Pablo Sanabria
El relativismo filosófico —principal característica del Postmodernismo— rechaza el concepto de verdad objetiva y defiende el “derecho” a que cada individuo tenga su propia verdad de acuerdo a sus circunstancias. En otras palabras, se trata de un rechazo a una moralidad universal y a la existencia de valores absolutos. Hoy día, este relativismo se expresa con la frase: “Vive y deja vivir” y se aplica igualmente a temas éticamente cruciales como el matrimonio de homosexuales, el aborto, la clonación humana, etc.
Del lado ateo, Federico Nietzche es la figura más prominente del relativismo filosófico. En realidad, Nietzche defendía la destrucción de todos los sistemas éticos —sobre todo, el sistema cristiano— y proponía que cada ser humano creara sus propios valores y ajustara su conducta a ellos en concordancia con las circunstancias específicas o “momentos existenciales”. Del lado religioso sobresale el teólogo anglicano Joseph Fletcher quien en 1966 publicó su libro Situation ethics: the new morality.
La intención de Fletcher era presentar un término medio entre el legalismo paralizante y el antinomianismo, pero al final hace depender la moralidad o inmoralidad de un acto, de la “situación” o circunstancia propiamente dicha, lo cual, en la práctica, no se diferencia mucho del existencialismo nietzcheano. Por ejemplo, según el pensamiento de Fletcher, el aborto de un niño no deseado sería justificado si su concepción no fue la intención de la madre sino, tal vez, resultado de un olvido o mal uso del anticonceptivo o sencillamente el producto de una “noche loca”.
El relativismo filosófico tiene antecedentes más antiguos pero resurge con mayor fuerza después de la Segunda Guerra Mundial como una reacción al Modernismo que se inició con la época del Alumbramiento (Aufklärum) o Edad de las Luces (siglo XVIII). El alumbramiento produjo un acelerado desarrollo científico en Europa Occidental que cambió radicalmente el rumbo de la humanidad.
Fue una época de inventos y descubrimientos que causaron un exagerado optimismo en la capacidad de la razón para resolver los problemas fundamentales de la humanidad. Enfermedades, miseria, delincuencia, guerras, todo sería supuestamente resuelto con el desarrollo científico. Era nada más cuestión de tiempo. Sin embargo, la ciencia y la tecnología no produjeron ni un mejor mundo ni mejores individuos. Las guerras mundiales demostraron la inmensa capacidad humana de destruir y de causar dolor. La ciencia produjo bombas atómicas que destruyeron dos ciudades japonesas, la medicina se ocupó con fines desviados y morbosos; la tecnología polarizó más a los pobres y los ricos; siguieron muriendo de hambre hasta hoy miles de personas en el mundo; el hombre como tal no dejó sus tendencias delictivas y egoístas. Todo esto causó un gran escepticismo acerca de cualquier proposición absoluta. Hasta cierto punto esto fue saludable porque hubo una inclinación a las cosas del espíritu y a la necesidad de Dios en el panorama humano.
Sin embargo, el error básico del relativismo filosófico consiste en confundir la verdad ontológica con la verdad epistemológica. La primera (ontológica) es la verdad universal que existe fuera e independientemente de los seres humanos. La segunda (epistemológica) se refiere a los diferentes niveles de verdad que poseen los individuos con respecto a la verdad ontológica. La verdad epistemológica es relativa porque es un proceso continuo de acercamiento y este proceso no concluye jamás. Como seres finitos no podemos clamar la posesión absoluta de la verdad ontológica, pero de esto no se sigue que esta no exista.
El cristianismo —a través de sus principales tradiciones— cree en la revelación progresiva de la verdad de Dios en la historia. Esta revelación alcanzó su punto culminante en la persona de Jesucristo, el Logos divino, la encarnación de la Verdad. De Jesucristo, la humanidad recibió criterios éticos que superan todo lo que se había dicho antes y lo que se pueda decir después.
Las ilustraciones son inevitables: para los griegos, la humildad era una debilidad. Para Jesucristo, la humildad es una virtud fundamental. ¿Quién dice la verdad? Los relativistas dirán que ambos. Pero esto no es posible porque la verdad de uno es la negación de la verdad del otro. Sabemos que el entendimiento griego de la humildad como defecto representa un punto de vista inmaduro, pues la historia antigua y moderna así como la experiencia cotidiana enseñan la superioridad del concepto de humildad como virtud y no como defecto del carácter.
El autor es abogado.