Para triunfar en la vida y vencer a la muerte

José Esteban González Rappaccioli

La Biblia es ante todo y por encima de todo un libro sagrado, pero, no es únicamente eso. Es, además, el compendio histórico más amplio, detallado y completo de la cultura y de la sabiduría del pueblo de Israel. No encontraremos en la Biblia enseñanzas científicas, pero sí podemos buscar en ella, además de las enseñanzas específicamente religiosas, orientaciones derivadas de la historia que pueden perfectamente aplicarse hoy día al arte de la política y del buen gobierno, a las actividades empresariales y profesionales.

Los libros históricos, por ejemplo, relatan la historia del pueblo de Israel, de sus líderes y gobernantes, su transición de un sistema de gobierno teocrático, en donde cada nuevo líder era ungido por un profeta, a uno monárquico hereditario. Presenciamos la división del reino en dos— Israel y Judá—, las luchas palaciegas por el poder, la corrupción en las altas esferas, la codicia de los poderosos, la lascivia de reyes y reinas, violaciones incestuosas en la propia familia real, las invasiones de ejércitos poderosos y las estrategias militares de uno y otro bando, el auge y hundimiento de imperios, el esplendor y miseria de reyes dementes y la rebeldía de una familia —los Macabeos— que encabezaron una guerra de guerrillas hasta la expulsión de la potencia invasora, similar en muchos aspectos a la del “pequeño ejército loco” de Sandino

Los escritos sapienciales —El Eclesiastés, la Sabiduría y los Proverbios— contienen una riqueza inagotable de enseñanzas prácticas sobre la vida cotidiana. Hablan de las virtudes de los sabios y de la estupidez de los necios, ensalzan el trabajo y el ahorro, proclaman la riqueza al mismo tiempo como signo de bendiciones y como trampa para los corazones, contienen mensajes para los poderosos y para los humildes, para los sacerdotes orgullosos y los pontífices opulentos, para los hombres sencillos y mansos. Nada puede ser más saludable ni más útil para una persona bien intencionada que desea dedicarse a la vida pública que leer regularmente estos escritos. Encontrará en ellos enseñanzas prácticas aplicables a la realidad de hoy, consejos que, no obstante datar de siglos antes de la era cristiana, conservan su validez en la era de las computadoras y de la conquista del espacio.

El Evangelio —esa inagotable “buena nueva”— está lleno de enseñanzas y ejemplos aplicables a la vida política. Cristo habla del origen del poder y de su legítimo ejercicio, de la obediencia debida a las autoridades y del derecho a rebelarse contra los opresores. Con frecuencia, sus parábolas presentan la conducta de reyes y poderosos y también la actitud de los simples ciudadanos frente al poder. Da consejos específicamente políticos que bien harían los candidatos a cargos públicos a tomar en cuenta: “El que quiera ser el primero —es decir el que quiera gobernar— debe hacerse servidor de los demás”. Yo he escuchado al Primer Ministro de Noruega, Kjell Magne Bondevik, citar textualmente estas palabras ante una audiencia egregia para explicar el apoyo masivo del que disfrutaba, no obstante pertenecer a un partido —el Partido Popular Cristiano— con un porcentaje de votos minoritario.

Encontramos en el Evangelio, incluso, referencias específicas a las encuestas. Cristo les preguntó a sus discípulas: “¿Qué dice la gente de mí? ¿Quién creen que soy?” Y al escuchar su respuesta, Cristo insiste: “Y, según ustedes, ¿quién soy yo?”

Y en cuanto a la escenografía de campaña, ¿creemos acaso que la entrada triunfal en Jerusalén fue algo improvisado? Ciertamente no. Fue un verdadero cierre de campaña, aunque la campaña, en ese caso, no era política sino la de la redención del género humano. Cristo tenía su plan. No se puede descartar que Él mismo o un enviado suyo hubiese antes arreglado con el dueño del jumento en que debería montarse… ¿Y qué pensar de su consejo: “Sed astutos como serpientes y mansos como palomas”? El problema es que muchos políticos sólo aplican la primera parte y actúan como víboras.

