, una línea oscura delataba hasta donde habían llegado las aguas en las casas y edificios.

En las casas habitadas los techos dañados fueron cubiertos, a cuenta del Gobierno, con un plástico especial de color azul para protegerlas de la lluvia.

PAISAJE SURREALISTA

Impresiona cómo prácticamente en el mismo lugar se podían ver casas de pie rodeadas de otras en escombros; algunas que fueron arrancadas desde sus cimientos, fundidas en un solo abrazo con las demás.

Había algunas que hasta simulaban escenografías de obras de teatro: una pared arrancada y adentro, los distintos espacios del primero y segundo piso con algunos muebles que determinaban lo que fue una sala, una cocina o un dormitorio.

Por todos lados, recostados en la tierra, yates de todos los tamaños y hasta muelles.

LOS NEGOCIOS SIEMPRE ABIERTOS

El comercio estaba abriendo a su hora habitual, las 10 de la mañana, pero cerraba a las 6:00 de la tarde, a pesar de ser vísperas de Navidad.

El número de habitantes de Nueva Orleáns estaba reducido, sin embargo, habían regresado quienes tenían un empleo en los lugares ya habilitados.

También se han agregado una enorme cantidad de hispanoamericanos, entre ellos nicaragüenses, legales e ilegales, siempre dispuestos a ejercer sus oficios o aprender haciéndolos; son carpinteros, reparadores de techo, pegadores de cerámica, pintores, fontaneros.

Las actividades cotidianas de quienes han decidido reinstalarse en su ciudad, se combinaban con la búsqueda, en las pocas ferreterías abiertas, de materiales para reparar sus casas.

Muchos recibían un subsidio gubernamental para habitar en hoteles o apartamentos, otros habían adosado una casa rodante en su patio frontal, también facilitada por el Gobierno.

El espíritu de solidaridad se sentía, también de manera similar, como en la Managua terremoteada.

EL VIEJO Y EL HURACÁN

En la televisión, una de las presentadoras dice que “ese es el hombre que quisiera tener a mi lado en un momento así”. Ella habla de Kennard Jackley, un señor que aparenta más de los sesenta y cinco años que confiesa, su pelo está totalmente blanco. Lo sabemos por su barba ya que su cabeza la cubre con una gorra blanca, probablemente para que no sepamos cuán descabellado está.

Pero Kennard, considerando que vive a orillas del lago Pontchartrain y además rodeado de pantanos, los extensos “bayous”, tuvo el atrevimiento de quedarse en su casa durante todo el proceso del Huracán Katrina.

Al día siguiente me alisto para el “tour del desastre”, lo recorrí de la mano de compatriotas que se tomaron el tiempo para mostrar la ciudad que los adoptó, ahora desarticulada.

Recorriendo los alrededores, alguien reconoció el vecindario de Kennard. Se avistaba el letrero hecho a mano que ofrecía en venta el DVD que Kennard había filmado y que llamó la atención de los medios de comunicación.

Es que con una de esas pequeñas cámaras digitales, Kennard filmó todas las etapas del fenómeno que casi le cuesta la vida.

La filmación deja el espíritu en alto, a pesar del malestar de las imágenes movidas, ya por la impericia o por la arremetida de los vientos y la lluvia que mueven la mano del improvisado reportero.

Kennard ha transmitido más que un fenómeno natural, muestra cómo un ser humano, aún en medio de la tormenta, mantiene su gallardía, su respeto y amor por la naturaleza, su manera práctica de mantener su comunicación con el resto del mundo y no quedarse solo a pesar de su soledad y, sobre todo, el cariño por sus vecinos, olvidando su propio miedo.

Amainada la tormenta, refleja su inmenso afecto por aquellos animalitos que sólo Dios sabe cómo se mantuvieron con vida y aparecieron por su patio. Perros, patos y pájaros fueron alimentados por la mano amorosa del sobreviviente humano.

Kennar Jackley comenzó filmando para mostrar a la aseguradora sus pertenencias, pero siguió ante el portento del fenómeno y terminó reeditando El viejo y el mar, con él y el huracán de protagonistas.

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