Joaquín Absalón Pastora
En el centro del torbellino envolventey agitado que clava el cuchillo sobre la espalda de la pobre, llana e indefensa población, permítaseme recordar —ejemplificándolos como modelos de la filantropía y de la indiferencia con el rigor metálico— a los buenos samaritanos. Al doctor Enrique Frixione, urólogo, fallecido el año pasado en cuya memoria justamente han recaído frases de reconocimiento, lo único que se llevaron estos patricios en la nación de la salud humana. ¡Qué suma de ingredientes pudo haberse llevado su ilustre antecesor doctor Apolonio Berríos, a quien mentalmente ubico porque así lo quiere la generosidad de la evocación, buscando a quien sanar, golpeando puertas débiles con su añoso y arrugado maletín que era la insignia andariega de su destino conmemorado por más de tres generaciones! Lucía pastillas de todos los colores y jeringas de todas las puntas buscando cómo redimir los colores apagados de las vidas de sus semejantes, recorriendo las calles y cobrando ínfimas sumas de dinero o simplemente no cobrando cuando el paciente estaba económicamente inhabilitado.
Aceptando que el médico debe vivir dignamente con el uso honrado de sus honorarios, es justo retener los nombres de quienes se han ido más allá del requisito de figurar en la planilla con notas complacientes para mitigar las elementales obligaciones requeridas por la vida diaria.
Mi urólogo, Enrique Frixione era un excelente cirujano y fue capaz de reconstruir gratuitamente y con éxito un pene que había partido en dos un machetazo de esos que se dan en las borracheras del campo. Si me lo hubiese contado sin testificar la hazaña, nunca lo hubiera creído. Recién operado por él de algo que científicamente dictaminó como “uroterocele bilateral con calculosis en cada uroterocele”, que traducido al castellano callejero significa piedras en la vejiga, me invitó a ver al paciente luciendo la reestructuración, afirmando sentirse un verdadero hombre nuevo.
“Yo te voy a operar gratis en la sala general —solía decir—, porque en sala privada te puede salir muy caro”.
¿Por qué no mencionar a estas excepcionalidades en tiempos en que se endurecen las sensibilidades, en tiempos en que a los médicos filántropos se los está llevando el viento fuerte de la materialidad, el substrato temporal carcomiendo el donaire de la bondad escasa en los tramos donde despacha el alma? Quizá diga alguien: los reconocimientos no se comen. Ciertamente no se comen pero glorifican a la descendencia dejada. No sólo la carne puede proteinizarse con el dinero. También a la psiquis le gusta comer con la diferencia de ser las suyas las proteínas de la perdurabilidad.
Creo que médicos como Frixione y Berríos, por el interés de sanar o de calmar el dolor de sus semejantes, eran peregrinos y poetas. Peregrinos decía porque se tiraban a las calles para otear en el horizonte las hendijas donde se filtraban los suspiros.
Médico peregrino y médico poeta fue también el doctor Miguel Ángel Aragón, otro que se agrega a la rara comitiva. Se sumaba a ella con equilibrada razón porque hacer lo contrario lo hubiera puesto como evasor de la evolución. Al doctor Aragón lo conocí personalmente después de cometerse el asesinato contra el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Buscaba la noticia. Sabía que a él le correspondía la evacuación del dictamen como médico forense. Según el dictaminador “le explotó el cráneo”. Lo decía sintiendo el peso de la consternación.
El doctor Rafael Lezama lleva en sus hombros la señal de la estirpe generosa. Sus versos —peregrino y médico— llevan la sal y el sentimiento del universo familiar que también acompañan a su homólogo el doctor Abraham Rossman. Estos son mis samaritanos y los samaritanos de la gente inocente de las causas por las cuales se les remite al riesgo de perder la vida cuando la voluntad tiene en su poder la facultad de salvarlas.
El autor es periodista.