Pegue y comida

José Esteban González R.

Somos constantemente víctimas de la intoxicación mediática con la que políticos desleales a sus propios electores pretenden desorientar a nuestro pueblo para dominarlo con mayor facilidad y explotarlo impunemente. Se olvidan de que el pueblo no es una simple categoría conceptual o estadística sino una realidad palpitante de personas dotadas de razón, conscientes de su dignidad y de sus derechos.

El pueblo no está interesado en las disputas interminables de políticos ineptos y corruptos que se entre-matan para apoderarse del último pedazo de carroña, pero que terminan poniéndose de acuerdo para repartirse lo mejor del pastel. El pueblo pobre y trabajador, los profesionales y empresarios de modestos recursos luchan cotidianamente por mantenerse a flote, conservar el empleo y producir. Todos deseamos obtener recursos suficientes para asegurarnos un nivel de vida aceptable para nosotros mismos y nuestras familias y esto se reduce a tener un trabajo honorable con un salario justo que nos permita comer, vestirnos y vivir con dignidad. La prioridad para nuestro pueblo se resume en dos palabras: “pegue” y “comida”.

Las estadísticas revelan con brutal claridad que más del 50 por ciento de la población de Nicaragua lucha por sobrevivir con menos de un dólar al día y que más del 30 por ciento sobrevive con dos dólares diarios. Muchos miles de hermanos nuestros se levantan cada día sin saber cómo van a conseguir un tiempo de comida para ellos y los suyos. Centenares de miles de niños salen cada mañana de sus cuartos de ripios hacia la escuela con el estómago vacío y regresan con más hambre aún.

Una inmensa mayoría de hogares son mantenidos, no por jefes de familia, sino por “jefas” de familia. Esas madres solteras comienzan cada amanecer una jornada de heroísmo que, no obstante su pobreza, obtiene resultados asombrosos: verdaderos milagros de Dios y del amor. No sin razón hay un barrio de Managua que se llama Milagro de Dios y que los rótulos de pulperías, autobuses y carretones de caballos proclaman su agradecimiento: “Regalo de Dios”, “Gracias a Dios”.

Debemos estar conscientes que los jugosos salarios de los señores diputados y de los altos funcionarios, cuyo único trabajo es algunas veces estampar su firma, sólo pueden pagarse gracias a la actividad económica de trabajadores y profesionales modestamente remunerados, gracias a los impuestos ligados a lo que los pobres de los barrios compran en las pulperías, gracias a los impuestos indirectos que los maestros, policías, enfermeras, los empleados menores e incluso los desempleados generan, aún sin saberlo, al adquirir alimentos y ropa o al pagar transporte, agua, luz y otros servicios. Todos los economistas saben —y la DGI lo ha corroborado— que es mayor el ingreso fiscal proveniente de esta fuente que el que pagan los “grandes contribuyentes”, los cuales muchas veces se limitan a cumplir con su función de trasladar al fisco lo que le cobran al consumidor común y corriente.

Podemos afirmar, sin titubear, que a pesar de la indiscutible importancia que tiene la vigencia del Estado de Derecho, la independencia de poderes y la institucionalidad —conceptos que pocos entienden claramente— para la aplastante mayoría de la población la prioridad no es ni el pacto, ni los mensajes y promesas engañosas de mantas multicolores, ni la venalidad de seudo-líderes sindicales, ni la traición al evangelio de pastores y clérigos que nos escandalizan y entristecen a todos, ni los desastres naturales que destruyen pero pasan, sino la preocupación permanente de tener hoy “trabajo que permita a las familias modestas comer y vestirse con dignidad”.

Nadie vendrá del extranjero a solidarizarse con sufrimientos y privaciones que desconocen ni entienden. Esta es una lucha por la justicia y los derechos humanos que sólo ganaremos involucrándonos personalmente. En la redención de nuestro destino, el único e irremplazable “redentor” somos nosotros mismos. Nos salvaremos juntos o nos hundiremos todos. Cualquier otro planteamiento es una trampa y cualquier otro camino desemboca irremediablemente en el abismo.

Por tal motivo, los que —independientemente de nuestro origen y de la mayor o menor fortuna de la que disfrutamos— estamos decididos a sacar a este país y a su gente de la injustificable pobreza en la que se encuentra, debemos juntar nuestros esfuerzos para que, por fin y para siempre, haya “pegue y comida para todos”.

El autor es fundador de la CPPDH.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí