Fábrica de flores

Con variedades propias de rosas, la ecuatoriana Hilsea cobra regalías y envía un mensaje a los productores colombianos. María Teresa EscobarQuito, EcuadorPablo Viteri Pablo Viteri, gerente general de Hilsea, tiene todo listo para dar un paso histórico. Su empresa, una de las tres principales productoras ecuatorianas de flores, comenzará a exportar a fines de este […]

  • Con variedades propias de rosas, la ecuatoriana Hilsea cobra regalías y envía un mensaje a los productores colombianos.

María Teresa EscobarQuito, EcuadorPablo Viteri

Pablo Viteri, gerente general de Hilsea, tiene todo listo para dar un paso histórico. Su empresa, una de las tres principales productoras ecuatorianas de flores, comenzará a exportar a fines de este año cinco variedades de rosas. ¿Cuál es la novedad? Las rosas fueron desarrolladas en el laboratorio de mejoramiento genético Esmeralda Breeding, que Hilsea levantó hace ocho años en San Miguel de Atalpamba, un pequeño distrito agrícola de la provincia de Pichincha.

Ese hito promete no sólo mejorar los resultados de Hilsea, sino los de buena parte de los floricultores ecuatorianos. En las últimas dos décadas Ecuador se posicionó como uno de los mejores productores de rosas del mundo, pero no con sus propias variedades. Los floricultores locales compran el derecho a cultivar una variedad a los hibridadores especializados de Holanda, Alemania, Estados Unidos y Francia, por lo que pagan elevadas regalías. “Representan cerca del 10 por ciento de nuestros costos operativos”, dice Viteri.

Ahora esa relación puede comenzar a invertirse. Los floricultores ecuatorianos están cerca no sólo de dejar de pagar róyalties, sino de empezar a cobrarlos. Y el negocio asoma prometedor. Con 400 millones de dólares de exportaciones proyectadas para 2006, las flores representan en Ecuador el tercer rubro en ventas externas, detrás del petróleo y el banano.

Ése es el filón que vio Esmeralda Farms, una multinacional con sede en Miami, dueña de Hilsea y de un grupo de fincas en México, Perú, Colombia y Costa Rica. La empresa invirtió un millón de dólares en el laboratorio de Ecuador con el objetivo de reemplazar, a largo plazo, por variedades propias los 30 millones de tallos de rosas que Hilsea corta al año en el país. El experimento ya tuvo éxito en el segmento de producción de “flores de verano”, como se llaman las especies que crecen fuera del invernadero.

Hilsea ya exporta 170 millones de tallos, especialmente a Estados Unidos y Europa. Y cultiva 35 nuevas variedades de “flores de verano”, como hypericum, astromelias y gypsophilias, con características únicas salidas de su laboratorio de Ecuador en las plantaciones que tienen en otros países. Esas variedades ya han sido registradas por Hilsea en Colombia, Ecuador, EE.UU. y Europa.

La posibilidad de que las variedades de Hilsea paguen menos regalías es música para los oídos de una industria que ha visto crecer sus costos en un 70 por ciento desde que la economía ecuatoriana se dolarizó en 2000. Eso, sumado al aumento de los precios de las cubiertas plásticas de los invernaderos, el costo de la calefacción artificial y los fletes de avión por la escalada del petróleo, impactó en su competitividad.

Las variedades propias desinflarían notoriamente la presión sobre los costos. Pero crear una rosa que no existe en la naturaleza no es una tarea sencilla. Desde la fertilización hasta que nace la “plantita bebé” puede pasar más de un año. “Tarda más que un humano”, comenta Ana María Quiñones, bióloga a cargo de la fábrica de flores de Hilsea, donde trabajan 84 técnicos. La posibilidad de que las semillas que resultan de la fecundación de una planta de rosas florezcan son reducidas y más bajas aún son las probabilidades de que salga una planta digna de convertirse en el inicio de una variedad con potencial comercial.

“De 10,000 plantitas bebé sembradas sólo una sale buena”, dice Quiñones. Además, las inversiones requeridas son altas. Desarrollar una nueva variedad cuesta entre 100,000 y 500,000 dólares. Para las rosas en especial, el costo es de alrededor de 300,000 dólares.

Sin embargo, el esfuerzo promete recompensas, como la ventaja competitiva de desarrollar variedades directamente en el lugar en donde luego serán explotadas comercialmente, algo que ni los laboratorios europeos ni de Estados Unidos pueden hacer. “La expresión de una variedad resulta de la interacción entre genética y medio ambiente”, dice Quiñones. “Puedo crear una flor anaranjada aquí en Ecuador, pero si la llevo a Europa y la siembro allá, sale roja”. Y ni hablar de los cambios en cuanto a la resistencia a las enfermedades cuando una variedad es enviada a otro sitio.

¿Qué hace que las rosas sembradas en Ecuador sean únicas? Una combinación de altura y luz solar, responde Carlos Witt, submanager de la finca Garda Export. Ecuador tiene más horas de luz solar que sus competidores Colombia y Kenia, lo que hace que los colores de las rosas locales sean más brillantes y se fijen mejor. Además, la altura de la sierra ecuatoriana permite que los tallos crezcan hasta superar los dos metros de altura, lo que enloquece a los consumidores como los rusos, que buscan botones grandes y tallos muy largos.

Estas ventajas naturales, sumadas a las inversiones en investigación, dan a Ecuador una mejor imagen en materia de calidad en el mercado global de flores. “Tener variedades propias y exclusivas les da un valor agregado muy alto a tus productos”, dice Quiñones.

El avance ecuatoriano está agregando presión a las productoras colombianas, que hasta hace un par de décadas eran las reinas del mercado con sus clásicas variedades rojas. “Cuando las rosas ecuatorianas comenzaron a mostrarse en los stands de las ferias internacionales, se veían tan impactantes frente a las otras que los clientes comenzaron a llover”, dice Valeria Escudero, subgerente de promoción de exportaciones y mercados de la Corporación para la Promoción de Exportaciones e Inversiones (Corpei). “Venían desde Holanda y Estados Unidos directamente a Ecuador para comprarlas”.

La estrategia ecuatoriana está cambiando antiguos paradigmas. “Hasta que Ecuador empezó a innovar, Colombia renovaba sus variedades cada diez años”, dice Escudero. Por tanto, la industria está empezando a pagar regalías altas por plantas que cada vez tienen menos vida útil en el mercado. Y los floricultores ecuatorianos ya se frotan las manos. Después de la siembra, les llegó el tiempo de la cosecha.

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