¿Matar a los tiranos?

Humberto Belli Pereira

El monumento a Rigoberto López Pérez, que contra viento y mareo construye la Alcaldía de Managua, fue defendido recientemente por Fernando Bárcenas, utilizando argumentos del Dalai Lama. “Lo que determina el valor ético de una acción determinada”, nos dice, “es el kun long lo que impulsa e inspira nuestros actos”. La intención del actor determina pues la moralidad de su acción, y dado que la motivación que Bárcenas atribuye a Rigoberto fue el amor al pueblo, matar a Somoza fue un acto noble y digno de honra.

Es cierto que la intención de quien comete una acción influye en la moralidad de ésta. Pero no basta para convertir en ético cualquier medio que usemos. Además de tener una motivación recta, el acto o medio utilizado debe también respetar la dignidad de los otros y las normas de la convivencia humana. De lo contrario nos exponemos a justificar prácticamente cualquier acción. Los cementerios de la historia están repletos de víctimas de caudillos y homicidas convencidos de sus buenas intenciones.

Consciente de este peligro Juan Pablo II, en su encíclica “Veritatis Splendor”, advertía que “…sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que” existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto… Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos” (“intrinsece malum”): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias. Por esto… el mismo Concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificación de tales actos: Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género…”

Pablo VI había enseñado lo mismo: “En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor con el fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (cf. Rom. 3, 8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social”.

El monumento a Rigoberto López Pérez es criticable no sólo por exaltar la cuestionable ética del asesinato político, sino también por representar una iniciativa desfasada u obsoleta. En su defensa Bárcenas alude a la bandera del Estado de Virginia, cuya inscripción reza “sic semper tyrannis”. Quizás él ignora que este mensaje fue acuñado siglos atrás por un pueblo recién alzado en defensa de su libertad. Pero ¿es el tipo de mensaje apropiado para quienes en Nicaragua buscan educar a la generación del siglo XXI?

El siglo XX fue, en Nicaragua, el siglo de las tiranías, las de Zelaya, Somoza y Ortega, y en el que buscaban arreglarse las cosas a través del cuartelazo, los asesinatos y las guerras civiles. (Aun con paréntesis refrescantes, como el de René Schick y Violeta Barrios de Chamorro). El nuevo siglo debe ser el de la democracia y la paz, en que habremos de aprender a dilucidar nuestras diferencias a través del voto y el apego a la ley. Pero para eso hay que educar a la nueva generación en un ethos nuevo. Habrá que construir monumentos a los héroes cívicos, que exalten el valor de la convivencia, del trabajo duro, y la paz. Hay muchos. Jorge Eduardo Arellano publicó las minibiografías de más de cien de ellos en su libro Héroes sin fusil. Educadores, como Miguel Ramírez Goyena, escritores, como Pablo Antonio Cuadra, empresarios, como José Mántica Berio, quien “recorría centenares de kilómetros para comprar ganado en los lugares más distantes, en las luchas contra las plagas del picudo y en la recolección de las cosechas”.

Los empresarios, entre otros, deberían ser exaltados como parte del esfuerzo por crear la Nicaragua distinta del siglo XXI. Los hombres que con su trabajo honrado crean empresas y multiplican el empleo, son los verdaderos constructores de la prosperidad que elimina la pobreza. El aporte que hacen a la sociedad debe ser conocido, honrado e imitado. Una juventud, ansiosa por trabajar, crear riquezas, y saldar sus disputas por medios civilistas, será mejor base para un nuevo país que una ansiosa por jalar el gatillo contra los malvados de turno.

El autor es rector de Ave Maria College of the Americas.

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