Cristo claramente nos enseña a ser ambiciosos y a trabajar teniendo en mira la recompensa: el que dejare padre, madre, hermanos y heredades, obtendrá el ciento por uno… Buscad el Reino de Dios y todo lo demás se os dará… Releamos con mente clara las parábolas de los talentos, la del administrador astuto, la de la mies… En ninguna de ellas propone Cristo buscar la pobreza, contentarse con el fracaso… Todo lo contrario, nos invita y buscar la riqueza (sin apegarnos a ella) y el éxito y nos da también la clave para sacar provecho del fracaso y de las dificultades. El mensaje de Cristo es un mensaje para triunfadores, no para perdedores y pusilánimes.

Pablo de Tarso, conquistador de ambición ilimitada realizó conquistas que dejan pálidas las conquistas de Alejandro. Los doce obreros y pescadores empujados por el Espíritu desarrollaron una estrategia de expansión tan eficaz que, en pocos años, el mensaje revolucionario del Maestro era conocido en todos los rincones del imperio. Las técnicas de infiltración más sofisticadas desarrolladas por el comunismo soviético palidecen ante la infiltración persistente y eficaz del cristianismo que desde las barriadas en que se hacinaban los pobres y se ocultaban esclavos fugitivos fue poco a poco invadiendo las resplandecientes galerías de los Palacios Imperiales hasta conquistar el propio corazón del emperador y de su madre.

Se equivocan los que creen que el cristianismo es una religión sólo para personas alejadas del mundanal ruido. No, al contrario: es la religión de los que vivimos inmersos en la lucha cotidiana. Contiene enseñanzas válidas para el recaudador de impuestos, para el comerciante, para el organizador de fiestas, para el rico propietario, para el agricultor y para los peones, habla de salarios justos e injustos, de la vida disoluta de algunos y de la pureza impoluta de otros, de las ambiciones y envidias que germinaban entre sus apóstoles y discípulos y del canibalismo de unos para desplazar a los demás. Habla del amor y la lascivia, de prostitutas honestas y de damas de alcurnia y reinas incestuosas con corazón y lengua venenosas como áspides.

Hay, sin embargo, un aspecto en el que el Evangelio y los escritos de los apóstoles son particularmente claros y convincentes: es la proclamación unívoca e irreversible del amor de Cristo y de su Padre por los más pobres, débiles y desheredados. Y no lo hace con palabras sentimentaloides sino con un vigor y claridad no alcanzados ni en el Manifiesto Comunista.

Los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles describen la vida en la primera comunidad cristiana, la de Jerusalén, donde nadie consideraba sus bienes como propios y venían a depositar a los pies de los apóstoles el producto de la venta de sus propiedades para que éstos lo distribuyeran entre todos y nadie pasara necesidad.

Si alguien quiere saber lo que es un mensaje de denuncia y de amenaza para los ricos de corazón duro que lea detenidamente los capítulos 2 y 5 de la Epístola de Santiago. Si alguno, después de leerla, considera que puede seguir embolsándose millones mientras en torno suyo otros seres humanos viven en la miseria, no ha entendido nada de lo que es el cristianismo. Recomendamos particularmente su lectura a nuestros gobernantes, diputados y altos funcionarios que reciben salarios escandalosamente elevados mientras, en torno suyo, maestros, enfermeras, policías y soldados de línea tienen que sobrevivir con salarios de miseria. O los grandes propietarios que perciben ganancias desproporcionadas mientras sus peones siguen viviendo en miserables casas de una sola habitación, con piso de tierra, y mientras los hijos de los campesinos tienen algunas veces que disputarse los huesos con los perros y los guineos con los chanchos.

En diversas formas y ocasiones, los escritos apostólicos repiten incansablemente algo que nunca dejará de ser esencial en el mensaje cristiano y la única llave para entrar en el cielo: “No se olviden de los pobres”.

Sí, amigo lector, así es el mensaje cristiano: claro, exigente, desafiante. Exige generosidad hasta el absurdo, invita a ayudar a desconocidos, a entregar la túnica al que te quiere despojar, pero también pone como ejemplo al administrador astuto, a la mujer que barre la casa hasta encontrar la moneda perdida, alaba la astucia del que encuentra un tesoro en un campo y que no se lo dice al dueño sino que vende cuanto tiene para comprarlo.

Así es la palabra de Dios, buena para conquistar la vida eterna y también para triunfar en la vida terrena. ¡Quien no lo crea, que haga la prueba!

El autor es fundador de la CPDH y Presidente Nacional del PSC

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