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El político y presidente ejemplar
Cada tercer lunes del mes de febrero, desde 1971 se celebra en Estados Unidos el Día de los Presidentes, en homenaje al cumpleaños de George Washington (1732-1799). Se trata de un día de fiesta nacional en la que el pueblo estadounidense honra a este hombre que fue Comandante en Jefe del Ejército Continental en la Guerra Revolucionaria Americana (1775-1783) y, posteriormente, el primer Presidente de esa gran nación.
En 1787, Washington presidió la Convención Constitucional en Filadelfia, la cual redactó el primer borrador de lo que hoy es la Constitución de los Estados Unidos y en 1789 fue unánimemente elegido Presidente por el Colegio Electoral. Después, en 1792 fue reelecto y cuando su término presidencial expiró, se negó a volver a ser electo por tercera vez (a pesar de que sabía que si se postulaba ganaría con amplio margen).
Con este gesto, Washington se ganó un gran prestigio entre sus conciudadanos y estableció un precedente —al menos de manera implícita— para que un presidente norteamericano no fuera reelecto más de una vez. Esta regla implícita, sin embargo, fue violada en 1940 por Franklin Delano Roosevelt quien fue Presidente de Estados Unidos por cuatro períodos consecutivos que cubrieron los años de 1833 hasta 1845. Sin embargo, después de la muerte de Roosevelt la regla fue integrada a la Constitución por medio de la Enmienda 22.
Aunque en esta fecha se celebra a otros presidentes norteamericanos como Abraham Lincoln, el énfasis de la celebración está en George Washington, quien, con todo y sus imperfecciones —algunos historiadores lo atacan severamente porque no se manifestó a favor de la abolición del esclavismo sino que él mismo tuvo esclavos en condiciones de vida deplorables— fue raro ejemplo de un político con carácter, honesto, íntegro, valiente, desinteresado de enriquecimiento personal, entregado por completo y sin intenciones escondidas al servicio y a los intereses de su patria.
Por eso sus conciudadanos lo recuerdan con respeto. Por eso le llaman “padre de la Patria”. Aunque el Congreso le aprobó un salario de $25,000 dólares anuales —una cantidad excesivamente alta en el año 1789— Washington renunció a él dejando otra vez mudos a sus críticos.
Washington también se negó a recibir salario por sus servicios como Comandante en Jefe del ejército revolucionario. Cuando se retiró de la vida pública se dedicó al cultivo de su finca de cuya renta vivió por el resto de su vida. El congresista Henry Lee, camarada de Washington durante la Guerra Revolucionaria, dijo que el Presidente era “un ciudadano, primero en la guerra, primero en la paz y primero en los corazones de sus conciudadanos”. Póstumamente fue nombrado como el “Padre de los Estados Unidos”. Murió de neumonía en su propia casa el 4 de diciembre de 1799.
Como hombre de principios y como político honesto, Washington debería servir de inspiración para las nuevas generaciones de Nicaragua y de todo el mundo que aspiran a la vida pública por medio del ejercicio de la política.
En sociedades como la nuestra en donde la palabra “político” ha llegado a ser sinónimo de pillo y en donde la frase “padre de la patria” se usa únicamente en sentido irónico, hombres de la talla de Washington nos recuerdan que lo malo no es la política en sí misma sino la calidad de los hombres que la ejercen y que es posible ser un político íntegro y honesto. Washington no cobraba por su servicio público porque él consideraba que servir al pueblo y a la patria era un deber civil, no un negocio.
¿Qué piensan los magistrados, diputados y funcionarios de Nicaragua que devengan salarios exorbitantes, de esta afirmación? ¿Qué piensan los “revolucionarios” que han justificado públicamente el robo de la propiedad privada y de los bienes del Estado diciendo que “no podían salir con las manos vacías” de sus ministerios y puestos de poder? ¿Qué piensan los que anhelan reelecciones sin término?
Nicaragua necesita hombres y mujeres hechos de la misma madera de este ex mandatario para que gobiernen con honradez y con justicia y así tal vez en el futuro podamos también incluir un día en el calendario para recordar con respeto, amor y aprecio a alguno de nuestros presidentes.