Protestas sociales y totalitarismo

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Protestas sociales y totalitarismo





Las dificultades económicas del país y las protestas de los distintos sectores sociales en demanda de mejoras salariales y otras reivindicaciones, constituyen un gran reto para cualquier democracia en la que se respeta el derecho ciudadano, la propiedad privada, la libre expresión de sus ideas y el derecho a la huelga. Pero en Nicaragua las justas demandas socioeconómicas son manipuladas políticamente y la joven democracia es puesta a prueba cada vez que los sandinistas promueven sus asonadas desestabilizadoras, en dependencia de las coyunturas particulares. Algunas personas reclaman que el Gobierno debe usar la fuerza para sofocar las protestas, pero en las democracias este recurso sólo se utiliza en circunstancias extremas, cuando se ponen realmente en peligro la seguridad y los derechos de los ciudadanos. De ahí que algunos abusen de la tolerancia de las autoridades.

La democracia toma decisiones responsables y no populistas ante las crisis. Piensa en términos de nación y no de sectores particulares. Se esfuerza por mantener un balance macroeconómico que permita al país el acceso a los préstamos internacionales, esenciales para impulsar el desarrollo. La democracia reconoce y paga su deuda externa e interna; y al mismo tiempo se propone que los ciudadanos por su propia industria y esfuerzo tengan acceso a los bienes y servicios básicos, a la educación y a la salud.

Por el contrario, ¿qué tipo de “soluciones” plantean los regímenes totalitarios al desarrollo y a las crisis económicas que surgen en el camino? ¿Cómo consiguen el dinero necesario para hacer funcionar sus economías? ¿Qué tipo de relaciones tienen con los organismos financieros internacionales? ¿De qué manera tratan las manifestaciones de protesta como las huelgas?

La experiencia en la Nicaragua sandinista de los años ochenta es una buena manera de responder a estas preguntas. Los sandinistas culpaban de todos los problemas nacionales al “imperialismo yanqui”. La falta de producción, la fuga de capitales y de cerebros, la guerra contrarrevolucionaria, los muertos, en fin, todos los males nacionales tenían su origen —según ellos— en Estados Unidos. Los sandinistas nunca aceptaron su responsabilidad en la involución estrepitosa que sufrió Nicaragua durante el tiempo que estuvieron en el poder. Los regímenes totalitarios no aceptan su responsabilidad, son deshonestos y se lavan las manos culpando a otros de sus desaciertos.

En el caso de los sandinistas, traicionaron los ideales liberales de Sandino y se embarcaron en un proyecto comunistoide que no trajo sino desgracias a Nicaragua. Ellos no saben cómo administrar un país. Centralizaron la economía, la educación y los servicios y crearon un aparto estatal inmenso que produjo burocracia, ineficiencia y corrupción. Nacionalizaron empresas sólo para llevarlas a la quiebra. Bajaron la producción nacional y las exportaciones a límites extremos. Endeudaron al país con la ex Unión Soviética y otros países comunistas de Europa del Este y con Cuba. La moneda nacional se devaluó a tal punto que los nicaragüenses fueron convertidos en millonarios de billetes sin poder de compra, de la noche a la mañana.

Ante las protestas e intentos de huelgas de la ciudadanía, el gobierno sandinista —como todo régimen de fuerza— enviaba a las tristemente célebres “turbas divinas” en camiones IFA, así como a contingentes del Ejército Popular Sandinista y de la Policía Sandinista, para aplastar a los huelguistas. Después utilizaban sus medios de comunicación masiva estatales para acusar a los inconformes de contrarrevolucionarios e instrumentos del imperialismo yanqui y censuraban y bombardeaban a los escasos y debilitados medios de comunicación independientes.

El Estado totalitario responde con terror a las demandas de los trabajadores cuyos intereses pretende representar. Los que vivieron en la Nicaragua de los años ochenta lo saben bien. Éste era ni más ni menos el estilo sandinista de enfrentar las crisis económicas y las pocas protestas laborales que surgieron mientras estuvieron en el poder.

Hay quienes dicen que para ser justos y objetivos, los males y las medidas de represión que practicaron los sandinistas en los ochenta, deben verse en el marco de una guerra de agresión. Pero la realidad es que los sandinistas no toleraban las protestas sociales porque según ellos el Estado y el gobierno eran de los trabajadores. ¿Cuánto hubieran durado la huelga de los médicos y el paro de los transportistas en la época del sandinismo? Nada. Sencillamente no la hubieran permitido.

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